Nuestros locos años veinte (III): la dictadura «alegre»


Mientras la dictadura del general Primo de Rivera imponía la represión y la censura, se multiplicaban las fiestas, el noctambulismo, el cuplé y la bohemia. El ultraísta Rafael Cansinos Assens lo describió como la dictadura «alegre»

«Esta dictadura de Primo de Rivera, siniestra en el fondo como toda dictadura, muestra una superficie brillante y alegre. Nunca ha sido mayor la libertad de costumbres. Las mujeres se han recortado sus largas cabelleras de diosas tan cantadas por los poetas y acortado sus faldas hasta por encima de las rodillas, recordándonos por primera vez que tienen piernas y no alas. Los hombres han adoptado la moda norteamericana del rasurado íntegro y se han desprendido de esos bigotes formidables que trataban de imponer respeto y confirmar su virilidad». Las palabras corresponden a Rafael Cansinos Assens, líder absoluto de la famosa tertulia del Café Colonial, a un paso de la madrileña Puerta del Sol, y donde se reunía la vanguardia de aquellos años junto con toda clase de bohemios desastrados, literatos suicidas y dandis noctámbulos.

Alfonso XIII presidiendo un acto, con el General Primo de Rivera y el General Berenguer. ABC

Alfonso XIII presidiendo un acto, con el General Primo de Rivera y el General Berenguer. ABC

Fachada del Café Fornos (ABC)

Fachada del Café Fornos (ABC)

Interior de La Criolla (1930). Fotografía: Gabriel Casas i Galobardes, ANC

Interior de La Criolla (1930). Fotografía: Gabriel Casas i Galobardes, ANC

Fotografía de la revista erótico-humorística Cosquillas, fundada en plena dictadura

Fotografía de la revista erótico-humorística Cosquillas, fundada en plena dictadura

«Ningún escritor verdaderamente digno puede simpatizar en modo alguno con un régimen de fuerza, que es la negación de la dignidad humana»

La descripción que hace del ambiente nocturno, con la sicalipsis y el cuplé imponiendo su moda excesiva y alegre, parece una contradicción con lo gris de la dictadura impuesta por Miguel Primo de Rivera, capitán general de Cataluña, y que por supuesto pone en pie de guerra a buena parte de las clase intelectual y los escritores que creen en la libertad. En nuestro país se vivía una época presidida por la tensión social en la calle. Los anarquistas se batían contra bandas de mercenarios a sueldo de la patronal. Eran los años del pistolerismo. Meses antes del golpe de Primo de Rivera, Francisco Ascaso y García Oliver liquidaron a un pistolero llamado Languía que estaba a sueldo del jefe de los  Sindicatos Libres (paradójicamente lo único «libre» que tenían era la libertad para matar). Languía, por su parte, había participado en el asesinato de Salvador Seguí. Ascaso y García Oliver dieron con él en el fondo de un bar. Estaba junto a tres pistoleros más jugando a las cartas, pero los anarquistas fueron más rápidos y vaciaron sus armas. El dictador fue implacable con los libertarios, que sufrieron una feroz represión.

Taberna del As en Bilbao

Taberna del As en Bilbao

Este hecho propio de la escalada de tensión fue uno más entre muchos otros. El país se dividía entre prensa reaccionaria y progresista. La dictadura adoptó un régimen censor en muchos casos. En Madrid fue creada la Oficina de Información y Censura, dirigida inicialmente por Pedro Rico Parada, que con posterioridad dirigirá La Nación, periódico reaccionario a sueldo de la dictadura. Los ojos de los censores se centraron, sobre todo, en los comentarios y artículos sobre Marruecos o Cataluña. Sin embargo, a veces se producía subrepticiamente: en noviembre de 1923 se  prohibió la publicación de espacios en blanco o puntos suspensivos, sustitutorios de las noticias o párrafos eliminados por la censura.

La Nación estaba financiado directamente por el dictador. Su trayectoria sería siempre hacia la derecha más violenta y extrema, hasta abrazar el filofascismo abiertamente, apoyando la causa falangista. Entre sus colaboradores estaban Ramiro de Maeztu, José Antonio Primo de Rivera, José María Pemán, José Calvo Sotelo, Alonso Quijano o César de Alda (pseudónimo de César González Ruano), entre otros. También Concha Espina, que pronto será atacada por sus colegas, como el mismo Cansinos Asseens: «Lo que pasa es que Concha Espina plantea mal la cuestión. Colaborar en el órgano de la Dictadura no es en el fondo, cuestión de ideas, sino de dignidad y buen gusto. Ningún escritor verdaderamente digno puede simpatizar en modo alguno con un régimen de fuerza, que es la negación de la dignidad humana [...]. Dígase lo que se quiera, no tiene nada de gallarda la conducta de esos escritores que acuden presurosos al comedero que en La Nación se brinda y es natural que se atraigan el estigma de sus colegas que se abstienen. Concha Espina, que ya tiene una gloria internacional bien ganada, no necesitaba de esos homenajes del Dictador». No fue la actitud de todos, desde luego. Manuel Machado, por ejemplo, rechazó un encargo de la militarista revista Alas para componer un himno a la aviación. Le pagaban muy bien, pero lo rechazó, según dijo por «honradez literaria».

La Criolla, epicentro del barrio chino de Barcelona

La Criolla, epicentro del barrio chino de Barcelona

Interior de La Criolla (Barcelona). Fotografía: Josep Maria de Sagarra

Interior de La Criolla (Barcelona). Fotografía: Josep Maria de Sagarra

Raquel Meller, reina sicalíptica

Raquel Meller, reina sicalíptica

Casi cada semana surgían nuevos clubes y asociaciones de mujeres, muchas de ellas crecidas en el ambiente sicalíptico e inspirada por las sufragistas europeas. El Lyceum Club marcó el punto álgido del asociacionismo femenino en España. La reacción y los ultras, escandalizados, las atacaron con saña llamándolas «liceómanas», «locas o criminales», «ateas» o «desertoras del hogar». El periódico El Debate, afín al régimen a diario lanzaba bravatas contra el feminismo y la bohemia.

Los bohemios vivían una edad de oro, lo mismo que los templos de la noche, como los cafés cantantes y tabernas del barrio chino de Barcelona, auténtico epicentro libertario y libertino en toda Europa. Eran los años de la cocaína y morfina. Al mismo tiempo que aumenta la represión, se multiplican las revistas eróticas (llamadas «galantes») y se abren cada vez más tiendas dedicadas a la venta de profilácticos de la época. Y todo ello a pesar de que, en ciertos casos, la dictadura impuso fuertes multas e incluso el cierre de algunas publicaciones. Los periódicos publicaban reportajes en los que se veía a grupos de morfinómanos inyectándose en cuevas y portales. La dictadura inició una tímida campaña anticabarets que no llegó a ningún lado, quizás porque el mismo Primo de Rivera era asiduo a estos locales: se rodeó de numerosas amantes y prostitutas, y frecuentó las casas de juego y prostíbulos al quedarse viudo en 1909 de su esposa Casilda Sáenz de Heredia, que murió durante el parto de su sexto hijo. El dictador estaba prendado de una conocida prostituta y cocainómana de Madrid, asidua a los cabarets y locales de flamenco, que recibía el apodo de La Caoba y que fue detenida y procesada por tráfico de drogas y chantaje a un empresario. El dictador, sin embargo, no deseaba perderla. Primo de Rivera se entrevistó con el juez Prendes Pando, que la procesaba, y le ordenó que la pusiera en libertad. Este, sorprendentemente, se negó. Prendes fue expulsado de la carrera judicial, lo mismo que el presidente del Tribunal Supremo, que salió en defensa del magistrado y al poco tuvo que solicitar la jubilación anticipada. La Caoba salió en libertad y, tiempo después, Miguel de Unamuno publicó una serie de artículos críticos con el dictador: fue detenido y castigado con el exilio en la isla de Fuerteventura.