Jaulas de cuero y música: rockers, heavies y punks en Barcelona


«A los rockers hay que romperles la boca, a esos sí». Segunda entrega del especial «tribus urbanas» de la revista Destino, esta vez dedicado a Barcelona, que en 1985 entrevistó y fotografió a algunos de ellos.

 

El especial «Tribus urbanas» de la revista Destino, publicado en abril de 1985, del que compartimos su primera entrega hace unos días («Rockers, mods, heavies y punks, bajo el volcán del asfalto», dedicado a las subculturas madrileñas), tenía su continuación con otro reportaje, esta vez dedicado a Barcelona. J. Dameson, con fotografías de Alejandro Jofre, entrevistó a rockers, punks y heavies, a los que preguntó sobre choques callejeros con otros grupos, filosofía subcultural o moda. Dameson visita a heavies en sus casas o garitos, les pregunta sobre sus problemas cotidianos, se da de bruces con unos rockers que le invitan a una fiesta o entrevista a un punk que asegura haber visto a los Sex Pistols ¡en Valencia!

 

JAULAS DE CUERO Y MÚSICA

 

Están ahí. Cada día son más y más variados. Han cambiado el paisaje urbano con sus indumentarias y sus crestas coloreadas. Se sabe algo de sus gustos musicales. Se habla demasiado de sus rencillas. Pero en la práctica, casi nadie puede decir qué son o cómo viven esas gentes embutidas en cazadoras de cuero o cobijadas bajo apocalípticos cortes de pelo. Y de poco sirve conocer el nombre de sus variopintas agrupaciones. Rockers, mods, heavies o punks son solo nombres que no definen por sí mismos a quienes engrosan sus filas. Para intentar conocer la realidad de estos grupos —sin duda sociales— se podría hablar de inconformismo, desconfianza, desencanto, paro, o crisis de los valores sociales y probablemente obtendríamos entonces toda una teoría sobre los motivos y condiciones en que han surgido estas tribus. Pero a la hora de la verdad, estaríamos tan lejos de los elementos físicos que las componen como lo podamos estar ahora. A la vista de los hechos, quienes tienen auténtica autoridad en la materia para hablar de las razones o sinrazones de sus posturas, son ellos mismos.

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Para José, un heavy convencido que vive en el barrio barcelonés de Sants, la cosa es tan sencilla como la música: «En principio lo que más mueve esto es la música. Si te gusta más la música heavy, pues llevas la movida dentro y te vistes como heavy. Lo mismo les pasa a los punks y a todos los demás. Les gusta una música y ven que a la gente que les va esa clase de música van vestidos de esa manera. Se visten así y hacen lo que estos hacen. Ser heavy es todo, vestir una chupa de cuero y que te guste una determinada clase de música. ¿Está claro?», y se ríe con toda la vitalidad que le permiten sus dieciocho años casi recién estrenados. Pero ¿tan solo la música, un determinado tipo de música puede aglutinar a tanta gente y hacer tomar posturas tan radicales?

Para Carlos, que regenta un bar en la zona baja de Barcelona y que no quiere que mencionemos su establecimiento «porque luego viene la pasma y es un agobio», la cosa es así: «Mira, tío, el heavy es música y basta. Lo demás son unas chapitas y unos rollos que se han montado los de las casas de discos, que se montan unas películas que no veas. Lo que pasa es que hay algunos niñatos que se creen la película y pasa lo que pasa. Pero el heavy es música, buena música y déjate de rollos». En pleno corazón de Sants, donde un callejón se empeña inútilmente en ser un parque, nos ponemos a charlar con José y su basca.

—Pero entonces, ¿de dónde sale la historia de que todos sois una panda de yonquis?

—Esa es la imagen que nos ha venido de fuera —y Manuel se pone muy serio— pero yonqui lo puede ser desde el último heavy hasta el ministro de lo que sea. Otra cosa es que alguien del grupo se pique, que si ocurriera en el nuestro pues se le dan cuatro ostias bien dadas y se acabó, porque picarse es una mierda. Una cosa es el porrete, que si lo hay, mejor, y otra el pico, que te destroza y te deja hecho una ruina.

Una de las pocas fotografías que se conservan de Frenopatics con Boliche, Xavi Shock, Cirera y Ángel (Archivo Boliche)

Una de las pocas fotografías que se conservan de Frenopatics con Boliche, Xavi Shock, Cirera y Ángel (Archivo Boliche)

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«A los rockers hay que romperles la boca, a esos sí»

Hay un coro de asentimientos en el grupo. Manuel se ha puesto muy serio al hablar de esto y la dureza de su cara trae a colación el tema de la agresividad de los heavies. Y preguntamos sobre esa agresividad o sobre la rivalidad entre los grupos. «Mira —nos dice José—, en primer lugar habría que preguntarles a los que se pegaron en el metro del Liceo el por qué lo hicieron. Yo tengo amigos que son punks y son muy buenos colegas. Otros heavies, en cambio, no tragan a los punks. Pero eso pasa con todos los grupos. O los rockers, que son una panda de nibelungos. Pero de eso a decir que andamos con batallas hay mucho. Pueden haber diferencias como en todo, pero nosotros queremos llevar nuestra marcheta y que nos dejen en paz». Y vuelve a saltar el bromista de Pedro: «A los rockers hay que romperles la boca, a esos sí» y todos se ríen. Miguel apunta: «Pues son dos maneras diferentes, a mí si no me estorban, pues ya ves». «Es que a mí sí me estorban», dice Manuel riéndose. «Es que te cruzas con uno de ellos por la calle y te mira así de una forma que tienes que decir, ¿pero de qué va este hombre?». Y el José se brinda a explicarnos cómo es esa «manera así» de mirar de un rocker: «Por encima del hombro y por debajo del tupé». Las risas ya son fuertes en el callejón y un municipal que pasa con la moto, al ver el jolgorio se detiene. El trípode y las cámaras del fotógrafo han impedido a buen seguro que alguno de los colegas tenga que enseñar el carnet. Ellos continúan bromeando acerca del incidente y sin saber por qué se habla del futuro.

Para Manuel, que ha formado un grupo musical y empieza sus pinitos en serio, la cosa va «de poder continuar enrollándose con la música y si no es posible pues cualquier trabajo que me permita seguir teniendo marcheta». Cosas cotidianas y sueños de un grupo que, según ellos mismos explican, no pretende otra cosa que poder hacer lo que les gusta sin que nadie les moleste y que al contrario que los punks «no estamos en contra de todo el sistema». Simples y sencillas líneas de pensamiento las de estos heavies que pretenden que les dejen en paz con sus gustos y costumbres al son de la música que catapultan grupos como Barón Rojo.

Siguiendo en nuestro empeño por oír las voces de estas tribus, nos desplazamos hacia el barrio de Gracia, a la busca de los punks y en nuestro camino topamos con unos inmaculados vaqueros, en lo alto de los cuales estaba entronizado un enorme tupé. ¿Estaremos en terreno de los rockers y nosotros sin saberlo? No. Es sencillamente una avanzadilla. Un grupo que se va a una fiesta. Intentamos dialogar, pero hay prisas, la movida ya está en marcha. Charlie, con aires totalmente despectivos, nos lanza sus miradas que no encuentran la manera de cuajar en duras. ¿Qué hay de los rockers? «Pues que somos los mejores, tío, y que el rock es lo mejor del mundo y todo lo demás basura». Son seis y al ver que Charlie habla con nosotros, se apiñan a su espalda como si le cubrieran. «¿Qué pasa?, si queréis ver una fiesta guay, veniros con nosotros o pasaros por allí a las ocho y media». No, si nosotros lo que queremos es hablar un poco con vosotros, que si un reportaje, que si tal. «Es que nos tenemos que ir», y la cosa pierde sus visos de pretendida dureza, «pero si os pasáis por esa fiesta hablamos», se está convirtiendo en una invitación formal y no podemos aceptar. «Veniros con los rockers que son los mejores y pasad de los demás, los rockers somos auténticos». Todo en plan consigna, como ese lema suyo de «Sexo, cerveza y rock & roll». A juzgar por los peinados y las ropas, todos han podido gastarse un buen dinero en acicalarse.

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Quique de Skatalá. Fotografía: Susana Rico

Quique de Skatalá. Fotografía: Susana Rico

«Yo entré en lo punk de golpe, a través de un amigo que no lo era, pero que hacía música —la música, la música siempre presente—. Había visto a los Sex Pistols en Valencia y me gustaron mucho»


Dejamos sus «Vale tíos» gesticulados de todas las formas posibles para dar a entender que siguen siendo los mejores a pesar de haber hablado con nosotros y llamamos a la puerta de Luis y Esther, dos punks que viven en el barrio de Gracia, donde subsisten gracias a lo que da de sí elaborar y vender unas deliciosas tartas que venden en restaurantes del barrio. Quien nos abre la puerta es Luis. Pantalones de camuflaje, camisa dibujada con pintura roja, una cazadora (chupa negra). En el lóbulo luce, asesinamente atravesada, una descomunal aguja imperdible y su cabeza está coronada por una cresta de tonos rojizos.

Yo entré en lo punk de golpe, a través de un amigo que no lo era, pero que hacía música —la música, la música siempre presente—. Había visto a los Sex Pistols en Valencia y me gustaron mucho. Entré de golpe y porrazo, fue un giro de noventa grados. ¿Por qué? Pues porque estaba y estoy harto de esa gente que se llama normal.

—¿Qué es lo que te hizo cambiar de imagen?

—La verdad es que está todo muy quemado. Vestirte de una forma puede identificarte.

—¿Pero por qué vestirse precisamente así?

Nosotros no vestimos así para meternos con nadie. No somos políticos. Sencillamente lo hacemos porque no nos gusta ponernos una camisa y una corbata o un vestido y unos tacones.

—Tú decides de pronto ser punk y te presentas en tu casa más o menos como vas ahora. ¿Qué ocurrió, cómo lo aceptaron?

—Fatal. Ya no soy su hijo. Ahora cuando tengo que ir a casa debo cambiarme y por eso voy muy poco. Lo que ocurre es que mi madre está escandalizada, pero es porque no acaban de entender. Les llegan ondas, pero no saben de qué va. Eso no es nuevo en absoluto. Las generaciones casi nunca se han entendido y el que en las últimas décadas se hayan conseguido mayores acercamientos pasa más por un ritmo de concesiones que por un real entendimiento. Si algo caracteriza a los punks es que su postura traspasa los límites de la onda musical para convertirse en una dura toma de posiciones frente a la sociedad, que considera al punk como agresivo.

Pero la verdad es que hay todo un cúmulo de matizaciones a la hora de enfocar la posible agresividad de los punks. O al menos así lo puntualizaba Esther cuando se unió a la conversación: «Estamos en un mundo en donde no puedes expresar tu propia agresividad. Vas cargada. Vestir así es un poco defensivo. Es la agresividad de la autodefensa. En cierto modo te respetan, haces tu vida. Es como un reto, que a pesar de ponerte en situaciones incómodas, te ofrece seguridad. Es como todo ese rollo de las cruces gamadas y del asunto nazi. No es que se esté de acuerdo con el nazismo, sino que esos signos representan para la sociedad algo repulsivo y actúan como un revulsivo para todos los que estén delante de ti y con los que no estamos de acuerdo. Vestirse así es decir basta». Decir basta. Esta parece ser la raíz de su forma de vestir o en cualquier caso de su postura ante el resto de la gente. Un basta a todo lo que represente seguir empujando la rueda de algo con lo que no están conformes. Vivir al día, de una forma sin paliativos, sin rendiciones. Pero las ideas hay que refrendarlas con hechos y vivir como punk tampoco resulta sencillo. «Dentro de cada estética, existe una gran diversidad de estilos y matices muy personales. Los tíos, para buscar curro, tienen más problemas que las tías. Yo por ejemplo», nos dice Esther, «puedo trabajar tal y como voy, solo por el hecho de ser mujer. En cambio él tuvo que abandonar el trabajo». «Yo podía haber continuado trabajando», apunta Luis, «pero ya no podía más. Eso del plan serio, vestir a la inglesa, pues oye que la vida está muy cargada y hay que darle un poco de marcha, de risa, de desenfado».

—Vosotros ya lleváis más de dos años viviendo de esta forma. ¿Qué ha cambiado durante ese tiempo en que los punks han estado en la calle?

—Continúa siendo duro —dice Luis—. Aunque ahora la gente te acepta más. No es lo mismo salir a la calle hoy que hace dos años. En cierta forma, la moda ha ayudado a suavizar la imagen. Pero eso crea también sus problemas. Ya que para algunos, el ir de punk ya no identifica lo suficiente, de ahí que hayan surgido los skins —los cabezas rapadas o a lo mohicano— y también han surgido modas entre el propio movimiento. Más que modas, una especie de normas. Por ejemplo, llevar el guante en una mano u otra, te puede identificar como gay. Es la pera, porque nos pasamos la vida luchando contra las normas y ahora resulta que desde dentro también generamos normas. El sistema es un potro secularmente indomable y todos estos movimientos que llegaron a nuestro país vaciados casi en su totalidad de su contenido político son fácilmente absorbibles, aunque de todos ellos, quizá el punk sea el que conserve unas premisas más profundas a la hora de afrontar el tema social. Hablamos con los punks de los otros movimientos.


«En cuanto a los rockers, pues ya ves. Ellos, su rollo de banda y el rock. En general tienen pasta, porque para arreglarse el pelo y llevar la ropa que llevan, hay que tenerla. Los mods aquí son pocos, en Madrid hay más»

—¿Por qué punk y no heavies?

—La movida está en que todo es rock, lo que pasa es que hay derivaciones que han ido creando diversos grupos. Se ha abusado mucho de la palabra auténtico y todo eso. Pero para mí un heavy, que sea heavy, pasa mucho de las chorradas de irse a un baile, donde todo es espectáculo y nada más. Humo, luces, y todo eso. Pero incluso con estos, te das cuenta que cuando los oyes hablar entre ellos, su rollo no te va. En los pueblos, por ejemplo, se ven muchos heavies. Se ponen de clavos hasta las orejas y se matan a escuchar música y fumar porros. Eso es todo. En cuanto a los rockers, pues ya ves. Ellos, su rollo de banda y el rock. En general tienen pasta, porque para arreglarse el pelo y llevar la ropa que llevan, hay que tenerla. Los mods aquí son pocos, en Madrid hay más.

—¿Los heavies mantienen una postura social como los punks?

—Yo diría que no. Más que nada se burlan de todo. La mayoría de los que yo conozco se ponen o se visten de heavies para ir a la disco y quedar con los amigos. Y el futuro está en el día de hoy. En poder subsistir más o menos bien, de aquello que ellos mismos produzcan, para evitar en lo posible depender de los demás. Y sobre todo la ciudad, la ciudad por encima de todo, porque ellos son animales urbanos. Vivir y que les dejen vivir. Esto y no otra cosa parece ser el denominador común en las aspiraciones de estas mal llamadas tribus, que no son otra cosa que lo que todos nosotros fuimos, cuando nos estalló en las narices el petardo del inconformismo. Unos íbamos de progres y con pancartas y soñábamos con cambiar el sistema. Estos van de punks o heavies y al sistema lo dejan por imposible. Y en cuanto a la agresividad, habría que preguntarse si no es algo que va más allá de estos grupos, para convertirse en una baza comercial más. Al fin y al cabo, ya estamos acostumbrados a que siempre haya alguien dispuesto a hacer negocio de donde sea. A lo que quizá no estemos acostumbrados es a reaccionar delante de unas gentes que nos hacen sentir lo que nuestros padres sentían frente a los Beatles, desde una posición en el tiempo alarmantemente cercana a nosotros.