Los discos hechos con «huesos» que surgieron del frío

Fue la expresión musical del samizdat. Discos hechos con radiografías de huesos que se compraban en mercados ilegales y que hacían saltar por los aires la censura a ritmo de rock and roll

 

Dos momentos de la cultura pop, o al menos de sus estrategias para subvertirla. El primero fue una celebración de un fenómeno ya consolidado, las casetes piratas. Es el año 1980 y el empresario prositu Malcolm McLaren, tras el final de la aventura con los Sex Pistols, descubre a una banda new wave, Bow Wow Wow, liderada por una hermosa chica que resultó ser menor de edad y a la que McLaren, en busca del escándalo definitivo, explotó convenientemente. Su primer single era una especie de manifiesto a favor de la copia sin control que había comenzado muchos años antes con la consolidación de las casetes y los enormes radiocasetes que puso de moda la primera generación de artistas del rap. Se tituló «C·30 C·60 C·90 Go!».

El segundo momento fue el de la pura resistencia y supervivencia de una cultura que intentaba tomar aire. Es 1958 y las autoridades soviéticas, obsesionadas con eliminar cualquier tipo de influencia occidental, persiguen a los seguidores del jazz y de la nueva música, el rock and roll, a quienes tratan como a una banda de traficantes.

Dos momentos de una historia en cierta medida común: la ley y la trampa.

«El alijo fueron decenas de extraños discos extremadamente delgados, casi del grosor de una cartulina, en los que podían verse rodillas, fémures y cerebros que pertenecían a muchos de los detenidos»

Claro que aquel segundo momento tenía sus riesgos. En la Unión Soviética el tráfico ilegal de discos era castigado como una actividad ilegal grave. Los fans, conscientes de las dificultades y lejos de atender a los llamamientos de las autoridades, buscaron la forma de eludir la prohibición. Pero los comisarios políticos y los soplones estaban en casi cualquier lado, y ese mismo año las autoridades celebraron la desarticulación de lo que consideraron un importante foco de disidentes, espías americanos y desviados sociales. El alijo fueron decenas de extraños discos extremadamente delgados, casi del grosor de una cartulina, en los que podían verse rodillas, fémures y cerebros que pertenecían a muchos de los detenidos. Eran discos y estaban hechos con radiografías de forma artesanal (tomabas una cuchilla e ibas recortando. Luego, con un cigarrillo, la quemabas y hacías un pequeño agujerito justo en el centro donde se colocaría el disco). Los fabricantes las obtenían de los contenedores de basura de los hospitales, que pronto estuvieron bajo vigilancia cuando se crearon patrullas de militantes soviéticos dedicadas a perseguir la música occidental. Este material era abundante y barato, y se hicieron y distribuyeron miles de copias de grupos occidentales y soviéticos. La mayoría de contrabandistas solían ser marineros suecos o finlandeses, que utilizaban los puertos como lugares para la entrada y distribución de la mercancía. No tenían galleta ni, por supuesto, créditos, y el título de la, por lo general, única canción que contenían estaba escrito a mano o rayado sobre la superficie. Era música «hecha» con huesos. Bone Music o en ruso «Roentgenizdat».

 

El fenómeno de los discos hechos con radiografías de huesos fue uno más entre las distintas estrategias de resistencia de la juventud soviética, algo que había comenzado a mediados de los cincuenta con los stilyagi, la versión soviética del beatnik americano. Fans del jazz, escurridizos y al tanto de lo que pasaba al otro lado, estaban permanentemente en contacto con los mercados ilegales de discos, ropa o libros. Intentaban jugar en los límites, arriesgándose a penas de prisión en caso de que un disco de Elvis Presley o Gene Vincent cayese en las manos equivocadas. Aún no había casetes ni radiocasetes con doble pletina que, un tiempo más tarde, facilitaron el pirateo, y los fans del pop debían buscar la forma de hacerse con aquellos discos. Lo mejor, o al menos la única solución posible, era fabricarlos ilegalmente. También precariamente. El sonido era nefasto. Los graves desaparecían y, al igual que sucedió con los primeros discos de música jamaicana, la grabación iba perdiendo prodigiosamente su ya de por sí mala calidad de sonido. Luego sucedía lo inevitable y los discos se rasgaban o deterioraban hasta ser inutilizables.

Los discos, a pesar de las redadas, siguieron saliendo. Sonaban en una sola cara e incluso llegaron a incluir pistas adicionales en las que alguien incluía mensajes y frases en ruso.

En 1958, año en el que el rock and roll era ya un fenómeno global, las autoridades declararon formalmente la ilegalidad de los discos hechos con radiografías, su fabricación y su mera tenencia, algo que volvería a suceder más tarde con la aparición de los casetes. Esta fue la expresión musical del samizdat, la publicación fotocopiada clandestinamente, las copias piratas de libros de poemas, el protofanzine en la época de Stalin, pero el rock and roll era imposible de silenciar y, en desvencijados tocadiscos escondidos en trampillas y armarios, sonaba una y otra vez esa extraña música que provenía de soportes igualmente extraños como la radiografía de unos pulmones.

 Una banda de jazz actúa en Moscú en 1957. Fotografía: Sovfoto

Una banda de jazz actúa en Moscú en 1957. Fotografía: Sovfoto

 Ejemplares originales de publicaciones samizdat

Ejemplares originales de publicaciones samizdat