Los superhéroes del apartheid

Los Afri-Comics se publicaron entre 1975 y 1977 como parte de una campaña de propaganda secreta del gobierno de Sudáfrica para defender el apartheid. Financiados con dinero sucio, mancharon con tinta, violencia y sangre las primeras historietas protagonizadas por superhéroes africanos.


El 16 de junio de 1976, miles de estudiantes de secundaria se manifestaron contra la polémica ley de Educación Bantú en Soweto, un barrio segregado situado a las afueras de la ciudad sudafricana de Johannesburgo. Se negaban a estudiar en afrikáans, la lengua de la minoría blanca, y pedían ser tratados con igualdad de derechos. La marcha transcurrió con tranquilidad, según lo previsto: los jóvenes entonaban cánticos pacifistas y portaban pancartas con eslóganes como «El afrikáans es el idioma del opresor» o «Si aprendemos afrikáans, que Vorster aprenda zulú». Hasta que las fuerzas del orden empezaron a lanzar botes de gases lacrimógenos y azuzaron a los perros contra los estudiantes, que los recibieron con una lluvia de piedras. Aquella fue la excusa que necesitaba la policía para abrir fuego. Las imágenes que siguieron a la estampida son espeluznantes. El gobierno envió a mil setecientos policías más armados con fusiles de largo alcance y con órdenes precisas de dispersar a los manifestantes «a cualquier precio».

Imaginemos a uno de ellos, Danny Ndhlomo, bajo los efectos de un suero extraterrestre que unas criaturas del inframundo le inyectaron en secreto. Siempre se ha posicionado en contra de la violencia y las armas de fuego, empleando su fuerza y velocidad sobrehumanas únicamente contra los clanes de tsotsis que trafican con dagga a la puerta de las escuelas. Según el balance oficial, aquel día perdieron la vida veintitrés escolares, aunque el recuento de víctimas alcanzó las setecientas. Algunas fuentes sostienen que pudieron incluso llegar hasta el millar. Pero ahora es él quien yace en el suelo, herido de muerte. Entre la turba, alguien parece reconocerle y se dirige hacia él portando una antorcha.

Un héroe que defendía el individualismo, respetaba a la policía y se presentaba a sí mismo como un adalid de la modernización del Tercer Mundo

«Mighty Man murió en Soweto, asesinado por las mismas personas que decía defender», lamentará años más tarde el publicista estadounidense Richard Manville, responsable de Afri-Comics, una editorial fundada en 1975 por mediación de un testaferro sudafricano, Jan van Zyl Alberts, para camuflar la participación del gobierno. «Quemaron los quioscos y arrasaron con todos los ejemplares. Tuvimos que dejar de publicarlos». Pocas fueron las historietas de Mighty Man, The Human Law Enforcing Dynamo que se salvaron de las llamas. La colección digital de UCLA, a partir de copias impresas recopiladas por el profesor William H. Worger y material escaneado aportado por varios entusiastas de los cómics, es la única fuente de consulta de la que disponemos actualmente.

Concebida para «ayudar a educar al hombre negro en las formas de la sociedad occidental, las preocupaciones sociales y la libre empresa», la nueva colección formaba parte de una iniciativa liderada por el secretario del Departamento de Información, Eschel Rhoodie, que contaba con la aprobación del primer ministro de Sudáfrica, John Vorster. Una campaña de propaganda en la sombra, a imagen y semejanza de las emprendidas por la CIA, que pretendía inundar el mercado con historietas aparentemente inofensivas que contrarrestasen los mensajes antiapartheid que comenzaban a calar entre la población. Para ello contaron con los servicios de la misma agencia neoyorquina que años atrás había llevado a cabo un estudio de mercado sobre la imagen de Sudáfrica en el extranjero, en un vano intento por ganarse la simpatía de los medios de comunicación progresistas de los Estados Unidos. Una vez más, Manville puso al servicio del gobierno su experiencia como consultor de marketing y reclutó para la misión a Joe Orlando, dibujante de Superman, y a su guionista John Albano, ambos pluriempleados de DC Comics. Las instrucciones eran bastante precisas: adaptar al contexto sudafricano un formato de gran éxito que llevaba funcionando veinticinco años en el extranjero.

«Había que vigilar cuidadosamente a los artistas estadounidenses porque sus africanos tendían a parecerse y actuar como afroamericanos»

Pero crear el personaje adecuado para una serie de historietas que costó cientos de miles de rand al año de dinero público no resultó nada fácil. Con la ayuda de la esposa de su socio sudafricano, Bettie Albert, antropóloga de profesión, Orlando y Albano dieron forma a su primer lanzamiento, Tiger Ingwe. Por extraño que parezca, y aunque no hay tigres en Sudáfrica ni en ningún otro lugar de África, simbolizan la astucia para la cultura zulú y tswana, y resultaba ideal como avatar de un superhéroe negro con el que se identificarían fácilmente las audiencias rurales, y que fascinaría por igual a los habitantes de las ciudades. El resultado fue una versión autóctona de El Hombre Enmascarado que castigaba a los malhechores según las leyes de sus ancestros. Según Manville, «había que vigilar cuidadosamente a los artistas estadounidenses porque sus africanos tendían a parecerse y actuar como afroamericanos».

Por aquel entonces, ya circulaban por Ghana una serie de publicaciones semiclandestinas en los que los superhéroes de Marvel convivían con los seres mitológicos de las leyendas indígenas. En sus páginas, Spiderman unía sus fuerzas con el dios araña Kwaku Ananse para combatir la corrupción y liderar una revuelta popular contra la clase política. Al equiparar los superpoderes del hombre-araña con su homólogo africano, se ajustaban las cuentas con un pasado colonial que condenó al desarraigo a varias generaciones de esclavos. Siglos más tarde, sus descendientes actualizaron un legado folclórico milenario que les permitía soñar con la posibilidad de cambiar el mundo a través de las viñetas. O al menos, aspirar a transformarlo.

Hasta ese momento, las editoriales africanas se habían limitado a reimprimir material extranjero protagonizado por personajes blancos, por lo que la irrupción en 1975 de Powerman, el primer superhéroe nigeriano, supuso un inesperado giro de los acontecimientos. En Pikin Press (más tarde, Pican Publications) pensaron que desarrollar su propia línea editorial con superhéroes y heroínas negros sería una buena manera de promover la alfabetización en Nigeria, y se pusieron en contacto con el estudio británico Bardon Press Features, que encargó el trabajo a los dibujantes Dave Gibbons y Brian Bolland. 

El principal desafío al que se enfrentaron los artistas de Watchmen y La broma asesina fue adaptar sus historias al público nigeriano. Sus jefes actuaron de manera paternalista, imponiéndoles un máximo de seis paneles por página para simplificar la lectura. «Tuvimos que numerarlos para que la gente supiera en qué orden leerlos —recordó Gibbons en una entrevista— lo que creo que fue una decisión, como mínimo, condescendiente». Además, fueron instruidos en imágenes e ideas culturalmente específicas, como la noción de que un estómago gordo indicaba éxito y poder en lugar de glotonería o codicia. «Justificaban la conducta sexista en Powerman alegando que en Nigeria no se concebía el machismo. Visto con perspectiva, iban un paso más allá a la hora de tratarles como analfabetos».

Para dotar a la serie del atractivo suficiente para competir con sus referentes estadounidenses, imaginaron una amplia galería de villanos incluyendo dinosaurios, tiburones gigantes, robots o lo que fuera que estuviera de moda en aquel momento. El más memorable de todos, sin duda, fue Boss Blitzer, un deshonesto promotor inmobiliario de rasgos arios que recibía su merecido a manos de nuestro héroe. Ahora bien, en contrapartida a los superpoderes que había adquirido cuando fue alcanzado por un rayo siendo apenas un niño, Powerman vestía unas mallas de color rosa y un calzón de leopardo, por lo que, a su fuerza sobrehumana y su prodigiosa inteligencia, se sumaba la capacidad de volar y una notable ausencia del sentido del ridículo. Para colmo, su kriptonita particular eran las mordeduras de serpiente, un peligro que los guionistas, también blancos y europeos, asumieron como algo cotidiano en Nigeria y que haría más fácil empatizar con un héroe que defendía el individualismo, respetaba a la policía y se presentaba a sí mismo como un adalid de la modernización del Tercer Mundo.

En sus páginas, Spiderman unía sus fuerzas con el dios araña Kwaku Ananse para combatir la corrupción y liderar una revuelta popular contra la clase política

El éxito de la colección fue inmediato y el ritmo de producción se volvió frenético. Tanto que Gibbons y Bolland se acostumbraron a dibujar una página diaria cada uno para alcanzar las catorce que debían entregar cada semana. En ocasiones, la presión les obligaba a echar mano de su amigo Kevin O’Neill, artista de 2000 AD y futuro colaborador de Alan Moore en La Liga de los Hombres Extraordinarios. Debido a la creciente popularidad de los dibujantes implicados, en 1988 el personaje sería rebautizado en EEUU y Reino Unido como Powerbolt, para evitar confusiones con el personaje de Luke Cage (también llamado Power Man), publicado por Marvel Comics. «Intuimos que detrás de Powerman había algo perverso cuando la serie empezó a publicarse en Sudáfrica sin permiso —añade Gibbons— y la convirtieron en una nueva forma de entretenimiento segregado».

Cuando Powerman llegó a Soweto, los comics dirigidos al público negro se contaban con los dedos de una mano. Apenas un puñado de fotonovelas y números sueltos de colecciones extranjeras que resultaban lo bastante baratos como para ser la única lectura accesible en la mayoría de los hogares. Precisamente por eso, la aparición en 1976 del primer número de Mighty Man, The Human Law-Enforcing Dynamo se anunció como «el primer superhéroe negro de Sudáfrica» y batió records de ventas alcanzando tiradas de 75.000 ejemplares. Pero bastaba con abrir la portada para querer prenderle fuego. Y aquello no había hecho más que empezar.

«Mighty Man murió en Soweto, asesinado por las mismas personas que decía defender»

A la mañana siguiente de los disturbios, Soweto amaneció tomada por el ejército. Tropas de asalto y carros blindados recorrían las calles, mientras los helicópteros de la policía sobrevolaban el barrio constantemente y los enfrentamientos se reproducían en diferentes puntos del país. En plena conmoción por la matanza indiscriminada de estudiantes, la información sobre la campaña de propaganda secreta se había filtrado a la prensa, y Eschel Rhoodie se vio obligado a huir a Estados Unidos para evitar ser juzgado por malversación y apropiación indebida de fondos públicos. A raíz del escándalo, la ministra de Información Connie Mulder, y el mismísimo primer ministro John Vorster, se vieron obligados a dimitir. Hacía poco más de un año que el activista Steve Biko, líder de la organización antiapartheid Movimiento de Conciencia Negra, había sido identificado como uno de los cabecillas de la revuelta. Finalmente fue arrestado y torturado hasta la muerte. Los gobiernos exigen mártires, aunque sigan prefiriendo inventarse a sus propios héroes.