Ultras, punks y sacrílegos: Así fueron nuestros Cabarets Voltaires que combatieron el aburrimiento


La Sagrada Cripta del café Pombo, liderada por Ramón Gómez de la Serna, y el Café Volter, autogestionado por punks, fueron nuestros cabarets «dadaístas»

La anarquía «ultra» del «café de los cagones»

Es una historia convulsa. Europa vivía el fragor de las vanguardias artísticas y el radicalismo. No había poeta, escritor o pintor que no estuviera adscrito a alguna corriente donde lo político se mezclaba con lo artístico, y viceversa. A Zúrich llegaron refugiados y exiliados, jóvenes rebeldes y protoanarquistas interesados en la agitación. Desde allí declararon la guerra a la guerra. También al humanitarismo y el pacifismo. En 1916 fundaron el Cabaret Voltaire y con este Dadá, que cambiaría para siempre el arte y anticiparía el surrealismo.

 Exposición dadaísta en Berlín (1920). Fotografía: Corbis

Exposición dadaísta en Berlín (1920). Fotografía: Corbis

 Hugo Ball, uno de los creadores de Dadá, luciendo un traje cubista realizado por Marcel Janco. Fotografía: Rue Des Archives / PVDE

Hugo Ball, uno de los creadores de Dadá, luciendo un traje cubista realizado por Marcel Janco. Fotografía: Rue Des Archives / PVDE

 Cena de los dadaístas a comienzos de los años veinte. Fotografía: CNAC

Cena de los dadaístas a comienzos de los años veinte. Fotografía: CNAC

Un año antes, en España, Ramón Gómez de la Serna, inauguró la Sagrada Cripta de Pombo en el mismo Café Pombo de Madrid, donde organizó tertulias literarias la noche de los sábados y banquetes «para fomentar la buena doctrina de la amistad». Nuestra Cripta fue lo más parecido que hubo a un Cabaret Voltaire, sobre todo por la hilaridad y ruptura de Gómez de la Serna, su indiscutible líder, pero quizás faltó mayor agresividad y cierta violencia, que estallaron en las veladas y algaradas de Zúrich. La tertulia fue inmortalizada en 1920 el pintor José Gutiérrez Solana. Lo que vemos esta rodeado de cierta tensión, o al menos de la oscuridad y solemnidad de todo grupo casi secreto. Los protagonistas miran al pintor (que realizó el cuadro a partir de una fotografía). Los colores son ocres y negros. La mesa está atestada de botellas y vasos. Los rostros son graves y serios. 

 La tertulia retratada por José Gutiérrez Solana

La tertulia retratada por José Gutiérrez Solana

En el cuadro vemos una especie de mesa presidencial de habituales: Tomás Borrás, Manuel Abril, José Bergamín, José Cabrero Mons, Mauricio Bacarisse, Pedro Emilio Coll, Salvador Bartolozzi y el propio Luis Guitiérrez Solana, presididos por Gómez de la Serna, que parece estar pronunciando un discurso. A su espalda vemos un espejo en el que aparece reflejada una pareja que observa la escena. Al parecer, un reciente estudio del cuadro ha revelado que bajo la pintura se encuentra un cuadro religioso, concretamente una escena de iglesia con un altar cubierto por un paño blanco y sobre el que hay tres candelabros y diversos objetos para celebrar la eucaristía. 

El Café Pombo, en el número 4 de la calle de Carretas de Madrid

«Caras pálidas, caras largas, caras famélicas, barbillas temblorosas, ojos calenturientos, higiene equívoca, vestidos que dan la impresión de haber sido prestados»

Estaba en el mismo centro de la ciudad, junto a una sucesión de calles y callejuelas por las que en aquellos años discurrían un sinfín de tabernas, sótanos y locales en los que solía reunirse la bohemia madrileña. El Café Pombo (también conocido como café de Pombo y antiguo café y botillería de Pombo) estaba situado en el número 4 de la calle de Carretas, justo donde hoy está la entrada a la Consejería de Presidencia. No era un local luminoso y espectacular, más bien lo contrario. Sin haberse reformado y sombrío, angosto y en parte agobiante, cargado de humo y repleto de personajes vestidos de negro. Josep Pla lo describió como «un café silencioso y ochocentistas, con mesas rectangulares de mármol para cuatro personas, alargado, con forma de túnel, de techo abovedado y unos espejos anacrónicos en las paredes de un color melancólico». Para el escritor, que recorrió los antros y locales de aquel Madrid noir, en el Pombo se reunían «los últimos intelectuales». Lo que contempla son «caras pálidas, caras largas, caras famélicas, barbillas temblorosas, ojos calenturientos, higiene equívoca, vestidos que dan la impresión de haber sido prestados. Ramón es la única persona del local que da la impresión de haber cenado». «Madrid es tal vez la ciudad del mundo donde se oyen decir las cosas más extravagantes», concluye.

 Gómez de la Serna, en el centro de la mesa, preside la tertulia del Pombo

Gómez de la Serna, en el centro de la mesa, preside la tertulia del Pombo

Allí se sucedieron numerosos actos y contraactos, parodias y declamaciones. Era un «templo sin dioses». Hubieron banquetes heterodoxos y homenajes a «Don Nadie», como burla a la clase política, literatos de postín y curas. Aparte de los banquetes y tertulias, en sus reuniones realizaban juegos de creación colectiva que adelantaron el surrealismo, como «diálogos triviales», la «kleksografías» o borrones de tinta, dados en terrones de azúcar, el «juego del cerdo ciego», que consistía en dibujar un ojo con los ojos vendados a un cerdo dibujado previamente, concursos de «palabras adorno» o las tertulias grafitadas en las mesas de café, que antecede a ciertos lenguajes del grafitti actual. Gómez de la Serna encarnaba a «El Presidente de los jóvenes poetas viejos», mientras que los asistentes a su tertulia fueron bautizados como los «jóvenes poetas viejos».

 Gómez de la Serna junto a su muñeca

Gómez de la Serna junto a su muñeca

En el Pombo no podía suceder nada que fuese lo habitual en un café de la época. Su acción y estética se dirige contra el aburrimiento: «Desviemos el aburrimiento y utilicémosle de cualquier modo, pues así como hay que quemar grasas, hay que quemar el aburrimiento de la vida».

 Buñuel, en el centro, junto a varios tertulianos vestidos de aristócratas en el café Pombo

Buñuel, en el centro, junto a varios tertulianos vestidos de aristócratas en el café Pombo

Rafael Cansinos, precisamente, rivalizará con Gómez de la Serna y los pombistas, ya convertidos en facciones disidentes. Desde revistas como Grecia, publicada incialmente en Sevilla y luego trasladada su sede a Madrid, Ultra o Cervantes, dio cuenta de las noticias que llegaban desde Zúrich o París, publicó airados textos y manifiestos de inspiración Dadá. En Madrid, los principales instigadores y defensores del dadaísmo eran él, Guillermo de Torre (que llegó a publicar un poema en la legendaria revista dadaísta 391) y Rafael Lasso de Vega. Cansinos dirige la tertulia del café Colonial, a unos pasos del Pombo (calle Alcalá 3) y que rivaliza en radicalidad y modernismo con los de Gómez de la Serna. Son tiempos virulentos, apasionados, de facciones. Ambos grupos se reúnen el mismo día y la misma hora, cada sábado ya muy entrada la noche, y la agitación alcanza la madrugada. Los separan unos pocos metros. En su obra El Movimiento V. P. describe sus tertulias así: «Los que más hostiles se mostraron al movimiento V. P. fueron los Jóvenes Poetas Viejos, que formaban ellos también un movimiento no sospechado antes, en otro café próximo al de los firmantes del manifiesto. Reuníanse allí un día a la semana, desde hacía algún tiempo; tomaban chocolate y hablaban de literatura en tono de broma. De cuando en cuando se agasajaban unos a otros con banquetes en los que todos hacían de anfitriones. La novedad consistía en esos ágapes. Este es un verdadero cenáculo —decían—. Pertenecían todos a familias burguesas, habían sido boy scouts, vestían bien, tenían las mejillas coloradas y representaban la salud en literatura. […]. Cuando leyeron el manifiesto V. P. los jóvenes poetas viejos saltaron de indignación: “¡Desgraciados! ¿Quién es más joven que nosotros? Nosotros […] Nos afeitamos regularmente con máquinas Gillette. No hemos hecho jamás una elegía. Estamos siempre de buen humor. ¿No es la alegría un indicio de modernidad? […] Además, ¿quieren decirnos esos poetas dónde tienen registrado su lema? En ninguna parte, pues son harto pobres para pagar la cuota”». Por allí pasaron visitantes como Vicente Huidobro, Diego Rivera, Norah Borges, Buñuel, Picasso, Lipchizt o los Delaunay. Gómez de la Serna tradujo el Manifiesto futurista y fundó el ultraísmo (aunque en realidad se trató, en su caso, de «ramonismo»). Dirigió la revista Prometeo. Durante años gozó y disfrutó de una gran fama, pero una fama terrible, un cónclave de heterodoxos y bohemios locos. Incluso se conocía como el «café de los cagones» debido al sorbete de arroz, siempre presente en el menú y capaz de descomponer el estómago al más osado.

Cerró sus puertas en 1942, aunque la tertulia ya había desaparecido cinco años antes al calor de los bombardeos, las penurias y los miedos. Languideció y los tertulianos se esfumaron, llegando hasta este las prostitutas del cercano Café de Zaragoza, que por ello fue conocido como el «café de la Sífilis». Por entonces, Gómez de la Serna había marchado al exilio argentino y por todo el país desaparecían los vestigios de una España brillante, excesiva y sorprendente. El Nuevo Orden había triunfado.

El Café Volter, los punks y la rabia dadaísta

Era el lugar en que podías preparar la siguiente manifestación política, conseguir un disco de los grupos que solían girar por Europa o, simplemente, pasar el rato en compañía de otros con tus mismos o parecidos intereses. También desfilaban poetas o se programaban pequeñas obras de teatro. Casi todo era posible en el Café Volter.

«Le pusimos este nombre en homenaje al Cabaret Voltaire, que era donde se reunían en Zúrich los desertores de la Primera Guerra Mundial y los seguidores del movimiento dadaísta, pero adaptamos el nombre a la fonética castellana»

 Café Volter. Fotografía: taxi.cnt.cat

Café Volter. Fotografía: taxi.cnt.cat

En octubre de 1985, cuando abrió sus puertas en la calle Dels Agullers número 18, España ya se había despertado de la «euforia» socialista que prometió un país moderno y progresista. La izquierda y los anarquistas protestaban contra la OTAN, el servicio militar obligatorio o la energía nuclear. La heroína, ya desprovista de engaño alguno, dañina y mortal, había causado estragos entre los punks. Eskorbuto, la banda que podía resumir aquella época, ejemplificó el desastre: Josu paseando por los lugares de trapicheo y consumo, con un rostro cadavérico y mirando a las cámaras, diciendo eso de «No seáis como yo» en un gesto honesto y desesperado. El sueño se volvió para muchos una pesadilla. Los pretendidos nuevos políticos se habían hecho prematuramente viejos. «Le pusimos este nombre en homenaje al Cabaret Voltaire, que era donde se reunían en Zúrich los desertores de la Primera Guerra Mundial y los seguidores del movimiento dadaísta, pero adaptamos el nombre a la fonética castellana», afirmó Alicia Carmona, una de sus fundadoras, en el fundamental Harto de todo: Historia oral del punk en la ciudad de Barcelona 1979-1987 de VV. AA. (BCore, 2011).

 Alicia y Punky haciendo tareas de la oficina en la parte superior del Cafe Volter. Fotografía: Archivo Alicia Carmona

Alicia y Punky haciendo tareas de la oficina en la parte superior del Cafe Volter. Fotografía: Archivo Alicia Carmona

 Placa de la calle en que estaba situado el Café Volter. Fotografía: taxi.cnt.cat

Placa de la calle en que estaba situado el Café Volter. Fotografía: taxi.cnt.cat

Pintadas en las paredes del baño del Volter. Fotografías: blog de Silvia Último Resorte

El bar, muy pequeño, angosto y que figuraba con el nombre de Associació Arex, era autogestionado íntegramente por punks. Aquel activismo punk pronto se transmitió por toda la ciudad e incluso el país. Visitar Barcelona por aquellas fechas y no entrar en el Volter era perderse una parte importante de lo que estaba ocurriendo en la ciudad, una proyección de un movimiento juvenil al que se sumaban otras generaciones, algo dinámico y sorprendente. No estaban solos. Tenían contactos con dos proyectos libertarios también activísimos como el Ateneo de Gràcia y el Ateneo de Poble Nou. Azagra y los cómics de Pedro Pico y Pico Vena, las marchas contra el paro, el rock radical vasco… el café Volter era, al mismo tiempo, Carajillo Volter, una derivación patafísica del por entonces popular PGB, el partido ficticio en el que «militaban», a falta de algo mejor, muchos punks, que solían ser atacados por grupos neonazis: «Más de una vez intentaron asaltar el Kafe y nos rompieron los cristales, pero nos amotinamos dentro. Hubo muchos destrozos, pero no consiguieron entrar nunca. Era un acoso continuo. Además estaban organizados y venían de Valencia, Manresa, etc. Podían llegar a ser 40 de golpe. Incluso hacían guardias en la puerta de la Punk House. La gente del Ateneo de Gràcia y el Ateneo de Poble Nou nos ayudaron bastante cuando empezamos a tener este tipo de problemas».

El Volter, al cerrar sus puertas, pasó a la memoria como una isla del tesoro. Todos aquellos que desfilaron por sus paredes conservaron el recuerdo de una época intensa que pasó fugazmente, como aquel país que soñaba con ser «europeo» y muy «libre», pura literatura.