La Santa Mano del dictador que «firmó» penas de muerte

Tras el final de la Guerra Civil, la famosa reliquia de la mano de Santa Teresa (aunque le falta el meñique) fue trasladada desde Málaga a Valladolid, para ser expuesta en una magna exposición con otros relicarios y obras de arte del patrimonio religioso expoliado por los republicanos. A Franco no le costó conseguir autorización eclesiástica para conservar el relicario en la capilla de su residencia, en el Pardo, donde se mantuvo como objeto de especial devoción.

 La Mano de Santa Teresa de Jesús

La Mano de Santa Teresa de Jesús

Las desconsoladas monjas custodias de la mano intentaron que se la devolviese. El capellán, el padre Rendón, consoló a las Carmelitas diciendo que, lejos de lo que pudiera parecer, «la mano no se pierde, se va con el Caudillo para guiarle en la conducción de la Patria». Y así fue. O eso dicen muchos. Aunque las monjas no se dieron por vencidas y convencieron al obispo de Málaga para que escribiera personalmente a Franco pidiendo la restitución, cosa que no sucedió.

 Carta del obispo de Málaga a Franco en la que le solicitaba la devolución de la reliquia

Carta del obispo de Málaga a Franco en la que le solicitaba la devolución de la reliquia

No sería devuelta hasta que, el 21 de enero de 1976, la viuda,Carmen Polo y su hija Carmen Martínez Bordiú devolvieron el necrófilo guante, que fue restituido al relicario de las monjas del Carmelo de Ronda. Su aspecto distaba de ser bello, pero sí algo macabro y tremebundo. La mano «incorrupta» se escondía dentro de un guante de plata dorada con incrustaciones de piedras preciosas.

 Reportaje publicado en  ABC  donde vemos el lugar en que guardaba la Mano

Reportaje publicado en ABC donde vemos el lugar en que guardaba la Mano

Sabemos que el dictador no se separaba de su preciada mano. En sus viajes se la llevaba consigo, atribuyéndole poderes mágicos. La reliquia le acompañaba allá donde iba e incluso se dice que dormía junto a esta, que reposaba en su mesilla de noche. Pedro Sainz Rodríguez, primer ministro de Educación, la vio sobre una mesita una tarde que acudió a despachar con el Caudillo. Lo contó más tarde: mientras hablaban, Franco firmaba sin pestañear condenas de muerte cerca de la tétrica mano. Cada poco, sorbía una taza de chocolate. Más tarde, algunos escritores bromearon con un dictador que firmaba penas de muerte con la mano sagrada.