La guerrilla de la comunicación comenzó en un consultorio sentimental


Durante cuatro décadas, el Consultorio de Elena Francis fue uno de los engaños más sofisticados y crueles. Tras la voz dulce de la supuesta Elena se escondía un grupo de curas y psicólogos reaccionarios y una empresa de cosméticos. Cuando se destapó el engaño, España quedó en estado de shock

Fue guerrilla de la comunicación en manos de empresarios y de una familia acaudalada, una operación de camuflaje y engaño, auténtico teatro de guerrilla que logró una falsificación perfecta. Elena Francis y no Yo Mango, o los vastagos del escurridizo —y también inexistente— Luther Blisset, o tampoco los grupos situacionistas que usaron las armas del espectáculo y la modernidad (la televisión y los medios de comunicación) para subvertir el orden, fue el paradigma español de la guerrilla de la comunicación, aquella táctica de desestabilización a través del lenguaje, la palabra o la tecnología. Personajes falsos, mistificaciones o caballos de Troya en el corazón de la televisión se sucedieron durante los setenta y ochenta a través, sobre todo, de televisiones y radios alternativas, fanzines y prensa marginal, lo mismo que carteles «desviados». Todo con tal de pasar como verdadero lo que escondía trampa y cartón.

«Las remitentes firmaban no con sus nombres reales, por temor a ser descubiertas, sino como “Una sufridora”, “Una desgraciada” o “Una mujer enamorada».

Cientos de cartas y miles de horas de grabaciones son el testimonio de aquel gigantesco engaño. El famoso Consultorio de Elena Francis, un programa de radio emitido en España entre los años 1947 y 1984, fue una radiografía de aquel país, que escuchaba con devoción al «modelo» de mujer española encarnado en Elena Francis, una supuesta mujer con la que podías compartir lo más íntimo y privado, sobre todo lo que tenía que ver con amor y sexualidad, pero también trucos de belleza y consejos sobre protocolo, jardinería o cuidado de los hijos. Las remitentes firmaban no con sus nombres reales, por temor a ser descubiertas, sino como «Una sufridora», «Una desgraciada» o «Una mujer enamorada». Su voz, durante cuatro décadas, se presentó como la voz de las sin voz, las mujeres abnegadas que diariamente debían soportar a sus maridos según la norma nacionalcatólica. Era también una voz con un tono autoritario. Podía ser una amiga pero también una madre represora. No permitía la desobediencia. Fue fascismo (durante años se leyeron vidas de santos y santas como paradigmas de una vida justa), neolengua, una mentira sofisticada que resistió el franquismo y finalmente se vino abajo a comienzos de los ochenta.

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EL GRAN ENGAÑO

El clásico del jazz «Indian Summer», de Victor Herbert, abría el programa, tras el cual llegaba el alud de llamadas o cartas que llegaban en grandes sacos y cuyos destinatarios pensaban que la mismísima Elena, atenta y cariñosa (aunque también dura e inflexible), entregada a la causa de la empatía femenina, abría una por una y, por supuesto, contestaba.  

«Tras aquel nombre y aquella voz se escondía un grupo de curas y psicólogos reaccionarios que respondían cada carta como era previsible para la ideología franquista»

La desolación de la posguerra alimentaba imaginarios como aquel. Desde Radio Barcelona, con una programación controlada políticamente al milímetro, comenzaron las emisiones de un programa que pronto gozó un enorme éxito. Su audiencia se estimaba en millones de oyentes. Durante varias décadas, muchas seguidoras crecieron siguiendo sus consejos. La voz de Elena era imposible de olvidar y formó parte de su juventud y vida de casada como un elemento inseparable de aquella España. Pero 1982, con la llegada del gobierno socialista, la ley del divorcio, el aborto, la apertura de un país aletargado, supuso una crisis. Fue entonces cuando aquella impecable y sofisticada operación de camuflaje empezó a resquebrajarse con un libro, publicado en 1982, que lanzó una verdadera «bomba»: Elena Francis era un fake. Tras aquel nombre y aquella voz (encarnada, eso sí, por una mujer real, que fue cambiando según pasaba el tiempo, siendo la más célebre y longeva la de Maruja Fernández) se escondía un grupo de curas y psicólogos reaccionarios que respondían cada carta como era previsible para la ideología franquista: la homosexualidad era una aberración y una enfermedad, la naturaleza y destino de la mujer era ser madre y reproductora, al esposo se le debía una entrega sin medida y férrea disciplina, el aborto es un crimen contra natura. Elena Francis, un consultorio para la transición, de Gerard Imbert, destapó el engaño y provocó un enorme escándalo. La revelación fue todo un shock para miles de mujeres que se sintieron engañadas. El libro, un best seller de la época, fue atacado por el propio programa, que inicialmente se defendió de lo que afirmó tratarse de burdas mentiras y una campaña de desprestigio. Se exigió una entrevista (hasta entonces la supuesta Elena Francis nunca había hablado personalmente con ningún periodista), pero la cadena se negó a concederla. Sin embargo, respondió con indignación, dando por hecho que Elena Francis existía, era una mujer de carne y hueso (ya con una importante edad, rondando los setenta años), «una señora muy digna, muy preparada y muy amante de su intimidad». No funcionó.

«Diariamente se ofrecían cremas antiarrugas o depilatorias, tras consejos sobre no denunciar los malos tratos o consentir toda clase de vejaciones»

 Cartas enviadas a  El Consultorio de Elena Francis

Cartas enviadas a El Consultorio de Elena Francis

El truco no aguantó las presiones. Cuando finalmente todo se vino abajo, la ira nacional se concentró en el Juan Soto Viñolo, quien desde 1966 respondía las consultas que llegaban a la redacción. Viñolo, una de las grandes figuras de Radio Nacional de España, había firmado un contrato que le obligaba a mantener el estricto secreto sobre lo que escondía el programa. Lo contó todo tiempo después en un libro, pero jamás pudo quitarse la mala fama que le provocó a su carrera el montaje de Elena Francis.

 El periodista Juan Soto Viñolo. Fotografía:  XL Semanal

El periodista Juan Soto Viñolo. Fotografía: XL Semanal

No solamente había sido una maniobra publicitaria amparada por el franquismo para adoctrinar a la mujer española, sino que también estaba una empresa de cosméticos, el Instituto de Belleza Francis, con sede en Barcelona, que era quien publicitaba sus productos. Diariamente se ofrecían cremas antiarrugas o depilatorias, tras consejos sobre no denunciar los malos tratos o consentir toda clase de vejaciones.

Las repercusiones de Elena Francis en la sociedad española fueron enormes. Su voz parecía no estar aleccionada por el régimen. No provenía de una revista o periódico que se presentaba como adoctrinador. La censura, afirmaba, no existía. Todo era real, muy real. Como la vida misma. Su última emisión es escalofriante. La falsa Elena Francis (todo el país lo sabía) se despide de su indignada audiencia. «Ya no soy necesaria», afirma con esa voz dulce. Y la emisión finaliza.