Los aterradores Batallones Antigás y las imágenes de la «muerte silenciosa»


España fue pionera en usar avionetas para lanzar gas mostaza sobre el «enemigo». Con la llegada de la Guerra Civil, las siniestras máscaras antigás y sus batallones fueron una de las imágenes más escalofriantes. Hoy una asociación «para la Defensa de las Víctimas de la Guerra del Rif» relaciona el alto índice de cáncer con las barbaridades patrias.

 

Habíamos sido pioneros en algo: el uso de iperita, el mortífero gas mostaza durante la guerra de Marruecos, cuando desde una avioneta se roció a los rifeños, que cayeron fulminados. El año: 1924, un año antes de la firma de «la prohibición del uso en la guerra de gases asfixiantes, tóxicos o similares y de medios bacteriológicos» en el Protocolo de Ginebra. El gas utilizado había sido producido en la «Fábrica Nacional de Productos Químicos», de La Marañosa, en San Martín de la Vega, Madrid. Oficialmente se llamaba Fábrica de Productos Químicos del Jarama y se construyó con la asistencia de Alemania y, sobre todo, de Hugo Stoltzenberg, un químico asociado con el gobierno alemán en actividades clandestinas de armas químicas a principios de la década de 1920. Hubo heridos entre trabajadores de La Marañosa, que en realidad no sabían la magnitud y la peligrosidad del gas que producían.

España combatía en Marruecos bajo la consigna de «Matadlos a todos», que fue bendecida por el mismo rey Alfonso XIII. En su honor, el del rey que autorizó esta barbarie, la fábrica de La Marañosa pasó a llamarse Alfonso XIII. Fuimos el primer país en lanzar, mediante avionetas, gas sobre posiciones «enemigas». Utilizamos fosgeno, difosgeno, cloropicrina y gas mostaza, conocido también como iperita. Los objetivos más comunes eran la población civil, los zocos y los ríos. En un telegrama enviado por el entonces alto comisario de España en Marruecos, Dámaso Berenguer, el 12 de agosto de 1921 al entonces ministro de la Guerra Luis de Marichalar, Berenguer declaraba: «Siempre fui refractario al empleo de gases asfixiantes contra estos indígenas, pero después de lo que han hecho, y de su traidora y falaz conducta, he de emplearlos con verdadera fruición». Desde entonces, el nombre de nuestro país, en la zona del Rif, se extendió como un manto negro. Aún hoy existen familiares de aquellos exterminados que relacionan incluso el alto índice de cáncer entre los rifeños con aquellas jornadas, y hasta existe una asociación que protesta por ello, la Asociación para la Defensa de las Víctimas de la Guerra del Rif.

Y entonces, tras probarse una y otra vez en los campos de exterminio europeos durante la Primera Guerra Mundial, se convirtió en un arma común en la guerra «moderna», como en Ypres, donde se usó por vez primera la infame iperita el 21 de junio de 1917. Los efectos eran terribles. Causaba ceguera, asfixia y quemaduras en la piel. Además, tardaba en desaparecer y los militares no evaluaban con rigor las condiciones ambientales, como el desplazamiento del viento. Era un gas pesado que perduraba mucho tiempo tras su lanzamiento.

Una vez desatada la Guerra Civil, La Marañosa trabajó a destajo, aunque poco después la fábrica se trasladó hasta Alicante, por temor a que esta cayera en manos de los fascistas que asediaban Madrid. Al parecer, el gas fue usado por vez primera durante el bombardeo al Alcázar de Toledo. Los fascistas respondieron creando en Sevilla el primer Equipo de Neutralización de Guerra Química, a cargo del farmacéutico Raimundo Blasco Llorente. El Ejercito Republicano, por su parte, en diciembre, puso en marcha  el primer Batallón Antigás, cuyo acuartelamiento se encontraba en el Colegio de Sordomudos del Paseo de la Castellana nº 71. También pasó algo similar en Euskadi, donde se creó un Batallón  Antigás integrado por Gudaris. Italia y Alemania, en su ayuda a Franco, suministraron grandes cantidades de iperita, arsina (estornudógeno) y difosgeno.

Esta serie de impactantes imágenes muestran a uno de estos Batallones Antigás, perteneciendo a una colección de la Biblioteca Nacional.