El dictador y la cocainómana

A comienzos de los años veinte, se desató en España una gran campaña mediática y política destinada a acabar con el consumo de cocaína y morfina, asociado al mundo nocturno de los cabarets y music halls que proliferaban en ciudades como Madrid, Barcelona o Valencia. Francia parecía ejercer una perniciosa influencia sobre nuestras fronteras. Se temía un contagio de una modernidad sobre la que poco se sabía realmente. En plena dictadura de Primo de Rivera, muy pocos se atrevían a defender a los implicados, pero un episodio insólito, cuya verdadera naturaleza se supo tiempo después, cautivó a la sociedad española. Primo de Rivera, que se rodeó de numerosas amantes y prostitutas (frecuentó las casas de juego y prostíbulos al quedarse viudo en 1909 de su esposa Casilda Sáenz de Heredia, que murió durante el parto de su sexto hijo), estaba prendado de una conocida prostituta y cocainómana de Madrid, asidua a los cabarets y locales de flamenco, que recibía el apodo de La Caoba y que fue detenida y procesada por tráfico de drogas y chantaje a un empresario. El dictador, sin embargo, no deseaba perderla.

 Miguel Primo de Rivera

Miguel Primo de Rivera

Primo de Rivera se entrevistó con el juez Prendes Pando, que la procesaba, y le ordenó que la pusiera en libertad. Este, sorprendentemente, se negó. Prendes fue expulsado de la carrera judicial, lo mismo que el presidente del Tribunal Supremo, que salió en defensa del magistrado y al poco tuvo que solicitar la jubilación anticipada. Este fue el momento en que el caso se supo y causó una gran polémica, sobre todo en los círculos intelectuales alrededor del Ateneo de Madrid, foco de disidencia intelectual en el Madrid de entonces. Fue un secreto a voces. Se filtraron los amoríos del dictador con La Caoba y su posterior intercesión, las amenazas y represalias, la doble moral, el miedo. Miguel de Unamuno (entonces vicerrector de la Universidad de Salamanca) o Rodrigo Soriano (presidente del Ateneo de Madrid) criticaron al dictador por salir en defensa de ella. Tan solo había pasado un año del comienzo de la dictadura, pero ya se atisbaba el futuro: jueces y políticos al servicio de la política. El Colegio de Abogados de Madrid tampoco guardó silencio y en una junta general se alzaron voces enérgicas condenando la intromisión y emitiendo una nota de protesta. El juez, ya destituido, lo denunció al periódico Heraldo de Madrid, que sin embargo no se atrevió a publicar toda la verdad y se marcó una argucia según la cual el caso no se había producido en España sino en ¡Bulgaria! La noticia fue publicada en enero de 1924 y se cambió al dictador español por el Primer Ministro de Bulgaria.

La Caoba salió en libertad y, tiempo después, Unamuno, que publicó una serie de artículos críticos con el dictador, y el incansable Soriano, fueron detenidos y enviados el exilio en la isla de Fuerteventura. En febrero de ese año, el Ateneo, convertido en uno de los centros disidentes, era clausurado.

 Unamuno durante su exilio forzoso en Fuerteventura

Unamuno durante su exilio forzoso en Fuerteventura

Ya en el exilio, al año siguiente, Unamuno publicó De Fuerteventura a París. Diario íntimo de confinamiento y destierro vertido en sonetos por Unamuno, una colección de textos y referencias a una España que se le negaba. También habló de La Caoba:

 

«Famoso se hizo el caso de la ramera, vendedora

de drogas prohibidas por la ley y conocida por

La Caoba, a la que un juez de Madrid hizo detener

para registrar su casa y el Dictador le obligó a

que la soltase y renunciara a procesarla por salir

fiador de ella.

Cuando el caso se hizo público y el Rey, según

parece, le llamó sobre ello la atención, se le

revolvió la ingénita botaratería, perdió los estribos

—no la cabeza, que no la tiene— y procedió

contra el juez tratando de defenderse en unas

notas en que se declaraba protector de las jóvenes

alegres.

Aquellas notas han sido uno de los baldones

más bochornosos que se han echado sobre España,

a la que el Dictador ha tratado como a otra ramera

de las que ha conocido en los burdeles.

Se ha complacido en mostrar sus vergüenzas y en sobárselas

delante de ella»