El último adiós a Pío Baroja y la Comitiva Espectral

Apenas eran dos centenares de personas que caminaban con gesto triste y gris en la fría mañana. Las manos en los bolsillos y el cuello del abrigo bien subido. Madrid, en octubre de 1956, languidecía en medio de una década gris y cruel. Hacía poco que Pío Baroja había dejado sus regulares paseos por El Retiro, aunque aún conservaba su mirada prodigiosa, esa que le sirvió para captar la esencia escondida de las calles y plazas, de aquellos barrios en los que pululaba la golfería en lucha permanente por la supervivencia.

Don Pío paseando por El Retiro

Don Pío paseando por El Retiro

Tenía 83 años y sus últimas imágenes, postrado en su cama, conmueven. Las manos sobre el pecho y el cuerpo afectado por la arterioesclerosis, sabiendo quizás que aquello era el último capítulo, y que atrás quedarían miles de páginas, viajes, pueblos. Algunos personajes, como el escritor Hemingway (devoto seguidor suyo, tanto que le confesó que el Premio Nobel de Literatura, que había recibido, se lo deberían haber dado a él. Se cuenta que le llevó un ejemplar de Adiós a las armas, una botella de Johnnie Walker, un jersey y un par de calcetines), fueron desfilando a los pies de su cama.

Hemingway junto a Baroja poco antes de fallecer

Hemingway junto a Baroja poco antes de fallecer

Pero era incómodo, aquel entierro era de una hosquedad mayúscula, una comitiva casi espectral. Aunque quizás era lo que debía ser: un puñado de personas que se confundieron con un evento deportivo, un rally, que discurría cerca de ellos, y cuya estampa era como un reflejo de un país que lo trató con cierto desdén. Visto así, parecía encajar con las ideas del gran Baroja y su honestidad brutal, una sinceridad a prueba de bombas. El hombre que, cuando fue admitido como miembro de la Real Academia Española, llegó con su traje modesto y el periódico arrugado en uno de sus bolsillos a ofrecer un discurso emotivo e histórico. Hasta el último instante dijo: «No me lo merezco». Añadiendo que él sabía de todo y, al mismo tiempo, de nada.

Se contradecía. Basta con echar un vistazo a su ingente obra para comprender lo universal de su escritura y lo monumental de unos intereses en los que prácticamente no hay zonas en penumbra. Habló de todo, habló con todos. Y dignificó al hampón, a los niños del arroyo. Jamás ningún escritor describió con mayor belleza los amaneceres de fuego y ceniza de aquel viejo Madrid.

Carruaje con el féretro de Baroja en dirección al cementerio

Carruaje con el féretro de Baroja en dirección al cementerio

Así que este era el final y aquella su comitiva espectral: «Don Pío quedó a la izquierda, según se baja —confesó Camilo José Cela, que aquel día cargo su féretro—. Sobre su ataúd cayeron las tres o cuatro coronas que le acompañaron. El frasco de magnesia que Julio Caro trajo lleno de tierra, no quiso abrirse. Los fotógrafos decían: “Apártense, por favor”, y los que allí estábamos nos hicimos a un lado. Después nos fuimos. Ya en Madrid, Rafaelito Penagos subió a casa de Baroja —a las habitaciones a las que no quise subir— a ver si encontraba mi sombrero. Después, me llegué hasta mi casa a lavarme las manos —quizás no debería haberlo hecho— y a guardar media docena de flores que preferí que no anduvieran rodando».

Tumba de Baroja en el Cementerio Civil de Madrid

Tumba de Baroja en el Cementerio Civil de Madrid

Fue enterrado en el Cementerio Civil de Madrid, junto al de La Almudena, y lo hizo como ateo. La noticia no apareció más que como una breve reseña. ABC publicó un titular donde la noticia parecía ser que el Ministro de Educación había asistido al sepelio. Los seguidores del Régimen esbozaron una sonrisa de alivio por la marcha de aquel escritor siempre «dudoso» y crítico, capaz de decir verdades como puños y cuya mirada estaba destinada a iluminar a las generaciones venideras.