El cantante punk que robó a los ricos y regresó de entre los muertos


Gilles Bertin, cantante del grupo francés Camera Silens, atracó un banco, robó doce millones de francos y se esfumó. Treinta años más tarde, cuando todos le daban por muerto, reapareció y se entregó a la policía

A finales de los setenta y primeros ochenta, algunos punks mantuvieron contacto con grupos clandestinos, organizaciones armadas y comunas de fugitivos. Se había creado un ecosistema de ayuda, una solidaridad y apoyo mutuos en toda Europa, que funcionaba con naturalidad. Era relativamente sencillo. Se compartía un ideal, pero también una forma de vida. No se podía imaginar vivir de otra manera, al menos para aquella facción de entre los punks, airados y anárquicos, que pasaron de la retórica de las letras a la «propaganda por los hechos. Cientos de punks se carteaban con presos y presas del IRA, Grapo o la RAF. Los servicios de inteligencia de las policías europeas no podían filtrar aquella ingente cantidad de información y contactos. En lugares como Canadá (la banda Subhumans, cuyo bajista integró un grupo armado) o Reino Unido (la Angry Brigade mantuvo conexiones con la escena protopunk de los últimos sesenta y primeros setenta), el punk escribió su leyenda con una promesa de ser fiel a una causa.

 Camera Silens con Gilles Bertin, el primero a la derecha

Camera Silens con Gilles Bertin, el primero a la derecha

 Camera Silens, con Gilles Bertin a la voz, en directo en 1984. Fotografía: Jean Zindel

Camera Silens, con Gilles Bertin a la voz, en directo en 1984. Fotografía: Jean Zindel

HEROÍNA Y ATRACOS

En Francia, a comienzos de los ochenta, una parte de la escena punk había derivado en la autodestrucción, como sucedía en muchos otros países. La heroína, inicialmente tratada con cierto desdén, hizo estragos. Al mismo tiempo, aquellos punks que se habían convertido en heroinómanos, no renunciaban a aquellos ideales con los que habían empezado a militar en grupos y radicalizarse. Lo que no había cambiado en absoluto era su absoluta fe en un futuro, menos aún si se habían contagiado de VIH y, a su alrededor, muchos de sus amigos caían día a día. Así que Gilles Bertin, que entonces era el cantante de Camera Silens, una banda punk de Burdeos, junto a otros de sus colegas, no se lo pensó demasiado a la hora de participar en un gran atraco en abril de 1988. Era ahora o nunca.

 Gilles Bertin. Fotografía: Jean Zindel

Gilles Bertin. Fotografía: Jean Zindel

 Camera Silens y Gilles Bertin (tercero por la izquierda)

Camera Silens y Gilles Bertin (tercero por la izquierda)

Camera Silens no eran unos desconocidos. Habían tocado con muchas de las mejores bandas francesas y europeas (incluso compartieron escenario con Decibelios). Estaban fuertemente influenciados por la oleada skinhead de izquierdas y grabado varias maquetas y participado en recopilatorios como Chaos en France. En 1985 publicaron su primer disco. 

Robó, nada más y nada menos que doce millones de francos (unos dos millones de euros) y la noticia apareció en las portadas de todos los periódicos. Nadie resultó herido durante el atraco, ni empleados o policías. Tampoco los misteriosos atracadores, que fueron atrapados sin muchos problemas. La policía española, en colaboración con la francesa, detuvo a varios miembros de los Comandos Autónomos Anticapitalistas, por estar relacionados con este atraco y otros en suelo francés. Sin embargo, la policía desató una caza al hombre, al huido y que parecía el cerebro del «golpe», el punk Bertin. Pero Bertin… se había esfumado. Fue condenado en ausencia a diez años de prisión, que no cumplió.

LA VIDA CLANDESTINA EN UNA TIENDA DE DISCOS PORTUGUESA Y EN BARCELONA

Durante tres décadas parecía haberse evaporado. Incluso se le declaró muerto. Sin embargo, no marcho muy lejos, a diferencia de otros atracadores que acababan sus días en Brasil o algún otro país caribeño. Estuvo primero el Portugal, donde incluso montó una tienda de discos, y posteriormente en Barcelona, donde vivió junto a su pareja y aprendió perfectamente el castellano. Incluso tuvo hijos. Casi nadie sabía de su pasado, pero Bertin siempre estaba atento para evitar la delación, un desliz, y que acabara en la cárcel. En Barcelona se curó de su adicción y rehízo por completo su vida, mientras leía las noticias en las que su vieja banda se volvía a reunir y cantaba por su compañero desaparecido.

 Retrato utilizado por la policía francesa de Bertin en 1988

Retrato utilizado por la policía francesa de Bertin en 1988

Ahora tiene casi sesenta años y habla de aquella vida con una sensación de distancia y, al mismo tiempo, cercanía. Fue su vida, pero lo sigue siendo. Nunca imaginó que viviría tanto, ni tan siquiera que sobreviviría a la espiral de drogas y riesgo. Hace un par de años llamó a su abogado, al mismo que defendió al resto de colegas del atraco, un letrado habitual en las defensas de terroristas de izquierdas o islamistas pertenecientes a grupos extremistas. No podía creérselo e inicialmente pensó que era una broma. Todos le daban por muerto. Bertin había regresado. Tomó un tren hasta la estación de Toulouse, donde le esperaba su abogado. Juntos fueron hasta la comisaría más cercana y se entregaron. Finalizaba la vida fugitiva del punk que robó un banco y se esfumó delante de los ojos de la gendarmería francesa, que por entonces andaba con pies de plomo en su actividad contra grupos terroristas como Acción Directa y otros.

Su juicio se celebró en junio. Bertin, que se declaró culpable, espera su sentencia y brinda por el futuro.