Vidas de artificio: los asombrosos autómatas de Francisco Sanz

Llegó a ser reconocido como el mejor ventrílocuo del mundo, pero fue mucho más que eso. Pionero español de la robótica, este valenciano universal hizo realidad los sueños de E. T. A. Hoffmann y Carlo Collodi al dotar de alma a sus personajes que, de tan reales, parecían actores de carne y hueso.


«Un hombre ha hecho el milagro de construir seres que hablan, cantan, fuman y gesticulan con humana realidad», se maravillaban los periódicos españoles a principios del siglo XX. El objeto de su admiración no era un científico, ni tampoco un mago. O mejor dicho, quizás fuera ambas cosas. Se trataba, en realidad, de Francisco Sanz Baldoví, hijo de molineros y nacido en la localidad valenciana de Anna, que alcanzó fama mundial gracias a sus «mecanismos asombrosos». Cuentan que sus autómatas alcanzaban tales cotas de realismo que el público salía despavorido del teatro; aterrorizado al pensar que aquellos muñecos habían cobrado vida propia. No se había visto nada igual desde que aquellos hermanos franceses proyectaron una locomotora en movimiento que amenazó con arrollar el patio de butacas.

«Imaginad a un muñeco queriendo ser hombre. Más aún, imaginad a un hombre queriendo ser muñeco, y al efecto, haciendo rígidos los músculos del rostro, dando esa cierta uniformidad, mecánica del ademán al brazo, suprimiendo ese desconocido nimbo de vida que rodea a todo aquello que verdaderamente tiene alma; y recién entonces os daréis una idea aproximada de ese muñeco que Sanz nos presenta, con el elogio y el cariño de un padre, el entusiasmo de un maestro y el orgullo de un inventor», refirió con entusiasmo el periodista Edmundo Calcagno.

También E. T. A. Hoffmann vivió fascinado por los prodigios mecánicos y, tras presenciar el espectáculo musical de unos autómatas en Dresde en 1813 escribió en Los autómatas, uno de sus cuentos más celebrados: «En realidad, el autómata había sido fabricado de tal manera que el espectador percibía, al primer golpe de vista, el funcionamiento del ingenio gracias a los singulares artilugios y componentes mecánicos que se podían observar, y, merced a ello, el visitante se sentía irremediablemente atraído». La profunda impresión que le produjeron los seres mecánicos construidos por Friedrich Kaufmann sólo era comparable al terror que le infundían las figuras de cera, pero resultaban aún más siniestros al animarse para imitar los movimientos del ser humano. Fue entonces cuando el sentimiento de extrañeza inicial se tradujo en espanto.

francisco sanz con don liborio, melinda y el negro panchito

«Un hombre ha hecho el milagro de construir seres que hablan, cantan, fuman y gesticulan con humana realidad»

En palabras del chileno Mario Castillo, «dar palabra y acción a un muñeco debe ser, en verdad, hazaña digna de un dios, ya que realizarla en un hombre no es tan difícil, porque en esta eterna magia de la vida, menos tiene de divino aquel que más milagros ejecuta entre los títeres de una humanidad, que es vulgar en sus resortes y grosera en su factura». No es de extrañar, entonces, que Tomás de Aquino las considerara criaturas satánicas, ni que los griegos diseñaran estatuas que servían vino o los califas poblaran sus jardines con pájaros artificiales. Tampoco que René Descartes inventara una autómata llamada Francine, ni que se terminara enamorando de ella. ¿Acaso el escritor alemán se basó en la pianista de Pierre Jaquet-Droz, una autómata de dos mil quinientas piezas capaz de interpretar de manera real una partitura al órgano con sus propios dedos, para imaginar a su hermosa Olimpia? Del mismo modo que su homólogo estadounidense, Edgar Allan Poe, desentrañó el misterio del Jugador de Ajedrez creado por Wolfgang von Kempelen en el siglo XVIII. Tenía el aspecto de un turco. Jugó con Catalina II en San Petersburgo y ganó la partida. Ella, furiosa, quiso confiscarle el autómata.

En su afán por dotar de cualidades humanas, y hasta de alma, a sus muñecos animados, Sanz rivalizó con el profesor Spalanzani de El hombre de arena, que habría de inspirar la música de Offenbach para Los cuentos de Hoffmann. En cambio, siendo equiparable, Sanz no cuenta con una zarzuela que lleve su nombre. Si acaso, una película concebida para demostrar que no había trampa ni cartón en sus espectáculos, filmada por el cineasta Maximiliano Thous bajo el título Sanz y el secreto de su arte y estrenada en 1918. Un documento realmente asombroso que se creyó perdido durante décadas, hasta que en 1995 la familia Sanz donó las dos copias existentes a la Filmoteca (Instituto Valenciano de las Artes Cinematográficas, IVAC) para que fueran restauradas.

Los autómatas de Sanz alcanzaban tales cotas de realismo que el público salía despavorido del teatro; aterrorizado al pensar que aquellos muñecos habían cobrado vida propia.

La carrera artística de Francisco había arrancado a los veintitrés años, como discípulo aventajado del guitarrista clásico Francisco Tárrega y, más tarde, cantante en distintas zarzuelas. Pero fue debido a su talento innato para imitar voces y desubicar el sonido de su voz para crear tensión escénica cómo llegó a triunfar en el mundo del espectáculo, sorteando guerras y revoluciones en el curso de sus constantes giras a ambos lados del Atlántico. Pero fue en el Edén Concert, un cabaret del barrio chino de Barcelona, que era frecuentado en esa época, entre otros, por Pablo Ruiz Picasso, donde comenzó a despuntar en compañía de sus “actores mecánicos”. En poco tiempo había pasado del humilde escenario del Teatro Ruzafa, en su Valencia natal, donde perfeccionó sus dotes para la ventriloquía, a subirse a las tablas del Salón Arnau y el Teatro Novedades de la ciudad condal, para actuar ante la burguesía catalana. Su éxito, también aquí, fue enorme, al punto firmar un contrato con el Circo Alegría, con el que recorrió toda España.

Existe cierto consenso en que fue el americano Thomas Holden quien puso de moda aquel tipo de espectáculos en España a finales del siglo XIX. Hacía tiempo que el guiñol se consideraba un arte menor reservado a los feriantes y los promotores prefirieron bautizarlos como fantoches para evitar que se les relacionara con los títeres debido a su mala fama, por deslenguados y provocadores. Así fue que la Compañía de Fantoches Narbón se hizo famosa por sacar a escena trescientos personajes, un vestuario deslumbrante y más de cien decorados, además de contar con una puesta en escena excepcional gracias a la recientemente incorporada luz eléctrica.

Los autómatas gustaban de emitir exabruptos reivindicativos como «¡Viva la republica!» con la desaprobación de Sanz.

Espectáculos Sanz empezó temporada con tres fantoches y llegó a sumar, a lo largo de algo más de cuarenta años, entorno a los treinta autómatas. Cada cual con su personalidad propia y actuando como verdaderos cómicos de la legua, compitiendo entre sí, en plaza pública, según el papel que el propio Sanz les asignaba en cada función. En el reparto, encontramos a Dña. Eduvigis, una viuda ricachona y cursi venida a menos y su perro Machaquito; a Don Venancio, viejo verde y achacoso que entre cuplés recordaba sus aventuras de juventud; a la Señorita Delirio, encantadora bailarina aficionada a las modas ridículas y a los bailes atrevidos que «baila con tal ligereza que cuando mueve los pies hace perder la cabeza». O los taurinos, Cutufiyo y el Maestro, que competían entre sí con sus pintorescas y exageradas aventuras en los ruedos, parodiando las tertulias frecuentadas por algunos maestros de la época como Bombita, el Gallo y Belmonte.

Entre los favoritos del público, destacaba el irreverente Pepito, un colegial respondón y gamberro, para el cual se llegaron a adaptar algunos textos del escritor Teodoro Gascón, autor de Cuentos baturros, que tuvieron gran aceptación popular. Pero quizás el más sorprendente de todos su personajes fuera El loro Toto: célebre por sus comentarios procaces, pedía chocolate y llego a anunciarse junto a varias marcas de chocolate: Matías López de Madrid y Evaristo Juncosa de Barcelona. Este antepasado del pajarraco Rockefeller gustaba de emitir exabruptos reivindicativos como «¡Viva la republica!» con la desaprobación de Sanz. «¿Habéis visto el loro extraordinario que presenta Sanz en Romea? –reseñó el semanario satírico Muchas Gracias en noviembre de 1924– Hay gracia por arrobas... y hay más de una discusión acerca de si el pájaro parlante es auténtico o contrahecho. El famoso ventrílocuo hace, de todos modos, las delicias del respetable, riendo a mandíbula batiente y a cinturón desabrochado. ¡Vaya lorito!». Mención aparte merece Melanio "Sacacorchos", un borrachín impertinente y siempre dispuesto a enmendarle la plana al presidente Canalejas con su perorata socialista y revolucionaria. En ocasiones, la vehemencia de sus proclamas supusieron alguna que otra multa al ventrílocuo. A Melanio se le admiraba mucho en el Norte y en Madrid, donde era muy seguido por los obreros, por eso, durante las revueltas de 1917 permaneció oculto en el fondo del baúl para evitar sanciones.

Y al frente de todos ellos, Don Liborio, la estrella del espectáculo. El único miembro de la troupe capaz de enfrentarse a Sanz, su creador, para reprocharle el tipo de vida que llevaba y el maltrato que dispensaba cotidianamente a sus "compañeros" de trabajo, los autómatas, actuando como si de un representante sindical se tratase. Mucho se ha dicho y escrito sobre el hecho de que Liborio hablara, por boca del propio Sanz, de aquellos temas de los que éste no quería opinar en público, o viceversa, y sobre los que el ventrílocuo nunca se llegó a posicionar. En cualquier caso, tal fue la popularidad del muñeco que durante un tiempo firmó su propia columna en el semanario satírico en Alicante, reivindicando la concepción del autómata como un ser autónomo con vida propia y adelantándose, en casi medio siglo, a la inteligencia artificial.

FRANCISCO SANZ Y SU INSEPARABLE DON LIBORIO.

«Imaginad a un muñeco queriendo ser hombre. Más aún, imaginad a un hombre queriendo ser muñeco»

Con la ayuda del escultor Francisco Boví y el mecánico Lorenzo Mataix, Sanz materializó sus ambiciosos bocetos y consiguió insuflar vida a algunos de los autómatas más perfectos de principios del siglo XX. Y como el joven protagonista del cuento de Hoffmann incapaz de resistir la visión del cuerpo de su amada robótica desmembrado en piezas arrojadas al suelo, el maestro valenciano temía que su muerte supusiera también la de sus muñecos. Cuatro de ellos se conservan todavía en muy buen estado y pueden ser visitados en el Museo de Titelles de Albaida (MITA). Otro valenciano inmortal, el genial Luis García Berlanga, rescató de su baúl a Don Liborio que en la que fue su última película y epilogo de una extensa filmografía, París-Tombuctú (1999), para demostrarnos que también sin la voz de su alter ego todavía conservaba el alma.

FRANCISCO SANZ EN EL TALLER de Lorenzo Mataix y Francisco Boví.

AUTÓMATA CONSERVADO EN EL Museo de Titelles de Albaida (MITA) / FOTOGRAFÍA: EVA MÁÑEZ.