El «humorismo extremo» lo inventaron los fascistas


El semanario ultraderechista Gracia y Justicia, autodenominado «órgano extremista del humorismo nacional», inauguró el chiste soez ultra, la violencia camuflada de sátira y las fake news del fascio. Lo hizo «por Dios y por España» mientras sus redactores soñaban con masones, comunistas y judíos

 

No hubo un solo momento en que, tras la proclamación de la República, las fuerzas del conservadurismo, carlismo, los monárquicos o tradicionalistas no conspirasen para hacer volar por los aires el nuevo régimen: asonadas, pactos secretos, tiroteos, atentados y, con la salida de La conquista del Estado y la fascinación de Ramiro Ledesma y Onésimo Redondo, adalides de la emulación de la Marcha de Roma y los arditi, de repetir la experiencia italiana en nuestro país.

Incluso con el humor. En aquella España poblada de decenas de periódicos y diarios de todas las tendencias, también se usó el humor para la propaganda política y, además, se hizo no exento de sadismo, violencia y llamadas a un levantamiento popular antirrepublicano. Gracia y Justicia fue uno de sus principales ejemplos, un semanario autodenominado «político-satírico» que salía cada sábado de una imprenta ultracatólica (La Editorial Católica, dirigida por Francisco Herrera Oria y financiada por aristócratas y políticos de derechas) y de la mente de uno de los grandes fascistas españoles, el tinerfeño Manuel Delgado Barreto, «caído» en la Guerra Civil (lo detuvieron y, tras enviarlo a la cárcel Modelo, fue fusilado) y que dirigía también el efímero El Fascio (1933), uno de nuestros primeros periódicos decididamente fascistas y el impulsor de un «fascismo a la española». Tras El Fascio estaban muchos de los grandes nombres del fascismo, como el excéntrico Ernesto Giménez Caballero, o los jonsistas Ramiro Ledesma Ramos y Juan Aparicio. También José Antonio Primo de Rivera, que firmó con la letra «E» y artículos como el anónimo El fascio no es un régimen esporádico. Todos ellos, junto a Sánchez Mazas, formaban el consejo de redacción de El Fascio, que solamente publicó un número, ya que fue secuestrado por la policía.

Primer y único número de  El Fascio  (1933)

Primer y único número de El Fascio (1933)

Viñetas incluidas en  El Fascio  (1933)

Viñetas incluidas en El Fascio (1933)

EL DIRECTOR «MAMPORRERO»

«Para Barreto, existía una conspiración formada por huestes de judíos, masones y marxistas que perseguían imponer el credo rojo»

Barreto, que era conocido popularmente como «D. Feliz del Mamporro», años antes había intentado sin éxito crear una organización paramilitar, la «Legión Nacional», movilizando a excombatientes de Marruecos, tipos aguerridos y acostumbrados a la matanza. Nadie lo siguió, pero su obsesión por imitar a Mussolini y sus tropas de choque continuó. Fue, además, uno de los más convencidos antisemitas, sobre todo a partir de 1935, cuando ya los nazis alemanes campaban a sus anchas y se veía venir el peor de los escenarios posibles. Para Barreto, existía una conspiración formada por huestes de judíos, masones y marxistas que perseguían imponer el credo rojo.

«Con tiradas que llegaron a los 200.000 ejemplares y con portadas a dos tintas (rojo y negro), combinaba los insultos, los chistes zafios y un humor a veces “patafísico”»

Se subtituló inicialmente «Órgano extremista del humorismo nacional» y, posteriormente, «órgano extremista del humorismo popular» y en sus números, de 16 páginas, bien editados, con tiradas que llegaron a los 200.000 ejemplares y con portadas a dos tintas (rojo y negro, obra del dibujante Gerardo Fernández de la Reguera y Aguilera, que firmaba como Areuguer), combinaba los insultos, los chistes zafios y un humor a veces «patafísico» que atacaba a republicanos, obreros marxistas y anarquistas. Su frenética actividad y la violencia de algunos de sus números hicieron que fuera secuestrado en varias ocasiones. Una plantilla de humoristas y dibujantes complacientes con el conservadurismo cuando no con la ultraderecha (Areuger, Soravilla, Orbegozo, Fervá, Kuky o K-Hito). También escribieron grandes plumas como César González Ruano o Joaquín Belda, acostumbrados a la crónica escabrosa, el costumbrismo y la vida social.

Se mantuvo a duras penas, entre agitaciones populares y choques callejeros. Su último número, el 217, apareció el 15 de febrero de 1936, con la calle convertida en hervidero político. Su contraportada reproducía una caricatura de Kin que señalaba la trascendencia del resultado en las elecciones del día siguiente, 16 de febrero. Ganaría, como sabemos, el Frente Popular, que suprimió la revista, pero su director y muchos de sus redactores ya se habían pasado al combate físico, adelantando la tragedia que acontecería en pocos meses.