«El Lute» ha muerto. ¡Viva Eleuterio!


Cuando El Lute fue al Museo de Cera se llevó su propia figura y la quemó en un descampado

 

Su mala sombra le acompañaba a todas partes. En 1981, cuando el ministro Francisco Fernández Ordóñez le concedió el indulto, parecía que iba a cambiar su suerte. Sin embargo, para El Lute, el legendario delincuente, primer gran quinqui (era merchero, es decir, un quinqui real) y enemigo número 1 del franquismo a mediados de los sesenta y primeros setenta, no lograba acabar con su propio personaje, que le perseguía allá donde iba. Era uno de los nombres más célebres desde que cayese preso a mediados de 1965 y un policía inventase su famoso alias. El peso de la leyenda podía con su propio presente, que por entonces era muy distinto. Había logrado dejar atrás su vida de delincuente callejero y miraba a un futuro que esperaba fuese diferente.

Eleuterio Sánchez, en ese proceso de abandonar su antigua vida, decidió hacer un acto simbólico que fue retratado por la prensa y que no deja de tener una impronta surrealista y extraña: se plantó en el Museo de Cera de Madrid y, tras hablar con sus responsables, decidió quemarse a sí mismo, a su propia figura, que lucía amenazante y malvada. Hacía tiempo que había sido retirada. Por entonces su figura ya no generaba esa atracción de antaño. Languidecía en un almacén con otros villanos y héroes venidos a menos.

Reportaje en Diez Minutos (1982). Fotografías: Quevedo

Y ardió cuando caía la tarde, tras llevársela él mismo meterla en un ascensor y, ya en la calle, hacer que entrase en el maletero y la parte de tras de su coche, e ir a un descampado, uno de esos lugares que años atrás conocía también, los escenarios tras los robos y atracos, las huidas. Antes de pegar fuego al muñeco de cera, confesó a la prensa: «Por fin voy a poder realizar el sueño de mi vida. Espero que esto signifique acabar de una vez con el mito de “El Lute».

La revista Diez Minutos, en 1982 (un años después de ser indultado), recogió aquel impactante momento, junto a su esposa Carmelita, que adoraba a Eleuterio. Este es el reportaje, con fotografías de Quevedo.

«Eleuterio se quedó en silencio abrazado a su mujer mientras las llamas devoraban la cera. Poco a poco se consumió el mito. Los restos, el mismo Eleuterio los convirtió en migajas a golpes de pala»

—La historia comenzó —relata Eleuterio— cuando a raíz de mi detención el día 2 de junio de 1973 me envían al penal de Cartagena. Allí me entero por esos años que me habían hecho una estatua en cera que me representaba en el Museo de Cera de Madrid, y aquello me dio mucha rabia. Yo intenté muchos contactos e incluso llegué a poner algunas querellas, que jamás llegaron a formalizarse, dado que yo estaba preso y no tenía ningún derecho en aquel entonces a ejercer ningún tipo de acción legal.

—¿Por qué te parecía mal la exhibición de esa estatua?

—Porque a mí me dolía mucho tener tanta fama, ser tan famoso, todo a costa de un mito que habían hecho de mí. Yo fui un chivo expiatorio y consideraba esto una explotación.

—Sin embargo, la estatua dejó de exhibirse unos años después...

—En efecto, en 1978, coincidiendo con mi llegada a la prisión de Alcalá de Henares la estatua ya no aparecía expuesta al público. Yo tuve una entrevista con la directora del Museo de Cera y me comunicaron que había tomado esa decisión en vista de que la imagen que ofrecía esa estatua no correspondía con mi forma de ser ni con la idea que se tenía de mí ya a nivel popular. Comprendí entonces que las autoridades del museo había obrado con mucha dignidad y se me olvidaron aquellos deseos que en su día tuve de entrar por las buenas al museo, sacar la figura y pegarla fuego en la mismísima plaza de Colón.

¿Te dolió especialmente el que la figura estuviera situada junto a la galería de bandidos famosos?

—No, porque la verdad es que no estaba exactamente en esa galería, sino justo al lado.

—¿Cómo se llevó a cabo la gestión para que ahora puedas quemar esta figura?

—Yo insistí ante la directora del museo en mi propósito de hacer desaparecer el muñeco y accedió de buen grado, puesto que lo tenía retirado en un cuarto donde no hacía más que molestarles. Se portaron magníficamente, y de esta manera yo he podido cumplir el gran sueño de mi vida, que es acabar de una vez por todas con el mito de «El Lute», quemando precisamente esta figura, que es la que lo representa.

—Carmelita, ¿qué sientes en el momento de destruir la figura?

A mí los muñecos nunca me han dicho nada, pero esto más que nada es un símbolo, y ahora es el final de un mito. Lo que hace falta es que ahora que acabó el mito de «El Lute», que era un señor que robaba, delincuente y todo eso, no nazca el mito Eleuterio Sánchez, como un señor que es un santo y bondadoso... Eleuterio es una persona normal, sin más mito.

Eleuterio se quedó en silencio abrazado a su mujer mientras las llamas devoraban la cera. Poco a poco se consumió el mito. Los restos, el mismo Eleuterio los convirtió en migajas a golpes de pala. Al terminar, medio en broma medio en serio, nos dijo:

—«El Lute» ha muerto. ¡Viva Eleuterio!

 Eleuterio haciendo esfuerzos para lograr meter en su coche a su odioso  alter ego

Eleuterio haciendo esfuerzos para lograr meter en su coche a su odioso alter ego