Edipo en Disneylandia: la reencarnación de la reina Victoria como Superman

En palabras de su propio creador, «Disneylandia nunca estará terminada. Seguirá creciendo mientras quede imaginación en el mundo». Entonces, ¿qué tienen en común Lewis Carroll, Clark Kent, la CIA, Sigmund Freud, el conejito de Playboy y la Reina Victoria? Nos adentramos en la madriguera del Conejo Blanco para contribuir a engrandecer el mito.


Edipo en Disneylandia vio la luz en 1972 de la mano de The Paranoid Press, una editorial fantasma creada para eludir las represalias legales derivadas de la publicación de una novela firmada bajo seudónimo. En su prólogo, Hercules Molloy se presentaba a sí mismo como Ministro de Propaganda de EEUU, y describía a su protagonista, Clark Kent, como un «esquizofrénico paranoico» sin diagnosticar, aquejado de un trastorno de identidad disociativo que justificaría el alter ego de Superman. Abundando en la fiscalización de la cultura pop de la era McCarthy, los orígenes del superhéroe se asocian a un cóctel de traumas infantiles y al abuso de estupefacientes a su paso por la universidad, que lo convierten en el candidato ideal para ingresar en el proyecto MK Ultra, el programa de control mental de la CIA que empleó tratamientos de choque mediante descargas eléctricas, drogas alucinógenas y otras terribles técnicas, a menudo sin el conocimiento de las víctimas.

aprobación del subproyecto MKUltra sobre el LSD mediante un documento desclasificado firmado por Sidney Gottlieb el 9 de junio de 1953.

Inmerso en un clima de conspiranoia anticomunista, Molloy nos regala una escena particularmente hilarante y que parece prestada de una novela de Thomas Pynchon, en la que asistimos a un cónclave secreto entre el presidente Mao, miembros del Politburó del Kremlin y el propio autor, quien nos explica que Alicia en el país de las maravillas forma parte de un «diabólico plan quinquenal de adoctrinamiento sexual». Tras graduarse en Yale, nuestro atribulado Clark Kent y su amiga Wonder Woman acaban en una prisión mexicana como consecuencia de una orgía desenfrenada con LSD. Sobre el jergón de su celda, descubre un manoseado ejemplar de lo que, a simple vista, parece una biblia de Tijuana, pero resulta ser la obra maestra de Lewis Carroll. Si esto fuera una novela de espías (que también), nuestro héroe se preguntaría quién, y con qué aviesas intenciones, puso precisamente ese libro en su almohada, en lugar de El mago de Oz de L. Frank Baum o El guardian en el centeno de J. D. Salinger.

informe médico de un paciente en coma químico inducido, tras ser sometido 15 electroshocks y drogas, por resistirse al tratamiento.

Su protagonista, Clark Kent, es un «esquizofrénico paranoico» sin diagnosticar, aquejado de un trastorno de identidad disociativo que justificaría el “alter ego” de Superman

Cabe preguntarse qué hubiera ocurrido si el futuro reportero del Daily Planet siguiera los pasos del recientemente fallecido Theodore Kaczynski, alias Unabomber, sometido a los “estudios de personalidad” llevados a cabo por el Dr. Henry Murray en la prestigiosa Universidad de Harvard. En cualquier caso, Molloy se burla abiertamente de una élite respetable y brillante que se precipitó a los abismos de la contracultura y el psicoanálisis con nefastos resultados. La disociación de Clark Kent no solo le permite decodificar los mensajes ocultos de Alicia en el País de las Maravillas aplicando las teorías freudianas, sino que además concluye que, en realidad, ¡se trata de una autobiografía en clave pornográfica de la reina Victoria de Inglaterra!

De entrada, la revelación resulta sorprendente si tenemos en cuenta que, durante su reinado, las patas de los pianos se cubrían en presencia de las damas debido a su naturaleza vagamente fálica. «Tú túmbate y piensa en Inglaterra», aconsejaban las madres a sus hijas recién casadas en una época en la que se consideraba físicamente imposible que las mujeres disfrutaran del sexo; todo lo contrario que su reina, que llegó al trono con 18 años y cuya intensa vida sexual escandalizó a sus contemporáneos. Para constatarlo, basta con echar mano a los diarios íntimos de la reina Victoria, difundidos en 2012 con motivo del Jubileo de Diamantes de su tataranieta Isabel II, y donde relata los detalles de su noche de bodas: «¡NUNCA, NUNCA gocé de una velada igual! MI AMADO, AMADO Alberto se sentó en un taburete a mi lado, y su amor y afecto excesivos me proporcionaron unos sentimientos de amor celestial y felicidad como nunca hubiera imaginado antes. ¡Me estrechó entre sus brazos, y nos besamos una y otra vez! ¡Oh! ¡Este fue el día más feliz de mi vida!».

«¡No es más que un libro de mierda! ¡Es pornografía sin adulterar! -exclama Clark Kent en uno de los pasajes más memorables de Edipo en Disneylandia- Si follar es sucio, Alicia en el país de las maravillas tiene que ser el libro más sucio que existe. ¡Todo trata del coño de Alicia!». La madriguera del conejo resulta ser un túnel horizontal más profundo de lo esperado y lo que se plantea a continuación es un descenso pesadillesco al útero materno del Imperio Británico, que incluye un diagrama del aparato reproductor femenino para cartografiar el País de las Maravillas. Porque, por muy descabelladas que parezcan sus conclusiones, existen varios estudios académicos que manejan la hipótesis de que la reina Victoria escribió Alicia en el País de las Maravillas para superar la pérdida de su amado esposo, el príncipe Alberto, en diciembre de 1861. Para justificarlo, interpretan la historia como una alegoría de las azarosas vicisitudes que la llevaron al trono. Su tío, Guillermo IV, falleció el 20 de junio de 1837, apenas un mes después de que Victoria cumpliera dieciocho años, evitando una regencia durante la cual su madre, la duquesa de Kent, podría incapacitarla por loca y encerrarla en la Torre de Londres para asumir el poder ella misma, en complot con su amante, Sir John Conroy.

«Un mensaje secreto para un lector desconocido que algún día, siglos más tarde, descifrará el código secreto [de la reina Victoria] y descubrirá la verdadera tragedia de su vida»

Reflexionemos sobre la reclusión de Juana la Loca en Tordesillas, por ejemplo, o la de Nerissa y Katherine, las dos primas hermanas de la reina Isabel II que, en 1987, se descubrió que estaban encerradas en una institución mental desde la muerte de su madre, e imaginemos por un momento a Victoria plasmando sus traumas sobre el papel. Identificaremos a su padre, Eduardo de Kent, como el Conejo Blanco, y a su madre, Victoria de Sajonia-Coburgo-Saalfeld con la Duquesa, antagonista de la Reina de Corazones, a quien el ilustrador John Tenniel representó con los rasgos de la reina Victoria. Por supuesto, el príncipe Alberto sería el Caballero Blanco, quien no aparece hasta el capítulo ocho de A través del espejo donde, por supuesto, Alicia es coronada reina.

Por si fuera poco, existen indicios de que el hijo de la reina Victoria, el príncipe Leopoldo, mantuvo una relación con Alice Liddell, quien años atrás sirviera de inspiración a Lewis Carroll. Y aunque no existen pruebas de que ésta llegara a consumarse, conservamos parte de la correspondencia que se dirigían asiduamente. Para Howard Thornton, uno de los miembros más ilustres de la Continental Historical Society de San Francisco, el vínculo se remonta a la admiración mutua que se profesaban la reina Victoria y Charles Lutwidge Dodgson, un diácono anglicano y profesor de matemáticas en Oxford, aficionado a los juegos de palabras, los acertijos matemáticos y la fotografía de desnudos de ninfas. Dodgson comenzó a publicar literatura juvenil bajo el seudónimo de Lewis Carroll en 1856, conservando su propio nombre para sus trabajos estrictamente académicos. Lo mismo podría decirse de Thornton al desprenderse del alias de Hercules Malloy para firmar su tesis, Alicia en el País de las Maravillas de la reina Victoria, en los años ochenta. La obra conoció al menos un par de ediciones ampliadas posteriormente y acreditadas a David Rosenbaum y James Saint Cloud respectivamente.

«¡No es más que un libro de mierda! ¡Es pornografía sin adulterar! Si follar es sucio, Alicia en el país de las maravillas tiene que ser el libro más sucio que existe. ¡Todo trata del coño de Alicia!»

Si para Clark Kent/Superman, Alicia en el país de las maravillas era «un mensaje secreto para un lector desconocido que algún día, siglos más tarde, descifrará el código secreto [de la reina Victoria] y descubrirá la verdadera tragedia de su vida», no es menos cierto que el pastiche literario pergeñado por Thornton/Molloy puso en evidencia algunos de los mitos difundidos por el padre del psicoanálisis: donde Sigmund Freud ve un joyero, Clark Kent ve un vagina (y viceversa). Gracias al uso de la narración fragmentaria a base de recortes de periódicos, el decoupage de las ilustraciones originales y divertidas alusiones pornográficas, Edipo en Disneylandia se convirtió en un viaje lúcido, pero alucinante, al fondo del imaginario colectivo.