Tortillas de ajos y finas hierbas, la electricidad y Deleuze


Radio Futura y «La estatua del jardín botánico», Santiago Auserón y Deleuze. Canet Rock, Blondie y la gran... Divine. Pop secreto

El peñón de la cala de la Illa Roja entre Pals y Begur se distingue claramente tras el cuerpo pintado de verde de Enrique Sierra. Viste unas mallas verdes también y está hundido hasta las rodillas en la arena de la playa, contoneándose espasmódicamente frente a Santiago Auserón vestido como un robot con tintes metálicos, maquillaje, mallas y una especie de braguero ortopédico plateados. En el vídeo de «La estatua del jardín botánico» de Radio Futura, los movimientos de Enrique son también eléctricos, o quizás es que tiene asociada la idea de lo eléctrico que tantas veces subraya Santiago sobre su forma de tocar la guitarra, sobre lo que ha aportado al grupo. Movimientos eléctricos a pesar del aspecto de reptil de Enrique: su cara es seria, afilada, alargada, con los pómulos marcados, la piel grabada, flaco, con orejas de soplillo; y lleva el pelo largo y negro en la nuca y afeitado el cuero cabelludo salvo por unas mechas de pelo largas y que salen disparadas en punta formando una cabeza como de lagarto, pistilos de una flor, antenas o un puercoespín trasquilado. Tito, que se ha ocupado de la imagen de Radio Futura y del corte de pelo de Enrique, aparece en los extras del vídeo haciendo retoques en los peinados y el maquillaje. También lleva la cabeza afeitada, sin antenas pero sí con un pequeño mechón de pelo negro encima de la frente formando un tupé rizado. La piel de Tito es muy blanca, seguramente maquillado con una capa blanca y los ojos profundos en negro, y contrasta con la ropa estrictamente negra con una camisa abotonada hasta el cuello, las mangas remangadas hasta los codos y un pantalón muy ancho ajustado muy arriba en la cintura, casi en las costillas.

 Radio Futura en sus inicios. Fotografía:  La Huella Sonora

Radio Futura en sus inicios. Fotografía: La Huella Sonora

 

«Mientras Santiago Auserón escribe la letra de la canción “La estatua del jardín botánico” lee a Leibniz y escucha a Brian Eno»

Mientras Santiago escribe la letra de la canción «La estatua del jardín botánico» lee a Leibniz y escucha a Brian Eno. Literalmente, confiesa que está leyendo a Leibniz y escuchando a Brian Eno cuando aparece casi como una sacudida la idea de la canción. Aunque también resuena el eco de la superficie de Deleuze y de la sacudida que le provoca la lectura de El anti-Edipo. Santiago recuerda la sacudida de esa otra lectura frente a Emili Manzano en L’hora del lector: «¡Está hablando de mí! ¡Está machacando todos mis vicios! ¡Va a por mí!».

Sentado en un plató de televisión, trajeado, con americana negra y una camisa blanca desabotonada bajo la que se intuye un collar de piedras negras, el pelo corto, a cepillo, y un aro en la oreja izquierda, Santiago habla pausado y atropelladamente al mismo tiempo, reflexiona y se acelera, algunas palabras salen a borbotones entre risas o muecas que sin transición dan paso a una seriedad concentrada. Recuerda la sacudida y también la incomprensión de los textos de Deleuze, el esfuerzo que demandan para que, dice, tengas un combate contigo mismo, porque va contra su pensamiento, va a obligarlo a pensar. Y recuerda las clases de Deleuze en la universidad en París en 1976.

Sobre las imágenes de Deleuze en un aula abarrotada, como el metro en hora punta, relata Santiago, o como un concierto de rock, con el filósofo ligeramente encorvado con los dedos de las manos cruzados sobre la mesa sentado a la misma altura que los alumnos, rodeado por ellos, uno fumando muy cerca, exhalando el humo hacia su cara, tal vez marihuana, el humo de la marihuana se podía cortar, recuerda Santiago, y recuerda también el lugar que ocupaba, recuerda lo mucho antes que había que llegar para coger sitio, recuerda levantarse a las cuatro de la mañana para llegar a las siete y esperar que empezase la clase a las nueve, señala a un alumno, un tío que polemizaba con Deleuze constantemente, que se enfrentaba, señala a una chica, muy extraña, que siempre se sentaba a la derecha del polemista, en el mismo lugar, señala un cartel que advierte sobre los carteristas y recuerda un grafiti escrito a mano que puntualiza cuidado con los carteristas «del concepto», una broma muy frenchi, y recuerda a Deleuze, al carisma, la seducción, la pop-filosofía, el encantador de serpientes, el pensamiento eléctrico, un abrigo gris, un sombrero, gesto encogido, huraño, ensimismado, casi molesto y una bufanda roja. Y recuerda el poso que deja, las máquinas deseantes, el pensamiento eléctrico, insiste, en el regreso desde París a Madrid y formar Radio Futura un par de años después, cuando la esquizofrenia empieza a desarrollarse como forma de vida y se forman movimientos rizomáticos, aparece el deseo, la sexualidad, los géneros se desdibujan en bailes metálicos producto del sonido eléctrico, y las gentes, con pegatinas en el culo, viajan desde los barrios del extrarradio a los barrios bien del centro y desde galerías de arte a bares en los que se fuma y sirven tortillas.

 Gilles Deleuze

Gilles Deleuze

Armando Montesinos habla del Figón de Juanita en un artículo sobre la movida madrileña que se ve obligado a escribir o que parece forzado a escribir porque dice no tener interés en relecturas historicistas. Pero habla, escribe y recuerda, también, la furia. La furia implícita en un lugar que es punto de reunión para «anarquistas y miembros del frente de liberación gay, locutores de radio, jovencísimos punkis con la música en la sangre, cineastas en ciernes, rockeros y modernos». Y luego, buscando el detalle, habla de la mugre, del olor a fritanga aliado al característico suelo lleno de restos, servilletas estrujadas, trozos de comida, palillos o colillas (se fuma en todas partes) que inundan muchos bares de Madrid, y recuerda una deliciosa tortilla de ajo y perejil. La que recuerda José Luis Brea es de finas hierbas. Habla también del Figón de Juanita. Lo explica igualmente en un texto en el que intenta rememorar los primeros ochenta, los artistas y la exposiciones.

José Luis y Armando toman cañas de cerveza y tortilla de finas yerbas o de ajo y perejil en el Figón de Juanita. Fuman apoyados en la barra y hablan de Foucault y Deleuze. Siguen las conversaciones que han tenido lugar en el seminario sobre Deleuze y Foucault que organiza Santiago en la Facultad de Filosofía nada más llegar de París con el conocimiento en directo, los textos del filósofo aún por publicar, la experiencia en la memoria de las formas, los gestos y las maneras de Deleuze. El bar es la parada intermedia: entre hablar de filosofía e ir a un concierto de Kaka de Luxe o de los Zoquilos; en medio están las tortillas, los anarquistas, los miembros del frente de liberación gay y los restos de comida y colillas en el suelo. Las tortillas y las cañas son el punto de inflexión, la conciliación entre filosofía y rock: máquinas pensantes y máquinas deseantes.

José Luis presenta el último vídeo de Radio Futura en La Edad de Oro. Sentado frente a Paloma Chamorro, con los eternos labios carnosos remarcados en rojo y el cabello rizado, exótico, un tanto afro, como una enorme esponja impenetrable sobre la cabeza, preguntado por su opinión sobre el vídeo «La escuela de calor» en el que Santiago canta sobre cuerpos desnudos al sol en piscinas privadas, José Luis, sujetando un cigarro que no acaba de fumar, flaco, con americana negra y camisa gris con dos botones en los picos de cuello, serio pero sonriente, ya con actitud de profesor universitario, responde: «Quizás mostraría algunas reservas, quizás la primera impresión puede decepcionarte, pero en cuanto lo ves más veces, cualquiera que sea el producto que toque Radio Futura asegura una calidad que lo hace absolutamente interesante. En este caso, diría que es bueno y es superinteresante porque no es un videoclip, no tiene ni su lenguaje ni su estructura narrativa de cascada de imágenes. No tiene nada de eso. Es una experimentación narrativa».

Y empieza el videoclip. Santiago, su hermano Luis, Enrique y Solrac, el batería, son camareros en un bar nocturno con un gran escenario. No hay nadie más. Llevan pantalones y camisa negra con tirantes y una pajarita blanca. Luis prepara copas y Enrique juega con un cubilete y unos dados, ambos muy serios, mientras en el centro de la pista, vacía, Santiago y Solrac bailan automáticamente, con gestos espasmódicos. Entran dos chicas bien vestidas, miran el reloj, son las cuatro de la mañana. Les sirven copas, les vierten alguna droga dentro, cruzan las miradas. Caen dormidas, les levantan la falda, estampan en el culo «Escuela de calor» y las meten, raptan, en una furgoneta. Parece un oscuro affaire, aunque la canción no es «Oscuro affaire». Armando cuenta que cuando Radio Futura tocan que están metidos en un oscuro affaire todo el mundo sabe a qué se refieren: ¿dónde escribir?, ¿dónde publicar?, ¿cómo pillar?, ¿dónde tocar?, ¿dónde reunirse?, más allá de un bar de tortillas, aprovechar cualquier coyuntura, explorar la nocturnidad, la sexualidad, las drogas, la oscuridad.

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La oscuridad y el escenario encogido por la única figura enorme e iluminada de Divine inunda el pequeño local en el que actúa en Long Island. Armando Montesinos, cara alargada, gafas redondas, nariz chafada, flaco, camisa de manga corta azul oscura, el pelo negro repeinado con flequillo fijado a la derecha, movimiento espasmódico lateral y hacia arriba al hablar, como buscando aire, el cuello muy estirado, entrevista más tarde a Divine. Están en el camerino, poco iluminado con algunos grafitis en la pared. Divine, con una bata negra abierta, sin maquillaje, sin carmín exagerando los grandes labios carnosos, marcando los picos de su comisura bajo la nariz, sin las cejas perfiladas ni los ojos maquillados con sombra plateada y grandes pestañas, sin una peluca blanca con todo el pelo encrespado hacia atrás como si estuviese en un túnel de viento, sin un vestido rojo apretando sus carnes, marcando la enorme barriga, el culo, las tetas falsas que se trasparentan o parece que se trasparenten, salido de la ducha sin el sudor provocado por el baile a veces espasmódico embadurnando sus brazos grandes y sus hombros redondos de brillo, es Harris Glenn Milstead, calvo, entrado en kilos, extremadamente amable y simpático. Bajo la amabilidad, ahora bajo el aspecto de hombre de mediana edad calvo y con el poco pelo de los laterales del cráneo cano, subyace el sarcasmo, la expresión de disgusto y desagrado forzando una la mueca torcida cuando Armando le pregunta por Nancy Reagan. La expresión de agresividad ha desparecido, pero Divine está también ahí. Divine robando bistecs de carne en un supermercado y colocándoselos en la entrepierna en la película de John Waters Pink Flamingos y Divine entrevistada por tres reporteros en la misma película frente a su caravana con una peluca naranja colocada muy hacia atrás dejando una gran frente a la vista, los ojos pintados y ampliados hasta cubrir también parte de la frente, felinos, y un vestido rojo, mientras responde con los dientes apretados, escupiendo las palabras:

—Divine, ¿es usted lesbiana?

—Sí, hago todo lo que haga falta.

—¿Le excita la sangre?

—Algo más que excitarme, Mister Vinker, me produce el orgasmo. Y, más que ver la sangre, me gusta su sabor fresco y caliente.

—¿Cuáles son sus creencias políticas?

Matar a todos, perdonar el asesinato en primer grado, apoyar el canibalismo, comer mierda: esa es mi política, esa es mi vida.

 Divine. Fotografía: Marcia Resnick

Divine. Fotografía: Marcia Resnick

El gesto torcido, provocador, supersexuado de Divine siempre está presente. Le dice a Armando que con John Waters eran punks antes de que llegasen los punks, porque se teñían el pelo y ya tenían la actitud.

En CBGB frente a individuos que se agitan y mueven nerviosos, que visten ropa estridente o negra, rota o brillante, con el pelo largo de colores o muy corto, rapado… Divine mueve su cuerpo voluminoso y rompe su garganta sobre sonidos eléctricos, Jello Biafra canta con voz histérica, los Ramones destripan una canción en un minuto, Henry Rollins sudado en pantalón corto con todo el cuerpo tatuado desata letras anarquistas, Alan Vega de Suicide canta con voz melosa de enfermo mental sobre ritmos metálicos y Blondie se contornea sobre el rasgado de una guitarra eléctrica.

Santiago insiste en buscar un sonido eléctrico. Escribe sobre sonidos eléctricos con Catherine François, Montse Cuní y su hermano Luis en la revista Disco Express. Firman como Los Corazones Automáticos artículos sobre Talking Heads, Ramones o Blondie, a losque han visto en el Canet Rock de 1978, el dos de septiembre por la madrugada, entre el barro que ha provocado la lluvia.

 Canet Rock (1978). Fotografía: Francesc Fabregas

Canet Rock (1978). Fotografía: Francesc Fabregas

Debbie da saltitos sobre el escenario al ritmo que marca la batería contundente y seca de Clem Burke, el bajo de Nigel Harrison y los riffs y guitarrazos de Chris Stein mientras Jimmy Destri marca una melodía repetida con el órgano. Debbie lleva una media melena muy rubia, platino, cortada en óvalo siguiendo desde el flequillo el contorno de su cara, por la nuca contrasta un trozo de pelo negro. El pelo sale disparado, recto en mechones como si estuviese mojado. Y está mojado, fijado con laca y gomina y mojado por el sudor. La cara brilla, el cuello brilla también, y los hombros, estrechos, descubiertos por la camiseta con escote palabra de honor fijada al pecho que Debbie tiene que subirla en algún momento, ya que por el baile, el sudor y los saltos tiende a bajarse. Es una camiseta azul plateada muy fina, tal vez de seda, se la ha hecho Stephen Sprouse especialmente para grabar el vídeo de la canción «Dreaming» en 1979. Está rodado en un plató en el que han montado el escenario para Blondie con espacio para el público debajo y subido a andamios metálicos que rodean todo el espacio. El sonido eléctrico es rítmico y sincopado, y Debbie canta, grita, seria, aunque hace alguna mueca de sonrisa, levantando la cabeza hacia el micrófono que está alto, apuntando su cabeza hacia él, abriendo la boca amplia con los labios pintados en rojo intenso. Cuando canta y proyecta la voz abre la boca y sube el labio superior mostrando los dientes con una expresión entre arrogante y felina. Sigue sudando, saltando, bailando, agitando los brazos, juntándolos rectos hacia el centro marcando el canalillo entre las tetas que también botan bajo la camisa azul plateada, moviendo las caderas de adelante hacia atrás rítmicamente, también se aferra al micrófono, se detiene un segundo, se lleva una mano a la nuca agachando la cabeza y la otra a la cadera, y vuelve a saltar, agitar el pelo, la boca abierta. Sobre el andamio una chica baila y agita la cabeza, flexiona las rodillas, mueve los brazos y todo el cuerpo, cimbreante bajo un vestido azul de rallas negras muy escotado y pegado por el sudor, la falda volando, la boca abierta, los labios rojos, los ojos tapados por la melena y unas grandes gafas de sol, saca la lengua. Un tipo con traje negro con las mangas subidas, camisa blanca desabotonada, una flor roja en el ojal y gafas de sol wayfarer, mueve los hombros, se agacha y baila al ritmo y pegado a una chica con pantalón y camiseta negra sin mangas que también baila, recorre su cuerpo con sus manos desde las rodillas y las estira hacia arriba, pegada a su vez a un chico con sombrero y una camisa amarilla con una corbata de rallas. El sudor, el calor, el baile, el ritmo, el deseo: inundan la atmósfera en un plató que podría ser un espacio industrial, un lugar para la carga y descarga de materias, reconvertido durante la noche en un espacio para tocar y bailar.

«Estoy metido en un oscuro affaire. Ya no puedo volver atrás», canta Santiago y continúa avisando que espera la llegada de la noche, refiriéndose, según Armando, a la búsqueda de esos espacios que hay que encontrar, solitarios, a veces llenos de cuerpos eléctricos.