«¡Odia a los partidos!»: Cuando San Isidro fue punk

El mejor San Isidro tuvo como protagonista a La Polla Records. El ayuntamiento habló de un «grupo salvaje» que provocó unos incidentes que fueron portada de El País. Heridos, porrazos e invasión absoluta del escenario. Todo quedó registrado en un memorable video

Fue un mes de mayo de 1986, en un San Isidro que pocos olvidarían. La Polla Records visitaba Madrid como teloneros de Bella Bestia y Obús, las bandas más celebres de la escena heavy. El concierto, el tercero de aquellas fiestas, comenzó con una entrada de batería bastante torpe, que en un momento dado se detiene. Suena una línea de bajo, un acorde de guitarra. No han probado sonido. Y hay silbidos. Muchos silbidos. Se escucha de fondo el griterío en un Rockdromo, vendido por el ayuntamiento como el mejor de Europa, sobre el que aún no ha caído la noche. El alcalde es Juan Barranco. Se levanta una polvacera enorme. Evaristo sale a por todas y anuncia: «Vamos a echar una jotica, Manolo». Cresta y mirada desafiante. Están en su mejor momento. «Me cago en el coronel y en toda la compañía y me limpio con el culo detrás de la sacristía. ¡Ay, ay, ay!», pero Evaristo mira hacia atrás. Algo ha sucedido. Nada de qué preocuparse. Una imagen muestra al público intentando encaramarse a las altas vallas que empiezan a temblar cuando apenas comienza la canción. Quieren llegar al escenario, que está muy lejos, en un foso que parece un abismo. El propio Evaristo, años más tarde, culparía de los incidentes a la desmesurada distancia que había entre las vallas y el escenario, que no logró frenar al público pero que calentó mucho más el ambiente. A ello había que sumar una seguridad que perdió los estribos y unos policías municipales que no dudaron en cargar cuando el tumulto se hizo mayor.

«Poco a poco se suceden los golpes y las carreras. También los botellazos, que caen aquí y allá del escenario. La gente se agolpa en las vallas hasta que comienzan a invadir el escenario (dos micrófonos desaparecieron)»

A la tercera canción ya es de noche y se ha abierto un hueco muy grande en el público que baila enloquecido. Poco a poco se suceden los golpes y las carreras. También los botellazos, que caen aquí y allá del escenario. La gente se agolpa en las vallas hasta que comienzan a invadir el escenario (dos micrófonos desaparecieron). Evaristo se ve desbordado. Abajo hay casi setenta mil personas, de las que varios centenares están llegando al escenario. No puede cantar. El concierto se suspende durante varios minutos, para luego continuar hasta que se hace imposible. Minuto 40: «No podemos seguir el concierto. Decirle al colega que tenéis al lado que se eche para atrás tío. Los cincuenta o cien tíos que están delante nos van a joder el concierto a todos», dice una voz que no sabemos a quién pertenece.

El País, al día siguiente, hace recuento de la batalla: «Ocho heridos leves y un detenido que ya ha sido puesto en libertad es el resultado de los incidentes ocurridos en la noche del lunes en el concierto de rock del auditorio de la Casa de Campo. De cómo ocurrieron los hechos hay diversas versiones. Los testigos coinciden en señalar que el grupo de música punk La Polla Records nada hizo por apaciguar los ánimos de los espectadores y, como primera medida, el Ayuntamiento de Madrid ha decidido no volver a tratar “con gente como esta, que no tiene ningún reparo en fomentar el desasosiego”».

 Evaristo durante la actuación en San Isidro, mayo de 1986

Evaristo durante la actuación en San Isidro, mayo de 1986

 «Incidentes en la Casa de Campo». La Polla Records en la portada de  El País

«Incidentes en la Casa de Campo». La Polla Records en la portada de El País

«Aún nadie sabe con certeza el origen de los incidentes. Los asistentes hablan de enfrentamientos entre heavies y punks, incluso de la presencia de heavies pertenecientes a los Ultra Sur (???) que no dudaron en enfrentarse a los punks»

Los incidentes llegaron a ser portada de El País, que recogió las declaraciones de Rafael Cana, jefe del servicio de orden, formado por 150 miembros, para quien había un «grupo salvaje de no más de 40 personas que va a todos los conciertos y que parece estar dispuesto a terminar con las fiestas populares».

Aún nadie sabe con certeza el origen de los incidentes. Los asistentes hablan de enfrentamientos entre heavies y punks, incluso de la presencia de heavies pertenecientes a los Ultra Sur (???) que no dudaron en enfrentarse a los punks. La teoría de la por entonces enemistad entre subculturas es defendida por Juan Luis Serrano, bajista de Obús, para quien «nunca deben ponerse en el mismo cartel a grupos punks y heavies. Ellos mismos, los de La Polla Records, avisaron que no debían actuar con nosotros. Había muchos seguidores punks, y fue un sector de estos el que increpó al servicio de orden y saltó la valla, tras lo cual se produjo la pelea. Yo, como músico, no culpo al grupo vasco». ABC sí culpó a los punks y publicó una noticia con el titular «Obús levantó un concierto arruinado por los punks». Precisamente, el Ayuntamiento, aunque minimizó los daños (vallas destrozadas y dos micrófonos hurtados), culpó a La Polla Records por no «aplacar» los ánimos, algo que el bajista de Obús respaldó: «Nosotros además tenemos un cantante que sabe hablar con el público, así que siempre hemos sabido controlar la situación. Es cierto que La Polla Records no hizo nada por tranquilizar los ánimos, pero parece que ese es el rollo de los punks, que les gusta. No hay seguidores buenos o, malos, solo hay gamberros», afirmó a El País.

También, por supuesto, hay una explicación que parece más razonable: la violencia se desató cuando la policía, en su intento por frenar a quienes pretendían invadir el escenario, sacó las porras y comenzó a agredir a todos de forma indiscriminada. Así que el concierto avanzó a duras penas, entre tumultos e invasiones, parones y gritos. En el minuto último del concierto el cantante es «tragado» por una multitud que ocupa todo el escenario y que agarra los micros y grita. «Oye, bajaros. ¡Me cago en Dios!», son unas de las últimas palabras de Evaristo, que un tanto frustrado abandona el escenario. El caos es total. «¡Picoletos fascistas!», se escucha gritar a alguien en un inolvidable fin de fiesta.