Si un guardia civil te golpea ¡rétalo a un duelo!


El escritor Vicente Blasco Ibañez, durante su etapa como político, fue retado por un guardia civil ofendido que había cargado contra una multitud. El duelo estuvo a punto de acabar con su vida

Se dice que siempre disparaba al aire, como para demostrar que no tenía miedo. Marchaba a los duelos como un pesar, algo lógico por otro lado, pero repudiaba esta práctica, más aun siendo político por el partido republicano. Estaba expuesto a que, cada cierto tiempo, se presentasen los padrinos de un ofendido y fijasen, inexcusablemente, la fecha, el lugar y el modo. Le daba importancia al honor, pero detestaba el duelo.

  Vicente Blasco Ibáñez

 Vicente Blasco Ibáñez

«Debo decir al señor ministro que ayer recibí un sablazo, pero será el último, porque hoy traigo en el bolsillo una browning con ocho tiros».

En unos años convulsos políticamente, Vicente Blasco Ibañez, convertido en una figura de la literatura, era blanco de numerosos retos. Negarse era una afrenta mayor y quedabas marcado de por vida, tanto el que rehusaba aceptar como su familia. Blasco Ibañez tuvo varios duelos, en alguno resultó herido, pero el más sonado y que estuvo a punto de quitarle la vida fue con un guardia civil que se sintió ofendido por unas palabras del escritor metido en política en la Cámara de los Diputados. Días antes, el 22 de febrero de 1904, aseguró haber sido maltratado por las fuerzas de la guardia civil que cargaron contra una muchedumbre que protestaba en las inmediaciones del Congreso por los resultados de unas elecciones municipales. Las palabras exactas fueron las de «tenientillo desvergonzado». Con actitud amenazante, añadió lo siguiente: «Debo decir al señor ministro que ayer recibí un sablazo, pero será el último, porque hoy traigo en el bolsillo una browning con ocho tiros».

 La prensa recoge la intervención de Blasco Ibañez

La prensa recoge la intervención de Blasco Ibañez

En realidad, quien lo retaría no fue una persona sino toda la institución, que se sentía vejadas por sus declaraciones. Sortearon el nombre de aquel que se iba a enfrentar a él y tuvo la mala fortuna de que era un hábil tirador de pistola. Además, cuando aparecieron sus padrinos para acordar lugar, modo y método para el duelo, Blasco se estremeció: pistola rayada de combate, 25 pasos, 30 segundos para apuntar. Todo ello una semana más tarde en la quinta de Sabater, próximo al Paseo de las Delicias, lugar habitual para duelos con sable y espada. En 1903, el año anterior, ya se habían celebrado cerca de cuatrocientos duelos. Al estar apartado era fácil burlar la vigilancia policial que prohibía los duelos.

 Blasco Ibañez, en el centro de la imagen, en el centro de Valencia tras las elecciones de 1905 ( Nuevo Mundo , 14 de septiembre de 1905)

Blasco Ibañez, en el centro de la imagen, en el centro de Valencia tras las elecciones de 1905 (Nuevo Mundo, 14 de septiembre de 1905)

Lo único que pudieron hacer los padrinos del escritor fue fijar el lance a media tarde, justo cuando brillase el sol, confiando que este factor podría entorpecer la habilidad del guardia civil, un Primer Teniente que se llamaba Juan Alastuey Marías.

Llegó el día y la hora. Blasco Ibañez marchaba con pesar, se contaron los pasos y ambos se miraron en la distancia. Fue el primero en disparar, pero la bala pasó muy lejos del agente, que se tomó casi todo el medio minuto para apuntar. Alastuey disparó, pero tampoco acertó, aunque la bala pasó cerca de él. Blasco Ibañez lo volvió a intentar, pero esta vez aún falló de manera más estrepitosa. Entonces  sucedió: «Tendió Alastuey suavemente el brazo en línea y yo temblé porque presentí el acierto del tirador. La bala...levantó el polvo...Mientras cargaba nuevamente el armero del Centro del Ejército y de la Armada, cuando con la maza forzaba el proyectil a entrar por la raya de la boca del cañón, por mi frente corría un frío sudor de angustia», escribió más tarde. Se oyó la detonación y cayó desplomado. El médico y sus amigos temían lo peor. A su alrededor, un nutrido grupo de obreros, perteneciente a una obra cercana (una fábrica de gas) presenciaba el duelo, junto a varias personas más. La suerte le acompañó. Los padrinos del contrario no se habían percatado ni le habían requerido que se despojase del cinturón, cuya hebilla, que aparecía destrozada por el impacto, había salvado su vida. No podía atribuirse a una treta suya, sino a la falta de diligencia de los ayudantes de su contrincante. Aun así, tenía una gran contusión bajo la hebilla y se sujetaba la barriga. El médico y sus amigos lo llevaron al hospital.

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Se dice que al abandonar el lugar, los obreros le abuchearon y silbaron, aunque otras fuentes afirman lo contrario. Pudo mirarlos brevemente. Al parecer pronunció estas palabras: «Y pensar que yo creo haberme jugado la vida por causa de esos que me silban irreflexivamente»