Mi amigo Karl


Karl Lagerfeld, la vergüenza posmoderna y el veneno pop. Una hagiografía del diseñador, recientemente fallecido, en la que La Gata de Cheshire declara: «Porque algo en lo que sí estoy de acuerdo con las grandes dialécticas marmóreas es que esta es una época definida por las personas, no por los relatos, lo cual probablemente sea malo, pero es infinitamente más divertido»

                             POR ALANA PORTERO (*)

La palabra de moda entre la intelectualidad plomiza que nos acecha en las esquinas para gritarnos admoniciones al oído es «posmodernidad». Se invoca como una fórmula exorcista que mancha y derrota al oponente —esa ordinariez tan actual de conversar para ganar— aunque no se tenga muy claro qué demonios significa. Para ser intelectualmente más honestos deberíamos hablar de posmodernidades, en plural, aunque pedir decencia a la internacional discutidora es peligrosísimo, pueden pasar horas hablando de sus compromisos, verdades y habilidades dialécticas hasta matarte de aburrimiento.

Autorretrato (2011)

Autorretrato (2011)

«Pedir decencia a la internacional discutidora es peligrosísimo, pueden pasar horas hablando de sus compromisos, verdades y habilidades dialécticas hasta matarte de aburrimiento»

Los grandes relatos de la modernidad siempre definirán las posmodernidades como poco profundas, frívolas, asociadas al legado cultural del capitalismo, individualistas y poco menos que contagiosas. Yo que soy de moral dudosa y de costumbres relajadas, de principios inquebrantables porque nunca he tenido la oportunidad de ponerlos a prueba, y que me horripilan los discursos cetáceos varados en las playas de la nostalgia, he decidido poner mi granito de arena en la inmensidad de la vergüenza posmoderna escribiendo una hagiografía de Karl Lagerfeld. Porque algo en lo que sí estoy de acuerdo con las grandes dialécticas marmóreas es que esta es una época definida por las personas, no por los relatos, lo cual probablemente sea malo, pero es infinitamente más divertido.

Pat Cleveland, Karl Lagerfeld y Antonio Lopez (París, década de los 70)

Pat Cleveland, Karl Lagerfeld y Antonio Lopez (París, década de los 70)

Karl Otto Lagerfeld, hijo de un magnate de la leche condensada —empezamos bien— y de la hija de un líder político católico y conservador, nació y creció en Hamburgo. De la infancia del pequeño Karl sabemos muchas cosas. Una de las muchas ventajas de ser burgués es la posibilidad del recuerdo. Si tus condiciones materiales son privilegiadas tienes derecho a la conservación, cosa que quienes provenimos de familias que con toda probabilidad tuvieron que comerse hasta las fotos en tiempos de guerra y que en el presente cargamos con nuestras posesiones de casa en casa ajustándonos a economías cada vez más precarias, raramente podemos permitirnos.

Es fácil encontrar fotografías de Lagerfeld como un niño amanerado, de estética flamboyante, pelazo y gesto serio. Su madre, la gran Elisabeth Bahlman, solía decirle que ante la posibilidad de enfermar gravemente de madrugada, debía cuidar su aspecto las veinticuatro horas. Una entiende perfectamente las luces y las sombras del diseñador solamente atendiendo a los grandes momentos de refinadísima crueldad y humor negro que la señora Bahlman solía dispensarle. Él mismo cuenta que su madre, gran violinista, le obligaba a pasar las páginas de las partituras durante largas horas de ensayo, arreándole latigazos con el arco si no lo hacía acorde al tempo, sin tener en cuenta, por supuesto, que el muchacho nunca había aprendido solfeo. En una de estas sesiones, la señora Lagerfeld se quedó mirando detenidamente las manos de su hijo y le dijo: «no se te ocurra fumar jamás, tienes las manos feas y eso es lo que verá la gente si fumas». También solía señalar lo que ella consideraba un desmesurado tamaño de las fosas nasales del chaval, bromeaba con contratar a un tapicero suizo para colocarle unas cortinillas en la punta de la nariz y ocultar tan espantosa oquedad.

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Aun así, fascinado por la figura de su madre y, en sus propias palabras, «hastiado de la denigrante condición de niño», decide tocar el piano, durante un año se esfuerza con compromiso germánico y ennui francés, hasta que doña Elisabeth le baja la tapa de piano durante un ensayo, le troncha los dedos y le dice: «dedícate a dibujar, es menos ruidoso». Y así lo hace. Vaya si lo hace.

A Karl Lagerfeld lo poco, quizá lo único, que no se le puede poner en duda es el talento. Bien es cierto que criarse en una casa señorial, rodeado de belleza, comodidades y con acceso ilimitado a la inmensa biblioteca familiar, ayuda. Mientras media Europa era masacrada por los nazis, la familia Lagerfeld apenas se entera y mucho menos sufre la guerra. Las chimeneas de Auschwitz convierten en ceniza a generaciones enteras y el adolescente Karl pasa las tardes dando bucólicos paseos por el campo con la corbata de lazo perfectamente colocada. Exigir conciencia de clase, empatía o un mínimo de compromiso político a un ser humano que jamás vivió bajo el techo de algo que no fuese un palacio, es inútil, un ejercicio de moralidad luterana que solo sirve para encabronarnos.



Karl Lagerfeld fotografiado por Helmut Newton a mediados de los 80

Karl Lagerfeld fotografiado por Helmut Newton a mediados de los 80

«Mientras media Europa era masacrada por los nazis, la familia Lagerfeld apenas se entera y mucho menos sufre la guerra. Las chimeneas de Auschwitz convierten en ceniza a generaciones enteras y el adolescente Karl pasa las tardes dando bucólicos paseos por el campo con la corbata de lazo perfectamente colocada»

La explosión de Lagerfeld como diseñador comienza en los finales cincuenta, se asienta en los sesenta, acelera en los setenta y llega a su cima en los ochenta. Corre de la mano del capitalismo y entiende perfectamente las lógicas de consumo. Conserva ese aire de aristócrata rezongón y lo eleva hasta una teatralización de la distancia casi cómica. Un poco como la pose de mantis religiosa oliendo un pedo de Anna Wintour. Todo el Lagerfeld público es una hipérbole destinada a hacer caja, su gordofobia, su misoginia descarada, sus salidas del tiesto, no fueron más que efectos escénicos perfectamente calculados por una mente acostumbrada a abofetear metafóricamente al mayordomo, dejar que todo el mundo lo viese y disfrutar de la indignación. «Cualquiera que no sea trilingüe es un campesino», «una apariencia respetable es suficiente para que alguien se interese por tu alma» o «los hombres bajitos no te lo van a perdonar nunca, son peligrosos y quieren matarte» fueron algunas de las perlas que dosificó con cuidado a la prensa para agrandar su leyenda. Existe una disociación inmensa, diría que un caso de compartimentación de la personalidad digno de estudio, entre el Lagerfeld bocazas, el diseñador de moda y el fotógrafo. El primero es el fantoche cuya única misión es imponer, dar miedo y colaborar con las lógicas clasistas que hicieron todopoderoso al segundo; pero algo hay en el Lagerfeld fotógrafo que contradice de algún modo a los otros dos. Una búsqueda de la belleza sincera, clásica y algo desesperada. Un cuidado extremo por el medio, una fragilidad conmovedora y cierta tristeza anhelante, como dando por perdido un secreto. Ese Lagerfeld que sostiene la mano de Jacques de Bascher hasta su último estertor en un hospital de París.

«Para entender algo de lo que la mitad del siglo XX capitalista ha supuesto al mundo su figura es perfecta, por hiperbólica, por prefabricada, por privilegiada, por grosera y al mismo tiempo fascinante, porque podemos despreciarle sin sentir la punzada de la conciencia y reírnos de sus crueldades cuando nadie nos mira, pringadas de posmodernidad y veneno pop»

Jacques de Bascher en  Vogue Magazine . Fotografía: Alex Chatelain

Jacques de Bascher en Vogue Magazine. Fotografía: Alex Chatelain


No creo en las personas «necesarias», nadie es tan importante como para que el mundo no siga girando de igual modo tras su marcha. Sí creo en que hay personas que merecen ser recordadas, da igual si es en el ámbito familiar o por la historia oficial. Karl Lagerfeld es una de ellas por pura representación de su tiempo, quizá el peor de los tiempos. Para entender algo de lo que la mitad del siglo XX capitalista ha supuesto al mundo su figura es perfecta, por hiperbólica, por prefabricada, por privilegiada, por grosera y al mismo tiempo fascinante, porque podemos despreciarle sin sentir la punzada de la conciencia y reírnos de sus crueldades cuando nadie nos mira, pringadas de posmodernidad y veneno pop.

Según su forma de ver el mundo, yo misma entro en la categoría de despojo humano, señora desdentada y gorda aparatosa. Pero aquí estoy, riéndome como una hiena mientras él cría malvas y se acerca un poco más al canon de belleza mortuoria que tanto apreciaba.

Gracias por todo, señor Lagerfeld, me caía usted muy bien.



ALANA PORTERO (aka «La Gata de Cheshire»). Medievalista, bruja, antropóloga y hacker de género. Ha pertenecido a más de doce sectas apocalípticas y ha sobrevivido a todas. Se sacó un ojo solo para poder llevar parche. Habla una jerga compuesta por más de diez lenguas muertas y ha olvidado cómo comunicarse en el presente, por eso trabaja sola. Consiguió su actual puesto en Agente Provocador asesinando al Agente Fauno, antiguo miembro de la banda negra. También conocida como la Poison Ivy del barrio de San Blas. Muy peligrosa.

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