Las últimas palabras del Predicador

Tras una vida entregado a escribir una biografía singular, uno de los auténticos escritores inmortales de América, el Predicador Gris, el Exterminador, el Hombre Invisible, vivió sus últimos momentos con calma y paz. El miércoles 30 de julio de 1997, Burroughs escribió la última entrada en su diario, intuyendo su partida, la definitiva marcha más allá del umbral: «No hay nada. No hay sabiduría final ni experiencia reveladora; ninguna jodida cosa. No hay Santo Grial. No hay Satori definitivo ni solución final. Solo conflicto. La única cosa que puede resolver este conflicto es el amor. Amor puro. Lo que yo siento ahora y sentí siempre por mis gatos. ¿Amor? ¿Qué es eso? El calmante más natural para el dolor que existe. AMOR». Falleció dos días más tarde, el 2 de agosto cuando daban las seis y media de la tarde. Su secretario y mano derecha, James Grauerholz, confesó que había partido tranquilo y sereno.

 Lápida de Burroughs

Lápida de Burroughs

Su funeral (en realidad, un acto de recuerdo y cariño reservado para unos pocos congregados ante un ataúd abierto) se llevó a cabo cuatro días después en el Liberty Hall, al caer la tarde, acompañado por canciones de Duke Ellington, Bessie Smith, Louis Armstrong, Ry Cooder y una sonata de Schubert. Al finalizar el velatorio, ya de noche, la comitiva avanzó por la avenida Massachussets.

 Homenaje a Burroughs. Los asistentes pasan junto a su ataúd

Homenaje a Burroughs. Los asistentes pasan junto a su ataúd

También aseguró que, tiempo antes, le había confesado que no deseaba ser enterrado en St. Louis, su ciudad natal, sino ser incinerado en Tánger y luego esparcidas sus cenizas en el estrecho de Gibraltar.

Su velatorio se realizó en un pequeño teatro de Lawrence, donde el ataúd permaneció abierto para que el aproximadamente centenar de asistentes pudiera verlo por última vez. Hubo canciones y conversaciones, breves discursos y mucho silencio. Todos sentían que pisaban una tierra sagrada.

 Programa del homenaje

Programa del homenaje

Ante ellos tenían a un bárbaro bendito, quizás el último: el hombre invisible, el audaz Inspector Lee de la temible Policía Nova, el padrino del punk, el Chico Heavy Metal, el Sacerdote Yonqui. Ahora eran ellos los que debían comenzar a preguntarse dónde estaban los viejos salteadores de caminos, los predicadores locos, los cantantes de blues con la piel rasgada, los legendarios bandidos, los criminales morales, y la respuesta era la misma que en la famosa canción popularizada por Leadbelly: «En los pinos, los pinos / Donde el sol no siempre brilla».