Ese «neofascista» de Julio Iglesias


Durante los años ochenta en la Unión Soviética existió una lista «negra» de artistas cuya música debía ser prohibida en las emisoras. Julio Iglesias era el único español

 

Es posible que te sorprenda mucho esta lista de artistas y músicos «baneados» durante los años ochenta en la Unión Soviética, sobre todo teniendo en cuenta que el celo soviético llegaba hasta la hilaridad: Village People, para los jerarcas estalinistas, no eran ninguna amenaza por ser uno de los grandes artistas gays, sino por su «violencia». La lista de músicos es enorme. Fue realizada y distribuida entre las emisoras en 1985, en plena guerra fría, por el Komsomol, la organización juvenil del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS). El escritor Alexei Yurchak la publicó en su libro Everything Was Forever, Until It Was No More, editado por Princeton University Press. La información aparece en su capitulo «True Colors of Communism: King Crimson, Deep Purple, Pink Floyd».

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SORTEAR LA PROHIBICIÓN


«El alijo fueron decenas de extraños discos extremadamente delgados, casi del grosor de una cartulina, en los que podían verse rodillas, fémures y cerebros que pertenecían a muchos de los detenidos»


La mayoría eran casi inaccesibles para los jóvenes, que debían encontrar sus discos en mercadillos ilegales. Desde hacía décadas, habían ideado formas originales de sortear la prohibición. La más soprendente, sin duda, sin duda fueron los discos hechos con huesos, como ya contamos en Agente Provocador. En la Unión Soviética el tráfico ilegal de discos era castigado como una actividad ilegal grave. Los fans, conscientes de las dificultades y lejos de atender a los llamamientos de las autoridades, buscaron la forma de eludir la prohibición. Pero los comisarios políticos y los soplones estaban en casi cualquier lado, y ese mismo año las autoridades celebraron la desarticulación de lo que consideraron un importante foco de disidentes, espías americanos y desviados sociales. El alijo fueron decenas de extraños discos extremadamente delgados, casi del grosor de una cartulina, en los que podían verse rodillas, fémures y cerebros que pertenecían a muchos de los detenidos. Eran discos y estaban hechos con radiografías de forma artesanal (tomabas una cuchilla e ibas recortando. Luego, con un cigarrillo, la quemabas y hacías un pequeño agujerito justo en el centro donde se colocaría el disco). Los fabricantes las obtenían de los contenedores de basura de los hospitales, que pronto estuvieron bajo vigilancia cuando se crearon patrullas de militantes soviéticos dedicadas a perseguir la música occidental. Este material era abundante y barato, y se hicieron y distribuyeron miles de copias de grupos occidentales y soviéticos. La mayoría de contrabandistas solían ser marineros suecos o finlandeses, que utilizaban los puertos como lugares para la entrada y distribución de la mercancía. No tenían galleta ni, por supuesto, créditos, y el título de la, por lo general, única canción que contenían estaba escrito a mano o rayado sobre la superficie. Era música «hecha» con huesos. Bone Music o en ruso «Roentgenizdat».



Uno de los bones records soviéticos

Uno de los bones records soviéticos

«Su “neofascismo” llama mucho la atención. No un fascista cualquiera, que va, sino “neo”, casi un fascista, un filofascista»

Pero volvamos a la lista de música altamente «peligrosa» y que, por tanto, era prohibida en las radios oficiales. El único artista español que encontramos es Julio Iglesias. Las razó, aunque no se lea con nitidez, era la de «neofascismo». Posiblemente la conflictiva relación entre el cantante y la Unión Soviética venía de muy atrás, de su connivencia con el franquismo, desde que fuera encumbrado a la fama en el Festival Internacional de la Canción de Benidorm de 1968, al que acudió en sustitución del cantante Manolo Pelyao, en su momento al frente de los pioneros del rock and roll en este país Diablos Negros.

Original en ruso con la lista de  baneados

Original en ruso con la lista de baneados

Al principio tuvo problemas con la censura, algo que se solucionó por la intervención de su padre. «La vida sigue igual», la canción que interpretó, parecía decir algo oculto, una velada crítica al régimen. Su padre, Julio Iglesias Puga, se entrevistó incluso con José Solís Ruiz, ministro secretario general del Movimiento.

Pero su «neofascismo» llama mucho la atención. No un fascista cualquiera, que va, sino «neo», casi un fascista, un filofascista, un fascista que no llegó a tanto, o que soñó con serlo. Quién sabe.