Autómatas del Tibidabo: mitad humanos, mitad robots

Dentro del recinto del Parque Tibidabo se encuentra uno de los museos de autómatas más importantes del mundo. Sus bailarines, músicos o magos mecánicos volvieron loco al mismísimo Walt Disney.

En 1901, se inauguró en Barcelona el parque de atracciones del Tibidabo. En él, los visitantes podían viajar en un impresionante funicular, montar en columpios, dar vueltas en un carrusel eléctrico o disfrutar de las habilidades de unos ingenios mitad humanos mitad robot: los autómatas.

«Desde la apertura del parque, los propietarios fueron comprando diferentes autómatas que fueron repartiendo por distintos lugares del parque. Se accionaban tras introducir una moneda de diez céntimos», explica Lluís Ribas Durán, restaurador del Museo dels Autòmats del Tibidabo.

Estos particulares artistas solían reproducir números de circo, hacer trucos de magia, tocar piezas musicales o recrear escenas costumbristas. La elección de estos motivos respondía, sencillamente, a que eran los que más gustaban al público de la época. Sin embargo, ajenos al paso del tiempo, los autómatas de finales del XIX y principios del siglo XX continuaron representando sus números casi un siglo después.

TIBIDABO3.jpg

«Durante décadas, los autómatas estuvieron funcionando en el parque con monedas hasta que, en 1984, se emprendió la primera restauración de las piezas. En ese momento se decidió también colocarlas en un mismo lugar. Es entonces cuando se inaugura el Museo dels Autòmats del Tibidabo».

A partir de entonces, la adquisición de la entrada del parque permite acceder al museo, ubicado en un edificio modernista de 1909. El lugar elegido para la exposición es una amplia sala que, antiguamente, fue un teatro para uso y disfrute de los trabajadores del parque. Unas personas que fueron claves para el desarrollo y la ampliación de la colección.

«El primer autómata que se compró es de 1880. Eso quiere decir que, cuando se abrió el parque, era una pieza que ya llevaba casi veinte años funcionando. El resto son de 1900 y 1913, fabricados por una compañía de París. Sin embargo, lo realmente diferencial del museo y lo que lo hace único son las piezas construidas por sus propios trabajadores».

maxresdefault.jpg

Los mecánicos y electricistas encargados del mantenimiento de los autómatas decidieron que, además de ponerlos a punto, podrían fabricar sus propios autómatas o crear impresionantes maquetas. Por ejemplo, aquella que reproduce el interior de un taller mecánico de los años 40 con todo lujo de detalles. Una pieza que por su laboriosidad y detalles es una de las favoritas de Luis Ribas Durán.

«Lo más interesante de los autómatas es que para su fabricación confluyen muy diversos oficios. Tantos, que es muy difícil que puedan ser construidos por una sola persona. Es necesario saber de mecánica, de electricidad, pero también de ebanistería para hacer los muebles y las vitrinas. Es necesario un escultor para modelar las manos, los rostros y las piernas, e incluso hay que saber patronaje y confección para diseñar los vestidos y los trajes. Son verdaderas obras de arte».

unnamed.jpg
TIBIDABO6.jpg

Entre las piezas de la colección, Ribas Durán destaca la que allá por 1913 era un prodigio de ingeniería: el Payaso y la rana. En ella, un payaso se quita el sombrero con el pie, saluda al público y se lo vuelve a colocar. Algo que no solo asombraba a los espectadores de principios del siglo pasado, sino que continúa hipnotizando a las nuevas generaciones.

«Que la gente mayor sea consciente del valor de los autómatas es comprensible porque forma parte de su época. Que lo valoren los niños pequeños también porque, aunque no lo puedan tocar, para ellos es como si fuera un juguete. Sin embargo, que lo valoren los adolescentes, tan acostumbrados a las nuevas tecnologías y siempre creyendo que están de vuelta de todo, es asombroso y demuestra que los autómatas tienen algo especial».

aut1.jpg
TIBIDABO8.jpg

¿Qué es eso que hace tan atractivos a los autómatas? ¿Cómo es posible que en un mundo donde la tecnología permite tener ocio infinito en la palma de la mano siga asombrando un artefacto que repite rutinas de uno o dos minutos de manera invariable?

«Las nuevas tecnologías hacen cosas maravillosas. Nos permiten hablar con las antípodas en décimas de segundo. Son herramientas basadas en la inmediatez que lo pueden casi todo. Los autómatas, sin embargo, tienen un halo de misterio. Su aspecto es muy llamativo, su estética es chocante en comparación con la actual y, además a primera vista, no sabes qué van a hacer. Puede ser un truco de magia, puede ser un equilibrio, un baile, interpretar una canción…».

Cuando en 1957 Walt Disney pasó por Barcelona, expresó su deseo de adquirir la colección de autómatas para llevársela a Estados Unidos. Los propietarios del parque no se la vendieron. Gracias a esa sabia decisión, el Museo dels Autòmats del Tibidabo se ha convertido con el paso del tiempo en uno de los más importantes del mundo en su género. Para mantener este prestigio, además de preservar sus fondos históricos, continúa adquiriendo nuevas piezas. La última, Los hermanos Gaüs o el equilibrio del mundo, un autómata de última generación pero de aspecto vintage que fue finalista en la exposición universal de Aichi en Japón en 2005.