Nos vemos en «La Puñalá» antes del combate final


Una fotografía muestra el improvisado café-bar «La Puñalá» en plena línea del frente durante la Guerra Civil, entre una estación que transportaba heridos y una montaña que fue refugio de «Trogloditas»

 

Madrid vive bajo el asedio fascista, pero frente a la estación de Príncipe Pío, en una zona de parapetos y búnkeres de la línea del frente, donde hoy está una cervecería y un hotel, podías tomarte algo en el improvisado «Café-bar La Puñalá» (al fondo de la imagen, con un letrero colocado en lo alto).

 Café-Bar «La Puñalá». Al fondo, el Asilo de las Lavanderas

Café-Bar «La Puñalá». Al fondo, el Asilo de las Lavanderas

 Emplazamiento, según fotografía actual, de la ubicación exacta de La Puñalá (Imagen: Gaby Culto)

Emplazamiento, según fotografía actual, de la ubicación exacta de La Puñalá (Imagen: Gaby Culto)


Detrás de este, puede verse el desaparecido Asilo de las Lavanderas del Manzanares. Fue testimonio de aquel mítico Madrid retratado magistralmente por Barea o Baroja, y donde las famosas lavanderas del río colocaban cientos de camisas blancas que se mecían al viento y aquella imagen terminó por aparecer en libros y fotografías de la época. En el asilo, inaugurado con toda pompa en 1872, las lavanderas podían dejar a sus hijos menores de 5 años, mientras ellas trabajaban. Tenía capacidad para unos 300 niños, y también disponía de un pequeño hospital de seis camas para las lavanderas accidentadas. Fue destruido durante los combates de la Guerra Civil, por lo que esta es una de sus últimas imágenes. Posteriormente, en 1944, con la ciudad bajo dominio fascista, el asilo se trasladó no muy lejos de allí, hasta el cruce de Paseo Imperial con Pontones.

 «Inauguración del Asilo de Lavanderas en Madrid, el 24 de enero de 1872». Dibujo de Miranda en en la revista española  La Ilustración Española y Americana

«Inauguración del Asilo de Lavanderas en Madrid, el 24 de enero de 1872». Dibujo de Miranda en en la revista española La Ilustración Española y Americana

«La línea de El Ramal funcionó durante la guerra, pero sus cristales iban tintados de negro para impedir que pudiera verse la terrible “carga mortal” que transportaba: fue vagón enfermería y depósito de cadáveres que se amontonaban»

La estación de Príncipe Pío, por su proximidad con los duros combates, tuvo un gran protagonismo. Las líneas de metro siguieron funcionando y solían acoger a refugiados que inundaron los andenes. Al caer la noche, alrededor de las once, una patrulla policial paseaba los túneles identificando a refugiados y maleantes; unos y otros eran tratados de distinta manera. En ocasiones, debido a las aglomeraciones, a pesar de las terribles circunstancias que se vivían, el caos era aprovechado por descuideros, ladrones y fugitivos. La línea de El Ramal, que unía y une Príncipe Pío con Ópera, también funcionó durante la guerra, pero sus cristales iban tintados de negro para impedir que pudiera verse la terrible «carga mortal» que transportaba: fue vagón enfermería y depósito de cadáveres que se amontonaban. Servía de enlace con la cercana línea del frente. En los primeros meses, cuando la ciudad era azotada por continuos bombardeos y con el ejército a las puertas de la ciudad, el gobierno republicano y los milicianos intentaban por todos los medios que no cundiera la desmoralización. La visión espantosa del sangriento Ramal, con sus cuerpos amontonados, podía minar las esperanzas de que la ciudad resistiera.

Justo detrás de esta imagen, un par de décadas antes, aún existía la montaña de Príncipe Pío, que acogió a los «Trogloditas» barojianos, la población apachesca y vagabunda de la ciudad que vivía en cuevas. Estaba situada entre lo que era la Estación del Norte (actual Príncipe Pío, aunque puede verse la vieja estación justo detrás de la nueva) y la Plaza de España y actual Templo de Debod. En lo alto se levantaba el famoso Cuartel de la Montaña, que viviría uno de los primeros y más legendarios episodios de resistencia y ataque por parte del Madrid antifascista, temeroso de su apoyo al levantamiento y que se uniera a los cuarteles de lo alto del Paseo de Extremadura, cuando tomaron al asalto el edificio y se produjeron numerosos muertos.

 El Cuartel de la Montaña (Fotografía: J. Laurent / Archivo Ruíz Vernacci / Instituto del Patrimonio Nacional de España)

El Cuartel de la Montaña (Fotografía: J. Laurent / Archivo Ruíz Vernacci / Instituto del Patrimonio Nacional de España)

 El Cuartel de la Montaña, al fondo, a la izquierda de la imagen (Fotografía: J. Laurent / Archivo Ruíz Vernacci / Instituto del Patrimonio Nacional de España)

El Cuartel de la Montaña, al fondo, a la izquierda de la imagen (Fotografía: J. Laurent / Archivo Ruíz Vernacci / Instituto del Patrimonio Nacional de España)

Estos eran uno de tantos conductos, túneles y ciudades «invertidas» que existían, pero unos metros más allá, en los jardines de Campo del Moro, si hacías de Fantômas podías colarte por el túnel secreto que unía ese lugar y el Palacio Real. Los fascistas conocían su existencia. Durante la guerra un destacamento republicano custodió permanentemente el túnel.