Moulin Rouge en Lavapiés


En la calle Tribulete un espectacular molino daba la bienvenida al Molino Rojo, uno de los cabarets más apaches y arriesgados del franquismo. Actuaron vedetes, los primeros rockeros y hasta Lola Flores

«No veranee en la Sierra. Molino Rojo es más alegre y su temperatura más agradable», se leía en los anuncios publicados en prensa a finales de los años cincuenta. Era el insólito Molino Rojo, una imitación a la española del famoso y parisino Moulin Rouge, que incluso contaba en su fachada con una réplica pequeña de molino. O lo que es lo mismo, París en Madrid, aunque en su versión castiza y lógicamente muy modesta.

 Fachada y aspecto de su entrada

Fachada y aspecto de su entrada

«Por allí pasaron numerosas vedetes, cómicos, orquestas, las primeras bandas madrileñas y cantantes de rock and roll (como Henry el Diablo, y muchos otros) y tuvieron lugar “bailes de juventud”»

No estaba situado en el centro, lugar habitual para las salas de baile y grandes discotecas, sino en el barrio de Lavapiés, justo donde en los años en que abrió sus puertas comenzaba la otra ciudad, esa que se iba difuminando más allá del Manzanares (justo antes de la especulación inmobiliaria de los años sesenta, que terminó poco a poco con las zonas de campo donde hoy se levantan los barrios paralelos a Madrid Río). En pleno franquismo, el Molino Rojo fue algo bastante inaudito. Por allí pasaron numerosas vedetes, cómicos, orquestas, las primeras bandas madrileñas y cantantes de rock and roll (como Henry el Diablo, y muchos otros) y tuvieron lugar «bailes de juventud», el Trío Tremaine («las negras birmanas que conquistaron Nueva York», aseguraba la publicidad), Lola Flores y Estrellita Castro, «juergas flamencas» y un largo etcétera. La programación cambiaba según el horario. Por la tarde, cómicos y conciertos y, al caer la noche, cabaret y «sexy shows», los inicios del «destape».

«Viva una noche de París en la sala castiza de Madrid». Cartelería y publicidad de El Molino Rojo

A diario podías leer las actuaciones previstas en la prensa e incluso en cuñas radiofónicas que explotaban su carácter canallesco:

—Felipe, ¿dónde te metes?

—En la calle el Tribulete.

—¿Es que te vas con la panda?

—¡Vamos, anda!

¡Ojo, que voy al Molino Rojo!

—¿Molino Rojo?

—Sí, la sala castiza de Madrid.

No era un lugar clandestino, sino más bien lo contrario. En los setenta, cuando el franquismo empezaba a reflejar algunas grietas, Marisol interpretó una película que era casi un homenaje a aquel extraño templo. Se tituló «La chica del Molino Rojo». Sin embargo, aunque la película planteaba la existencia de una prostitución más o menos taimada, la de las con frecuencia explotadas vedetes, tampoco esto era nada nuevo. Desde los años veinte, ciudades como Barcelona, que con su fascinante barrio Chino, atrajo las miradas de una Europa que buscaba zonas oscuras, bohemios y peligro, barrios tenebrosos, muchos cabarets eran tapaderas para la prostitución. En aquella década y la siguiente, algunas artistas denunciaron su situación, algo que fue denunciado por grupos de feministas anarquistas con el estallido de la Guerra Civil y la revolución social en Barcelona. O las llamadas «taxi-girls», mujeres de compañía que eran alquiladas para pasar la noche en bailes y restaurantes y que ilustraron reportajes en revistas como Crónica.

«La destrucción fue acabando con parte de aquellos lugares que aún recuerdan sus vecinos: los ocho cinematógrafos que hubo en el barrio, los locales de flamenco, las tabernas oscuras»

En su planta alta estuvo el Cine Lavapiés, que también desapareció (en la imagen que se conserva del cabaret puede verse la cartelera, que anuncia el retorno de Fantomas). El Molino Rojo estuvo ubicado en el número 16 de la calle Tribulete y permaneció abierto como hasta 1983. Luego fue teatro y el Centro Cultural Asociación de Actores, albergando un teatro, hasta que el edificio fue derribado en octubre de 1993, a pesar de tratarse de un edificio protegido, un caso más de las presiones urbanísticas de la zona y la poca protección real hacia los vestigios de aquel viejo Madrid. Su derribo se llevó una parte de aquella memoria. A su alrededor, la destrucción fue acabando con parte de aquellos lugares que aún recuerdan sus vecinos: los ocho cinematógrafos, los locales de flamenco, las tabernas oscuras. A finales de los cincuenta podías comenzar la noche bailando en La Conga (Tirso de Molina, 1), luego seguir por sus bares angostos y apaches, hasta finalmente acabar en el Molino Rojo. Se produjeron protestas por los planes de derribo, pero se impuso el silencio. Durante años fue un penoso solar. Hoy es la sede de la UNED.