La corriente subterránea: Lovecraft y Burroughs

Resulta muy seductor relacionar a H. P. Lovecraft con William S. Burroughs. De una manera intuitiva no es difícil buscar puntos de unión entre ellos: pertenecen a una estirpe de escritores desgraciados, ambos han hecho personales cartografías del horror y han forzado los límites mismos de lenguaje. Sus propias biografías, una por exceso y otra por defecto, se superponen como las dos caras de una moneda. Han surcado el siglo XX como dos corrientes subterráneas y afines, dejando tras de sí una obra que cada vez parece hacerse más comprensible.

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«Es un ejercicio muy estimulante imaginar qué hubiera pensado Lovecraft de Burroughs; no creo que hubiera visto con buenos a ojos a un individuo bisexual, drogadicto y homicida»

Está muy claro que no hay influencia de Burroughs en Lovecraft; no se conocieron personalmente y cuando murió este en 1937, el primero apenas había publicado algunos artículos en publicaciones de colegio. En todo caso es un ejercicio muy estimulante imaginar qué hubiera pensado Lovecraft de Burroughs; no creo que hubiera visto con buenos a ojos a un individuo bisexual, drogadicto y homicida. Aunque quién sabe, el Lovecraft de los últimos años, después de su divorcio y de su estancia en Nueva York era un hombre amargado que quizás se hubiera identificado con la faceta misántropa del escritor de Misuri.

Pero hay algo más allá de la misantropía, que por otro lado es un mero lugar común en ambos autores. Quizás la clave nos la proporcione Peter Sloterdijk cuando trata de determinar la misión del escritor. Dice que más que un ser humano es un laboratorio especializado en experimentos complejos. Dentro de los escritores se han de testar y malear materias virulentas y de alto contenido tóxico; de tal manera que llega a señalar una relación directa entre la grandeza o el talento de un autor y la peligrosidad de las materias que trata y domina. Así, de lo peligroso brota un pensamiento que, cuando consigue el punto exacto de forma, adquiere el rango y carácter artístico. Sloterdijk concluye que el autor valioso es el que se contamina con las mismas materias con las que trabaja; y hace un pequeño listado de escritores envenenados: Kafka, Musil, Broch y Burroughs. Todos ellos dueños de un pensamiento peligroso, ¿y por qué no incluir a Lovecraft? Y si lo hacemos, ¿en qué momento?

Lovecraft sufre un extraño ataque en 1908, cuando contaba dieciocho años, y ningún biógrafo se pone de acuerdo en qué fue lo que le sucedió; ¿un ataque de ansiedad?, ¿un brote psicótico?, ¿una depresión? El joven se queda convaleciente durante seis años, al cuidado de su madre y de sus tías. No se sabe a qué dedicó aquel tiempo, seguramente estudió astronomía y escribió poemas. Cuando sale ya no vuelve a ser el mismo, ha nacido un nuevo H. P. Lovecraft. Muchos años después, en 1924, se casa con Sonia Greene, escritora madura, madre soltera y de ascendencia judía. Una mujer con la que parecía encajar muy poco.

Retrato de Sonia Greene

Retrato de Sonia Greene

El matrimonio duró poco tiempo, apenas dos años de convivencia, pero supuso una profunda convulsión para el escritor. Se instaló en Brooklyn y es en este periodo de su vida, también de penurias económicas, cuando se forja el gran Lovecraft. Casi todos los críticos y aficionados coinciden en que a partir de 1926, después de La llamada de Cthulhu, el autor va a ir despachando sus mejores obras, su auténtico canon; escrito con la desesperación del autor que sabe que tiene muy pocas posibilidades de ser editado, y que tal vez ni siquiera lo desea.

Michel Houllebecq señala como crucial esta temporada en Brooklyn, ve en esta época el momento en el que Lovecraft purifica su odio y su racismo, y lo sublima escribiendo sus más memorables textos. El racismo se transforma en aquellas señas de identidad tan lovecraftianas: el miedo a los desconocido, la fobia al mestizaje, la decadencia, la locura... Lovecraft ya había construido sus bases tóxicas cuando la muerte le alcanza en 1937, su mundo dionisíaco y su mística perversa iba a propagarse siguiendo patrones víricos.

Por su parte William Burroughs, que había nacido en 1914, en el prefacio autobiográfico que acompaña su novela Yonqui así se confiesa: «En realidad mis primeros recuerdos están teñidos por un miedo de pesadilla. Me asustaba estar solo, y me asustaba la oscuridad, y me asustaba irme a dormir a causa de mis sueños, en los que un horror sobrenatural siempre parecía a punto de adquirir forma».

«Agregados humanos desintegrándose en la locura cósmica, sucesos dispersos en un universo moribundo»
 

William S. Burroughs

William S. Burroughs

En Yonqui lo sobrenatural ya aparece de una manera sutil, pese al tono realista de la obra. No sería hasta El almuerzo desnudo cuando Burroughs penetra de lleno en un mundo de visiones. A pesar de todo, en su primera novela ya nos encontramos con pasajes tan memorable como estos: «Cerré los ojos y vi Nueva York en ruinas. Ciempiés y escorpiones se deslizaban por los vacíos bares, cafeterías y boticas de la calle Cuarenta y dos». «Una serie de caras, jeroglíficos distorsionados camino al lugar terminal al que lleva la vida humana, en el que la forma humana ya no puede seguir conteniendo el horror que ha crecido dentro de ella». «Agregados humanos desintegrándose en la locura cósmica, sucesos dispersos en un universo moribundo».

Es inevitable que estas frases nos pongan a ambos escritores en conexión. Sin embargo, Burroughs jamás citó a Lovecraft como una influencia; a pesar de que jamás le importara citar a escritores populares o considerados menores en su época. Se declaró admirador de autores de serie negra como Dashiel Hammett o Raymond Chandler y de ciencia ficción como Barrington Bailey, Eric Frank Russell, Henry Kuttner, Frank Herbert o Poul Anderson.

Lo cierto es que, como se habrá dado cuenta el avezado lector, me he preocupado de buscar puntos en común entre Lovecraft y Burroughs, y no voy a indagar en lo mucho que les separa. Hay una escueta referencia, una frase de Burroughs, que les unen de una manera tan insólita como extraña. Esta frase fue escrita en una carta dirigida a su amigo Allen Ginsberg el 11 de enero de 1951 y dice lo siguiente: «Un profesor marica de Kansas, Misuri, el jefe del departamento de Antropología aquí en el Mexico City College, que es donde recojo mis 75 dólares mensuales, se mató hace unos días con una sobredosis de barbitúricos». El individuo al que se refiere, sin citar tan siquiera su nombre, es Robert H. Barlow.

Robert H. Barlow

Robert H. Barlow

¿Y quién es este tal Barlow? Un personaje fascinante que empezó a cartearse con Lovecraft con la edad de 13 años, quien, cuatro años después le dejó caer la responsabilidad de ser el albacea literario de su obra. Este albaceazgo era un título sin valor jurídico alguno, pero Lovecraft lo dejó así expresado en un testamento que, por lo demás, favorecía en todos su bienes a su tía Annie Gamwell.

Pero no adelantemos acontecimientos. Barlow le ocultó su edad a su maestro en un primer momento, pero en 1934, no dudó en invitarle a pasar el verano juntos en su casa de Florida. Barlow contaba 16 años y Lovecraft 44. A pesar de todo hubo entre ambos una relación muy fructífera. Escribieron juntos varios poemas y relatos, siendo el más memorable La noche del océano, y Lovecraft le dedicó a su pupilo el célebre dibujo a plumilla de Cthulhu.

Después del fallecimiento de Lovecraft entran en juego August Derleth y Donald Wandrei, fundadores de la editorial Arkham House e interesados en publicar su obra. El primer título, The outsider and others, fue el fruto de muchas y arduas negociaciones. La tía del escritor estaba muy interesada en que su obra viera la luz (recordemos que Lovecraft nunca publicó un libro en vida, su obra apareció dispersa en revistas). Barlow, por su parte, apenas tenía 19 años y ya se había ocupado de vender la biblioteca del fallecido. Era una persona extremadamente inteligente, con talento, pero muy dispersa en su existencia y actitudes. El permiso de edición por parte de Barlow se demoraba, los abogados de las partes tomaron cartas en el asunto y, al final, Derleth, amparándose en la minoría de edad de Barlow, omitió su permiso para editar The outsider and others e introducir en nuestro imaginario la obra de Lovecraft. No deja de ser paradójico que en un absurdo descuido en la gestión de los derechos por parte de Arkham House esta perdiera los derechos del autor de Providence, pasando a dominio público. Algo que no impidió a Derleth seguir acaparando las ediciones de la obra de Lovecraft hasta su muerte en 1971.

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William S. Burroughs, por su parte, en 1948 se había instalado con su familia en Algiers, cerca de Nueva Orleans, pero allí la situación era muy precaria, su consumo de estupefacientes era abusivo, y el de su esposa Joan no le iba a la zaga. Tenían problemas económicos y con la justicia, eso hace que un año después se instalen en México. El reclamo era una exigua beca de estudios que se le había concedido por haber cumplido con sus obligaciones militares. En la universidad estudia historia de los aztecas y los mayas, así como su lengua, y es aquí donde su destino se cruza con el de Barlow.

¿Qué había hecho Barlow todos estos años? Le habíamos dejado en plena disputa por los derechos editoriales de Lovecraft a finales de los cuarenta. Su actividad seguía siendo tan febril como desconcertante. Graduado por la Universidad de California en Berkeley, en 1943 se instala en México ganando una cátedra en la Universidad Nacional Autónoma de México y la jefatura del Departamento de Antropología en el Mexico City College. En este tiempo, como editor, publicó a Frank Belknap Long y una obra de Lovecraft: Los gatos de Ulthar. Como poeta se dejó notar en la escena de San Francisco y editó una colección de versos muy celebrada en su época. Como escultor se le achaca una actividad intensa y notable pero de la que, por desgracia, no nos ha llegado testimonio alguno. En fin, una actividad nada despreciable para un hombre que murió a los 32 años.

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Fue maestro de Burroughs en el primer semestre de 1950, le introdujo en los códices mayas y viajó con él al Templo de Quetzacoatl en Teotihuacán, inoculándole un conocimiento que luego tuvo una gran influencia en su obra literaria. En La máquina blanda proliferan referencias a la estructura política maya y al conocimiento hermético vinculado con los calendarios. A pesar de todo, Burroughs no dejó otro testimonio sobre su relación con Barlow que el de la escueta noticia de su suicidio. Sí nos dejó constancia de su fascinación por México, y no es difícil pensar que, de alguna manera, esta fuera compartida por Barlow. En el prólogo de Queer, el escritor de Misuri dijo que «era una ciudad siniestra y melancólica y caótica, con el caos particular de un sueño».

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Templo de Quetzacoatl en Teotihuacán, México

Templo de Quetzacoatl en Teotihuacán, México

Aquel fue el sueño que compartieron ambos, seguramente dejándose tentar por los encantos ocultos de una ciudad en la que parecieron estar a gusto en virtud de sus inclinaciones. Burroughs era bisexual y Barlow homosexual. De hecho, los relatos primerizos de este, cuando pasaban por la atenta corrección de Lovecraft, quedaban siempre expurgados de cualquier referencia homoerótica. En aquella ciudad de México, y sigo citando el prólogo de Queer, «uno se podía curar una gonorrea por 2,40 $, o comprar penicilina y administrársela uno mismo. No había control alguno sobre la automedicación y las agujas y las jeringas se compraban en cualquier parte».

Barlow se instaló fugazmente en Telchac para aprender la lengua indígena y «acceder con su ayuda a los caminos del hombre que los arqueólogos no pueden recorrer». Su colega, el poeta Charles Olson, que por aquel entonces estaba en México, narró el suicidio de una manera mucho más emotiva: se despidió de sus amigos, «les escribió una carta en maya y se suicidó […] Me parte el corazón».

Se mató en Azcapotzalco, el primer o segundo día de 1952. Ocho años antes dejó escrito que tenía la vaga sensación de que su vida no se iba a prolongar demasiado. Y así fue, tomó 36 cápsulas de seconal y dejó escrito en escritura pictográfica un contundente «No me molesten. Quiero dormir mucho tiempo». Y ese sueño unió a Lovecraft y a Burroughs, como la corriente subterránea que une dos caudales tóxicos.