Nuestra Señora del Vudú y los mitos del colonialismo

A principios de los años ochenta, un dramaturgo polaco se encomendó a la Virgen Negra de los haitianos para salvar a su país del comunismo. Para entenderlo mejor, debemos remontarnos a las Guerras Napoleónicas, revivir el primer movimiento revolucionario de América Latina​ e invocar a los espíritus de nuestros antepasados.


La primera vez que Amon Frémon viajó en un avión, le temblaban las manos y las piernas. Por sus venas corría sangre polaca, pero nunca antes había visto a tantos blancos de cerca y, al poco de despegar, cuando las turbulencias sacudieron con fuerza el avión, su inquietud pareció contagiar al resto del pasaje. A medida que se aproximaban a la patria de sus antepasados, Amon comenzó a mudar de piel para convertirse en un uno de ellos.

En Haití, a los negros ricos los llaman mulatos, pero si además de mulato eres pobre, siempre serás un esclavo. En el siglo XVIII, las potencias coloniales los importaron desde África como mano de obra barata para trabajar en sus plantaciones. Despojados de su dignidad, se aferraron a sus raíces en busca de consuelo e invocaron a los espíritus de sus ancestros para hacer frente a las atroces condiciones que les imponían. Intimidados por unas creencias que consideraban “blasfemas y salvajes”, los franceses les obligaron a convertirse al cristianismo y justificaron que hombres blancos europeos tuviesen hijos con mujeres africanas como acto fundacional de un nuevo orden social. Un proceso de “blanqueamiento” –o si se prefiere, de nacionalización– del que no se buscaba que nacieran buenos cristianos, sino que renegasen de su legado africano para así volverlos más dóciles.

 Quienes practican el vudú saben que al arrebatarle a uno la voz también le están robando el alma, y bajo esa premisa se rebelaron los esclavos de Santo Domingo en 1791. El conflicto se prolongó durante años y se convirtió en un problema apremiante bajo el reinado de Napoleón, cuando uno de los líderes rebeldes, el general Toussaint–Louverture, se alzó con el control de La Española y proclamó su independencia. Entre las tropas que desembarcaron en el Caribe para reprimir el levantamiento se encontraba un joven oficial de origen polaco llamado Feliks Grotowski. Como el resto de sus compatriotas legionarios, se había alistado en el ejército de Napoleón con la pretensión de que la Francia revolucionaria y sus aliados acudieran en ayuda de Polonia contra sus enemigos comunes, Prusia, Austria y la Rusia Imperial. Y en lugar de luchar por la libertad de su propio país, lo hiceron para arrebatársela a otro.

lA Batalla DE Santo Domingo DE JANUARY Suchodolski (1845) 

En Haití, a los negros ricos los llaman mulatos, pero si además de mulato eres pobre, siempre serás un esclavo.

Aunque no existe constancia de que les uniera grado de parentesco alguno, el dramaturgo Jerzy Grotowski barajó la posibilidad de que así fuera y llegó a atribuirle a Feliks toda clase de hazañas como aliado de los rebeldes. Durante una de sus visitas a Haití a finales de los años 70, Jerzy prestó oídos a rumores infundados que prefirió aceptar como ciertos, obviando que ningún oficial polaco se pasó al lado de los rebeldes haitianos, por la simple razón de que la sedición suponía la falta más grave y deshonrosa para un militar de su rango. Quienes sí se sumaron a las filas de los insurrectos fueron los prisioneros de guerra que el general Jean-Jacques Dessalines, autor del Acta de Independencia, incorporó a su guardia de honor. La simpatía que Dessalines profesaba por los polacos fue lo que salvó la vida a los casi cuatrocientos legionarios que permanecieron en la isla durante la Gran Masacre de Blancos de 1804. Se estima que cerca de doscientos cuarenta poloné nuá naturalizados como haitianos se instalaron al año siguiente en Port-Salut, Petite Rivière de Saint Jean du Sud, Fonds des Blancs y la Baène, así como en Cazale, donde uno se puede tropezar con nativos de ojos azules, cabello rubio y lacio y un tono de piel más claro.

fresco de Erzili Dantòr en la capilla de Rasin San Bout en Cazale (Haití).

No se buscaba que nacieran buenos cristianos, sino que renegasen de su legado africano para así volverlos más dóciles.

En marzo de 1983, los descendientes de aquellos legionarios recibieron al papa Juan Pablo II como a un compatriota, enarbolando banderas polacas ante la iglesia de San Miguel Arcángel. No en vano, en Cazale aún se profesa mayoritariamente la fe católica y los vecinos bautizan a sus hijos en las pequeñas capillas dedicadas a la Virgen de Czestochowa, la santa patrona de sus antepasados. En Haití se la venera como la Vièj Nwa (la Virgen Negra), pero el color de su rostro y de sus manos no simboliza su pasado racializado, sino que es producto del envejecimiento del barniz. Una talla parecida, conocida popularmente como La Moreneta, es venerada en el Santuario de Monserrat, enclavado en el corazón de la montaña más emblemática de Cataluña. El paralelismo resulta especialmente simbólico si tenemos en cuenta que el gentilicio polaco se ha aplicado a los catalanes desde el siglo XIX con ánimo despectivo. Hay quien se remonta a la participación de un batallón de mercenarios polacos en la Guerra de Sucesión por la Corona de España, luchando junto a los catalanes en el bando de los Austria. Pero la hipótesis más verosímil destaca la coincidencia de la ocupación franquista de Cataluña y la ocupación nazi de Polonia, ambas en 1939, así como su larga tradición republicana e independentista.

Nuestra Señora de Czestochowa (siglo XIV), santuario de Jasna Góra (polonia).

El paralelismo resulta especialmente simbólico si tenemos en cuenta que el gentilicio polaco se ha aplicado a los catalanes desde el siglo XIX con ánimo despectivo.

En Latinoamérica, La Dolorosa sostiene en sus manos un corazón atravesado por espadas que representan “el dolor en su alma inmaculada” y que recuerdan vagamente a los alfileres clavados en un fetiche. Y en justa correspondencia, el espíritu de Erzili Dantor encuentra su reflejo en la Virgen de Czestochowa, a quien se le atribuye la resurrección de una madre y dos de sus hijos a comienzos del siglo XVI. Se trata de la misma Virgen Negra que los polacos trajeron consigo a Haití, y a la que hoy en día rinden ofrendas de ron y tabaco en los rituales de vudú para vengarse de maridos abusivos y amantes infieles. Por obra y gracia del colonialismo y el sincretismo religioso, las dos cicatrices que la versión polaca muestra en su mejilla derecha fruto del vandalismo husita, se transformaron en un recordatorio de las heridas que sufrieron durante la revolución los esclavos haitianos.

ARRIBA: COMPARATIVA DE DOS REPRESENTACIONES DE Erzili Dantor Y LA VIRGEN DE LOS DOLORES. aBAjO: LA VIRGEN DE GUADAUPE

En lugar de luchar por la libertad de su propio país, los legionarios polacos lucharon para arrebatársela a otro.

 En sus homilías, Juan Pablo II les arengó en su propia lengua, exclamando “Kouraj! Kinbé fem” (“¡Tened valor! Sed fuertes”) en alusión al brutal régimen de Jean-Claude Duvalier. Apenas tres años más tarde, en febrero de 1986, el dictador se vio obligado a abandonar el poder a consecuencia de las crecientes protestas y la presión de las manifestaciones callejeras. Algunos historiadores lo interpretan como un hito similar al que protagonizó el pontífice en su primera visita a Polonia, y que inspiró a un grupo de obreros desorganizados, liderados por el electricista Lech Walesa, a paralizar un astillero y fundar Solidarnosc, la federación sindical que socavaría los cimientos del comunismo europeo.

La historia se repite a sí misma: primero en Haití y después en Polonia. Cuando la junta militar decretó la ley marcial el 13 de diciembre de 1981, el sacerdote vudú intentó ahuyentar los malos espíritus del cuerpo del general Jaruzelski. Recién aterrizado en Varsovia, Amon se encontró con un ambiente hostil y deprimente. Hasta la lluvia caía con más fuerza, como si estuviera en un país de sordos. Su amigo Jerzy sabía que no entendía el idioma, así que impidió que los otros le hablaran y les puso a bailar a todos juntos, pero sin apenas moverse. Caminaban mirándose los pies para comprobar hasta dónde los llevaban, pero Amon sabía que no llegarían a ninguna parte si avanzaban en círculos.

El general Jaruzelski y juan pablo II (17 de junio de 1983) 

Grotowski quería experimentar el momento en que el loa monta al bailarín de vudú y empieza a expresarse por boca ajena; a moverse en el cuerpo de un extraño y a sentir las emociones de otra persona. Como artista, los ritos haitianos le proporcionaron el entorno ideal para poner a prueba los límites perfomáticos. Pero, ¿acaso tuvieron algo que ver también con la caída del comunismo y el fin del Pacto de Varsovia? Ni lo primero ni lo segundo concuerdan con la Historia, pero así opera el pensamiento mítico y, en vista de los recientes acontecimientos, con Polonia y Hungría a la cola a la cola de los derechos LGTBI en Europa, solo queda encomendarse a Erzili Dantor, patrona de las lesbianas y las madres solteras; a Erzili Freda, protectora de los hombres homosexuales y de los desamparados. Y en última instancia a Erzili Zye-Wouj, su avatar más colérico y sanguinario, asociado a las prostitutas y las víctimas de la violencia de género.

una Manifestante porta una reproducción de czestochowa con los colores lgtbi durante una manifestación en contra las leyes que discriminan a los homosexuales en Polonia /(FOTOGRAFÍA: WOJTEK RADAWANSKY, 2019)