«Feas, contrahechas y sanguinarias»: la venganza de Edgar Neville


«Margarita Nelken o la maldad», un artículo que Neville publicó en 1938 en una revista fascista, demuestra hasta qué punto defendía a un régimen que no dudó en premiarlo

 

De él se decía que tenía una «simpatía arrolladora», y así fue. Utilizó todos sus contactos y amistades en plena Guerra Civil, en un Madrid que se desmoronaba con el fascismo a sus puertas. Tenía todo a su alcance, como fama y recursos, incluso carnets políticos a diestro y siniestro, como el republicano. La República le concedió un puesto de diplomático, aunque sobre él pendían toda clase de informes. Una vez que logra abandonar el país, sus debilidades políticas por el franquismo se hacen patentes, pero sigue siendo un protegido. Tira de agendas, varios productores y amigos influyentes lo acogen y protegen, hasta que finalmente hace su entrada en una Salamanca bajo el fascismo. De nuevo, su simpatía le sirvió de mucho, como se refleja en el estupendo trabajo Edgar Neville: La biografía de un «Bon vivant», de Juan Antonio Ríos Carratalá. A pesar de las protestas de algunos, que lo consideraban un declarado republicano, algo que él negaba tajantemente, le dieron un puesto como propagandista del frente. Sin embargo, aún su nombre estaba en el proceso de depuración. Sus amistades, numerosos intelectuales cercanos o directamente adeptos al falangismo, le daban cierto cuartel y protegían. No hacía mucho alarde de nacionalcatolicismo, porque posiblemente no le interesaba. Lo tomaba todo un poco a la ligera: «Por un día de batalla hay muchos en que la guerra es una gigantesca excursión campestre en la que todos son jóvenes y alegres. Hay el barro y las ratas, pero ¡qué elevación en el sentido de la camaradería! ¡Qué de situaciones pintorescas y cómicas! ¡Qué tipos...!», escribió en un diario que llevó fielmente y escribió en francés.

 Neville junto a Charles Chaplin en 1930

Neville junto a Charles Chaplin en 1930

Entonces tuvo uno de sus momentos de mayor gloria. Neville está junto a las tropas que entran en una Barcelona rendida, donde filma el último de sus documentales al servicio del Departamento Nacional de Cinematografía: ¡Vivan los hombres libres! Logra partir hasta Italia, donde sigue su carrera como director. De paso, con tiempo y bastante tierra por medio, la desmemoria limpiará sus sospechas de republicanismo. Frente de Madrid (1939), con sus lacrimógenas imágenes de propaganda rancia (un fascista y un miliciano que se abrazan, simbolizando la «reconciliación»), ni tan siquiera entusiasmó a los bravucones franquistas. Fuera de España, en la Italia fascista y la Alemania nazi, había cosechado grandes loas, pero en Madrid, durante su estreno en el Palacio de la Música de la Gran Vía madrileña, no hubo ni un aplauso. ¿Concordia? Nadie la quería. Se vivía con saña sobre el vencido. Su familia tuvo su recompensa y les restituyeron la mayoría de los bienes incautados en la guerra. Regresaba la vida a todo lujo, la carrera fulminante y triunfante, la zona de confort ganada a pulso.

 Neville, a la derecha, en el Frente de Madrid (septiembre de 1937)

Neville, a la derecha, en el Frente de Madrid (septiembre de 1937)

 Portada del número 1 de  Y  (febrero de 1938)

Portada del número 1 de Y (febrero de 1938)

Posiblemente «Margarita Nelken o la maldad», un cruel, misógino y propagandístico artículo de furibundo fascismo que publicó en septiembre de 1938 en el número 8 de la revista Y (una publicación de la Sección Femenina de Falange Española Tradicionalista y de las JONS), fue parte de su propia depuración. La revista llevaba como subtítulo de cabecera «Revista de la mujer nacional sindicalista. Revista para la mujer», por lo que igualmente refleja dos modelos de mujer en el imaginario fascista. Uno, el promovido por el franquismo (obediente, sumisa) y otro, el del «rojerío»: mujeres hamponas, violentas y lascivas. Tras su lectura nadie puede dudar de su fe en el dictador.

 Dedicatoria de  Y  en su primer número

Dedicatoria de Y en su primer número


 Margarita Nelken o la maldad



«Eran las feas en celo, las contrahechas en rebelión, supurando odio y envidia, vengando en aquellas víctimas un daño del que eran inocentes, vengando el desaire perpetuo de los hombres hacia ellas»

En aquel terrible Madrid de agosto del 36, cuando el terror llegaba al máximo, apareció una noche en Claridad un artículo de Margarita Nelken en que pedía a las milicias no se limitaran a asesinar hombres, sino que incluyeran en «los paseos» a las esposas, novias o hermanas de los perseguidos. Estaba uno curado, al parecer, de espanto y sin embargo aquella especial incitación al crimen nos produjo la peor angustia. El artículo tuvo su efecto, las arpías de los barrios se unieron a la ronda de la muerte y comenzaron a caer finas mujeres de la burguesía, blancas y espigadas madrileñas, en plena juventud, pues a la incitación criminal habían respondido los más bajos sentimientos humanos y aquello se convertía en la venganza, en suspenso durante siglos, de la fea contra la guapa.

En aquellas noches calientes del estío madrileño aparecieron en solares y desmontes y en las trágicas posturas de la muerte, los cuerpos desgarrados de la flor del garbo, de las más bellas muchachas de la ciudad. Entre sus vestidos, hechos jirones, brillaba su tersa carne blanca con luz de luna.

Conocemos a las mujeres que fusilaban, eran aquellos monstruos de los desfiles del 1° de mayo y de las broncas de los mercados arrabaleros. Eran las feas en celo, las contrahechas en rebelión, supurando odio y envidia, vengando en aquellas víctimas un daño del que eran inocentes, vengando el desaire perpetuo de los hombres hacia ellas.



 «Margarita Nelken o la maldad», por Edgar Neville ( Y , septiembre de 1938)

«Margarita Nelken o la maldad», por Edgar Neville (Y, septiembre de 1938)

Ahí estaba toda Margarita Nelken. Mujer encorsetada y burriciega, pedante y sin encanto femenino, de carne colorada, había arrastrado una triste vida sentimental. Los hombres que se le habían acercado eran como ella, de oficinas oscuras, de plataforma de tranvía de las afueras; sin la gracia paleta de los hombres del pueblo y sin el estilo de los hombres de raza.

Ella sabía que había algo más en el mundo que Cordón Ordax y Basilio Álvarez, pero a los demás hombres ella los vio siempre a través de su impertinentes, alejarse con otras, con aquellas que hoy hacía fusilar.

La Nelken hablaba de pintura en los museos y llevaba las retinas llenas de dioses, héroes y sátiros, pero debía tener la sensación al entrar en el Prado y adentrarse por la galería central, de que los Apolos y los Parises se volvían de espaldas para no verla.

Había mujeres más feas y de peor figura, pero salvadas por la gracia. En ella era todo repulsión. Tenía una cursilería emponzoñada que le quitaba ese indudable atractivo físico que tienen muchas cursis; al verla encaramada en sus impertinentes se presentía su carne cruda, prensada, con varices y una ropa interior violeta.

Creyó, como otras de su tipo, que la República las elevaría a otras regiones sociales, y no fue así, solo elevó sus sueldos. La gente fina del saber y del arte no fueron jamás con ella ni con las Araquistain ni las Vayo, por muchos tés que dieran. Las finas gentes de Madrid se siguieron reuniendo como antes, como después, sin contar con ellas y ¡triste ventura! en regiones de belleza y aristocracia. ¡Cuánta inquina! Su rencor la llevó a los pueblos a predicar el robo y el asesinato, quería quitarse de en medio a toda la gente que le recordaba su condición y cuando comenzó la orgía, de pronto se dio cuenta de que podrían salvarse las mujeres bonitas.

«¡Que las maten también!», gemía en Claridad... Pasada la guerra tendremos el corazón lleno de deseos de perdonar el daño, la comprensión para sin fin de actitudes, pero no podremos olvidar a los que aprovecharon esta tremenda convulsión para mostrar que eran la encarnación del mal, que tenían un alma podrida. No podremos olvidar, ni perdonar, a los asesinos, pero tampoco a los que encaramados en una situación de privilegio desde la que pudieron salvar, escarnecieron por el contrario, acusaron, denunciaron, llevaron a la muerte a tanto inocente. España se ha abierto en dos zonas y es ancha la zanja que las separa, en un lado las personas buenas, generosas, valientes; en el otro los malos. Antes se vivía en confusión, las apariencias nos hacían clasificar a las gentes de un modo caprichoso que luego ha resultado muchas veces falso. La guerra ha puesto las cartas sobre la mesa, la conducta de cada español en esta guerra es la huella «dactilar» de su corazón. Perdonaremos antes al que hoy está con el fusil frente a nosotros, que a los soplones, denunciantes, calumniadores, que aprovecharon la conmoción para saciar sus torpes envidias, sus tristes odios personales para vengar sus limitaciones, de las cuales no tenemos la culpa.

Margarita Nelken es un tipo representativo, azuzadora del odio, promotora de la Muerte, merece nuestro encono eterno, nuestro castigo inexorable.

Edgar Neville