¡Caminará sobre cocodrilos! ¡Tragará sables! ¡Hipnotizará serpientes!

Lucía un punto en el centro de su frente, como un tercer ojo, una marca que la identificaba como una mujer con poderes extraordinarios. Tras Koringa, nombre artístico de «la única mujer faquir del mundo», se escondía Renée Bernard (1913-1976), una mujer del espectáculo que se inició como bailarina en Burdeos, Francia. En realidad, creció entre feriantes, en circos que iban de un lado a otro del país. Aquella extraordinaria mujer, a mediados de los años treinta, alcanzó una gran fama por sus arriesgados números junto a cocodrilos y serpientes, caminando sobre ellos, hipnotizándolos o introduciendo su cabeza entre las fauces mientras no dejaba de sonreír. Sus exitosos espectáculos la llevaron a salir de su país y atraer a los Mills Brothers, unos empresarios ingleses del espectáculo que la contrataron.

Koringa representaba el misticismo de la ancestral india y estaba provista de unos brazos de hierro, construyendo su historia falseando su lugar de nacimiento e infancia.

Aseguraba haber nacido en la India y siendo educada por una familia de faquires que le transmitieron todos sus conocimientos mágicos. También decía que podía leer la mente o masticar cristales rotos. Bailaba y tragaba largos sables.

Fueron los Mills Brothers quienes la comenzaron a presentar como «la única mujer faquir del mundo», encumbrándola al estrellato junto a su maestro, el también faquir Blacaman, que le enseñó muchos de sus prodigios.