Nada mejor que cantar mientras pintas tu ataúd


Campo Pop fue un insólito programa televisivo en pleno franquismo que buscó al mejor grupo yeyé rural. Los gallegos Cun-ters interpretaron «Nos vamos al infierno», mientras otros cantaron rodeados de vacas o a bordo de una barca

No había existido nada parecido. El franquismo, poco a poco, comenzaba a reconocer eso que en Europa y medio mundo se conocía como el «fenómeno de la juventud». Pero lógicamente todo era precario. Muy precario. Los presentadores parecían funcionarios de Hacienda y el pop entraba a duras penas dentro de los concursos de talentos patrocinados por marcas y que se celebraban en medio de una correctísima puesta en escena. Todo ordenado, gris, extraño. Campo Pop fue el primer programa dedicado al pop, pero además lo hacía con un formato muy curioso, un tour por los pueblos de España en busca del mejor grupo. No había casi nada: pocas tiendas de instrumentos y casi ninguna discográfica dispuesta a editar ese tipo de música «moderna», pero menos aún videos musicales. Todo debía ser inventado, o casi. Las piezas en las que se veían actuando a los participantes eran montadas por los propios técnicos del programa, haciendo uso de los efectos visuales de entonces. El resultado era casi siempre un esperpento: chicos y chicas subidos a carrozas, paseando al lado del mar, saltando en medio de la calle, caracterizados como montañistas junto a manadas de vacas. O mejor aún: tocando mientras ¡pintaban de negro varios ataúdes!  Los Cun-ters, un grupo yeyé de Pontevedra, aparecían en un momento inenarrable de su precario video musical cantando mientras, brocha en mano, pintan de negro unos ataúdes. El título de su canción lo dice todo: «Nos vamos al infierno» (minuto 8:43).

 El increíble momento de los Cun-tres pintando ataúdes mientras no paran de cantar

El increíble momento de los Cun-tres pintando ataúdes mientras no paran de cantar

Al franquismo, a veces, se le colaba el humor macabro y lo noir, a veces sin saberlo, como algo surrealista, locuras de juventud. O los potentes Stu and Drak, un avanzado grupo de rock y psicodelia que llegó a protagonizar uno de los momentos más insólitos del pop en España: en un festival en Moya, Gran Canaria, durante su actuación, entre el público había varias personas mostrando brazaletes y gorras con esvásticas. Sobre ello ya hemos publicado un artículo en Agente Provocador, pero el dato que ahora nos interesa es este: estábamos en ¡1970!

«La aparición del primer pop ibérico fue de la mano de otra creación de la época, los teleclubs»

Pero la aparición del primer pop ibérico fue de la mano de otra creación de la época, los teleclubs, que aún existen en algunas ciudades, aunque ahora casi siempre como centros socioculturales. Inicialmente, eran locales frecuentados por la juventud. El Ministerio de Información y Turismo fue quien ideó una red de locales con aparato de TV en aldeas en las que la difusión televisiva era prácticamente nula. Había una tele encendida, pero también se podía charlar en una especie de isla de semilibertad, que igualmente despertó el recelo de la extrema izquierda y los grupos fascistas. Tanto unos como otros acudieron a los teleclubs dispuestos a «educar» a aquellos jóvenes que ya eran una nueva clase social. La extrema derecha, por ejemplo, a finales de los sesenta planeó infiltrarse en estos locales y adoctrinar a los futuros cuadros, a los nuevos camisas negras, al tiempo que se vigilaba a los izquierdistas.

 Un teleclub cualquiera. Preside la cruz y el retrato de Franco

Un teleclub cualquiera. Preside la cruz y el retrato de Franco

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 Alfredo Amestoy, presentador de  Campo Pop

Alfredo Amestoy, presentador de Campo Pop

Campo Pop, en realidad, era una sección del espacio televisivo dedicado a los teleclubs. Su título era fantasmagórico, Tele-club: no estamos solos, pero también encerraba un guiño hacia el aislamiento del régimen, la invisibilidad a la que se estaba sometido. Estaba dirigido por Alfredo Amestoy y arrancó en octubre de 1968. Campo Pop llevaría la música y seleccionaría grupos musicales en aquellos pueblos de menos de 5000 habitantes. Durante nueve meses visibilizó el pop secreto de pequeñas poblaciones y documentó a bandas que desaparecieron sin que sepamos mucho de ellas, o dieron lugar a grupos más célebres. La final se celebró en un estudio con un jurado compuesto por supuestos expertos musicales que incluían a una jovencísima Pilar Miró. Amestoy siguió apostando por la modernidad y sus colaboraciones fueron variadas, algunas extrañas y otras no tanto. Colaboró con el legendario periódico de sucesos El Caso o la revista de humor La Codorniz.

Así fue también España. Grupos yeyés presentados por Amestoy, que no dudaba en caer en topicazos y comentarios machistas como el que dedica a la chica que se sitúa junto al panel de finalistas: «Bien plantada esta chica, que podía ser la mejor moza de España, desde el tallo hasta la flor y el fruto». Hubo de todo. Mejores y peores, pero son las únicas imágenes de muchos de ellos, del pop más allá de las ciudades, del yeyé ya popularizado, de la España gris que poco a poco se agrietaba.