El desafío verde


Lo que Ortega Smith, VOX y sus socios pretenden es cumplir con una hoja de ruta de aniquilación cuyo primer paso es la invisibilización. Los días del orgullo, en cualquier ciudad, aceptando la mercantilización grosera del asunto, suponen un recordatorio contundente de nuestra presencia en el mundo, una celebración furiosa de lo que hemos dejado por el camino para llegar hasta aquí y una exhibición bombástica de movilización que no puede ser menospreciada. Desde luego una protesta. Sobre todo una protesta

                           POR ALANA PORTERO

Suele darme bastante vergüenza la costumbre de convertir lo que pasa en Madrid en causa de interés estatal. Entiendo las unidades de por saco que debe dar encontrarse redes sociales atascadas de madrileños diciendo que llueve a cántaros en Valdebernardo y haciendo de tal milagro meteorológico el estado general de la península ibérica. Demasiado a menudo caemos en estos ridículos y demasiado poco nos disculpamos.

Por supuesto, contradictoria como me parió mi madre, traigo un localismo hecho emergencia nacional con la seguridad de que esta vez vale la pena, porque lo político es vírico y el fascismo tiende a propagarse si no se le administran barricadas en cuanto brota.

El candidato de VOX a la alcaldía de Madrid, Javier Ortega Smith, ese tipo grande y desarreglado con perpetuo gesto de estar subiéndose la bragueta y chasqueando la lengua, ha propuesto desplazar la celebración del orgullo LGTB de Madrid a la Casa de Campo —un parque precioso que a todo el mundo le queda lejos— y obligar a los organizadores a asumir los costes de limpieza derivados del evento. Como si después de cada sarao nacional-católico en Colón fuesen los señores y las señoras asistentes pasando el cepillo hasta dejar aquello pulido. Como si no fuesen los Ayuntamientos los que se encargan de arreglar los desperfectos que sus cachorros causan cuando salen de cacería, como si la sanidad pública no estuviese ocupada durante horas suturando cabezas de maricas, bolleras, trans y bisexuales cuando estas cacerías tienen éxito.

«Esto no es nuevo, ya en los primeros noventa, el fatídico José María Álvarez del Manzano propuso la creación de una cosa llamada “manifestódromo” […], anulando así toda fuerza coercitiva de una protesta, esto es, la capacidad para molestar, hacerse notar y no poder ser ignorada»

La propuesta de VOX, formulada así, habrá a mucho ciudadano guateado al que le parecerá más que razonable. Parece de sentido común desatascar las principales vías de una ciudad y llevar una celebración masiva a un lugar espacioso cuya situación ahorraría problemas de movilidad, ruido, etc. Esto no es nuevo, ya en los primeros noventa, el fatídico José María Álvarez del Manzano propuso la creación de una cosa llamada «manifestódromo», que venía a ser un corral apartado de la ciudad en el que manifestarse, anulando así toda fuerza coercitiva de una protesta, esto es, la capacidad para molestar, hacerse notar y no poder ser ignorada. El único modo que tiene la clase obrera de agarrar por las solapas al patrón o al carcelero.

Sylvia Rivera junto a la pancarta de STAR

Sylvia Rivera junto a la pancarta de STAR

«Acepto el reto y se lo escupo a la cara. Me apropio de su odio como hicieron las putas de Tenderloin en el 66. Les miro a la cara como Sylvia Rivera a la policía en Christopher Street en el 68 . Les maldigo como Bob Rafsky maldijo a George Bush en el funeral de Mark Fisher»

Lo que Ortega Smith, VOX y sus socios pretenden es cumplir con una hoja de ruta de aniquilación cuyo primer paso es la invisibilización. Los días del orgullo, en cualquier ciudad, aceptando la mercantilización grosera del asunto, suponen un recordatorio contundente de nuestra presencia en el mundo, una celebración furiosa de lo que hemos dejado por el camino para llegar hasta aquí y una exhibición bombástica de movilización que no puede ser menospreciada. Desde luego una protesta. Sobre todo una protesta. Una que está en peligro de quedar desleída para siempre bajo la apropiación capitalista y que, quizá, Ortega Smith, VOX y sus socios acaban de salvar con sus amenazas de terratenientes indianos.

Acepto el reto y se lo escupo a la cara. Me apropio de su odio como hicieron las putas de Tenderloin en el 66. Les miro a la cara como Sylvia Rivera a la policía en Christopher Street en el 68. Les maldigo como Bob Rafsky maldijo a George Bush en el funeral de Mark Fisher.

Orgullo Crítico de 2017. Estas fotografías y la de la protada son obra de Luis F. Roncero

«[...] Saldremos a la calle de acuerdo a ley o no, porque las personas LGTB venimos del disturbio, venimos del castigo, venimos del desafío [...]»

Votaremos para que estos cancilleritos se traguen sus amenazas encubiertas y saldremos a la calle de acuerdo a ley o no, porque las personas LGTB venimos del disturbio, venimos del castigo, venimos del desafío, llevamos la bandera del sarcoma, el triángulo rosa, el triángulo negro y la condición nefanda tatuada en el alma. No tienen nada con qué amenazarnos.

Puede ser el detonante que nos haga volver a bailar sobre la autoridad, el que nos haga expulsar al parásito capitalista de nuestro aquelarre, puede que terminemos otra vez iluminadas por las luces de las sirenas. Pero será sin miedo. Más visibles que nunca.

ALANA PORTERO (aka «La Gata de Cheshire»). Medievalista, bruja, antropóloga y hacker de género. Ha pertenecido a más de doce sectas apocalípticas y ha sobrevivido a todas. Se sacó un ojo solo para poder llevar parche. Habla una jerga compuesta por más de diez lenguas muertas y ha olvidado cómo comunicarse en el presente, por eso trabaja sola. Consiguió su actual puesto en Agente Provocador asesinando al Agente Fauno, antiguo miembro de la banda negra. También conocida como la Poison Ivy del barrio de San Blas. Muy peligrosa.