Malas vibraciones: cuando Charles Manson conoció a los Beach Boys

«Yo hago música, El problema es lo que otros hacen con ella», se justificó el autor intelectual de uno de los crímenes más impactantes del siglo XX. Pero quizás su mayor transgresión fuera erigirse como uno de los grandes iconos de la cultura pop de los Estados Unidos, gozando de un estatus reservado a las estrellas del rock.


A finales de 1968, Charles Manson montó en cólera al descubrir el plagio de una de sus canciones todavía inéditas, Cease To Exist, en el adelanto del nuevo álbum de The Beach Boys. Para mayor agravio, el tema aparecía acreditado a Dennis Wilson bajo el título de Never Learn Not To Love. Aquella traición frustró sus aspiraciones de convertirse en una estrella de la canción y aumentó su desprecio hacia el género humano hasta el punto de buscar refugio en pleno corazón del desierto californiano. Un fiel puñado de seguidores a los que consideraba su Familia le acompañaron en su exilio voluntario hacia los abismos de la locura. 

Los caminos de Dennis y la Familia Manson se cruzaron por primera vez en verano de 1968, cuando el músico recogió en su coche a dos jovencitas que hacían autoestop en la carretera de Santa Mónica. A juzgar por el testimonio de su acompañante, Stanley Shapiro, la situación debió asemejarse bastante a la secuencia de La Matanza de Texas en la que una pandilla de incautos suben a su furgoneta a un matarife perturbado. Aquel par de hippies lunáticas y risueñas formaba parte del harén de Manson, a quien se refirieron en repetidas ocasiones como “Charlie” y “El Mago”. Durante el breve trayecto, Dennis aprovechó para tirarles los tejos e invitarlas a visitar su casa en primera línea de playa. Una imprudencia que, como en las peores películas, no tardaría en pasarle factura.

Un par de semanas después, Dennis regresaba de madrugada a su picadero de Malibú cuando, al aparcar junto a la entrada, sorprendió a un tipo enjuto y barbudo merodeando por las inmediaciones del domicilio. «Tranquilo, hermano. ¿Crees que estoy aquí para hacerte daño?», se le presentó el mismísimo Charlie Manson y acto seguido se inclinó a besarle los zapatos. Con el tiempo, Wilson describiría aquel encuentro como el momento más perturbador de su vida. Pero aunque bastaba con mirarle fijamente a los ojos para intuir que al otro lado no había nadie al volante, el magnetismo que desprendía aquel chiflado con aspecto de comadreja bastó para que le acompañase al interior, donde una docena de desconocidos (en su mayoría mujeres jóvenes y atractivas) ardían en deseos por conocerle. Sin apenas tiempo para preguntarse qué hacían aquellos mugrientos en su casa, Dennis reconoció entre los “invitados” a sus amigas las autoestopistas.

La situación debió asemejarse bastante a la secuencia de “La Matanza de Texas” en la que una pandilla de incautos suben a su furgoneta a un matarife perturbado

Así fue cómo Wilson conoció a la Familia y los acogió en su casa. Recién divorciado de su primera esposa, las orgías psicodélicas le nublaron el sentido común durante un par de meses de vida en comuna, a los que Charles “Tex” Watson (uno de los principales implicados en los sangrientos crímenes decretados por Manson) se referiría como “el periodo Sunset Boulevard”. Lo que en principió iba a ser cosa de una sola noche, se iba prolongando indefinidamente y el número de huéspedes aumentó hasta tal punto que la situación terminó por írsele de las manos a Wilson. Sometido a los continuos sablazos de sus nuevas amistades la juerga le costó más de 100.000 dólares de la época, que incluían el saqueo sistemático de su fondo de armario y los desperfectos ocasionados en su flamante Mercedes-Benz. Por no hablar de los costes médicos en tratamientos de penicilina, «probablemente los gastos más elevados por gonorrea de la historia» en palabras del propio Wilson. «Excepto por el dinero, me llevaba bien con él y mejor aún con sus chicas», reconocería años más tarde.

En lo que a Manson se refiere, su amistad con Dennis obedecía a un plan trazado de antemano para abrirse paso en la industria discográfica. Y a punto estuvo de conseguirlo gracias a los contactos del músico, quien le presentó al hijo de Doris Day y productor musical, Terry Melcher, durante una fiesta en su mansión de Cielo Drive. Manson, que había recibido lecciones de guitarra en prisión de la mano de Alvin “Creepy” Karpis (miembro de la sanguinaria banda de Ma Barker), confiaba ciegamente en su potencial como nuevo profeta del folk norteamericano. Incluso utilizó a Wilson para grabar un puñado de canciones en el estudio que su hermano Brian tenía en su casa de Bel Air.

«Yo hago música. El problema es lo que otros hacen con ella», declararía Manson años más tarde. Y es que por más que Brian y Carl Wilson intentaran desmentir su participación en aquellas sesiones, el ingeniero de sonido Steve Desper acabó por darle la razón cuando afirmó que se llegaron a registrar unas diez canciones. Preocupado por ver sus nombres vinculados a los brutales crímenes del clan de los Manson, las cintas fueron desechadas por el propio Dennis, aduciendo las «malas vibraciones» (sic) que desprendían y el nulo talento musical de su máximo responsable. Algo que no concuerda con la versión de Desper, quien reconoció que «de hecho, eran bastante buenas». 

Harto de recibir evasivas por parte de sus supuestos benefactores, Charlie comenzó a frecuentar el jardín de la mansión Melcher, profiriendo amenazas y exigiendo un contrato discográfico que nunca llegaría. Asustado por el cariz que comenzaban a tomar los acontecimientos, Dennis decidió poner tierra de por medio y encargar a su representante el desahucio de los hippies, poniendo a la venta su propiedad de Malibú. Repudiado y estafado, Manson se mudaría con su Familia al Rancho Spanh de Santa Susana, un ruinoso poblado de cartón piedra en mitad del desierto que en el pasado había servido de plató para series televisivas como El Zorro o Bonanza. El escenario perfecto donde fraguar su venganza particular contra la industria del espectáculo. «No estoy avergonzado ni lamento lo que he hecho Si el miedo y la violencia son necesarios para abrir los ojos de la sociedad capitalista, el nombre de Charles Manson puede ser ese miedo». 

«Esos críos que van a por ustedes armados con cuchillos, son sus hijos. Ustedes les enseñaron, no yo. Yo solo intenté ayudarles a levantarse»

Existe un cierto consenso a la hora de señalar el 9 de agosto de 1969 como el verdadero fin de la Era de Acuario, cuando la noticia de un brutal homicidio múltiple conmocionó a la opinión pública norteamericana. Entre las víctimas se encontraba la actriz Sharon Tate, de veintiséis años y embarazada de Roman Polanski, un polémico director de origen polaco que acababa de estrenar una película muy exitosa sobre el nacimiento del Anticristo. Al día siguiente las citas al White Album de The Beatles cobraron visos de retribución apocalíptica al aparecer escritas con sangre en otra escena del crimen: el hogar del empresario Leno LaBianca.

Unos meses antes, Manson había visitado a Dennis Wilson para exigirle una compensación económica de 1.500 dólares por el asunto del plagio. Wilson negó las acusaciones y le pidió que se marchara o llamaría a la policía. Charlie dio media vuelta, no sin antes advertirle: «no te extrañes si no vuelves a ver a tu hijo». Por suerte para Wilson, aquella fue la última vez que ambos se verían las caras. Como mucho llegaron a intercambiar un par de ataques verbales por teléfono antes de que Dennis diese de baja la línea. Por eso a nadie le extrañó que rehusase declarar en el juicio.

Se barajaron varias hipótesis para esclarecer el móvil de la matanza de Sharon Tate y sus acompañantes. En un principio todo parecía apuntar a un fallido ajuste de cuentas dirigido a Terry Melcher, que acababa de alquilar su mansión de Cielo Drive al matrimonio Polanski. No hacía tanto que, bajo aquel mismo techo, Charlie y él se habían dado un apretón de manos, habían bebido juntos y alternado con los invitados. «Pudimos haber sido nosotros», declaró la también actriz Candice Bergen, por aquel entonces pareja de Melcher. ¿Pero cómo explicar el posterior asesinato de los LaBianca, propietarios de una simple cadena de supermercados? Muy sencillo. Para Manson todos eran culpables del único delito que a él mismo se le había negado: el éxito. «No estoy avergonzado ni lamento lo que he hecho —declararía en el juicio— Si el miedo y la violencia son necesarios para abrir los ojos de la sociedad capitalista, el nombre de Charles Manson puede ser ese miedo». 

«Nadie, no soy nadie. Soy un vagabundo, un mendigo, un vagabundo; un vagón de mercancías y una jarra de vino. Y una navaja de afeitar... si te acercas demasiado»

El liderazgo mesiánico de Manson caló hondo en las influenciables mentes de sus devotos, con y sin ayuda de las drogas. El inusitado poder de seducción de sus discursos revolucionarios bastaba para hacerles acatar sus órdenes, contagiándoles con su furia ecologista y antiliberal en una sangrienta cruzada por el futuro del planeta. «Esos críos que van a por ustedes armados con cuchillos, son sus hijos. Ustedes les enseñaron, no yo. Yo solo intenté ayudarles a levantarse».

Resulta irónico que Manson haya sido el único en hacer realidad el sueño húmedo de toda estrella del rock: una legión de groupies incondicionales capaces de llegar al extremo de matar en su nombre. Como Bobby Beausoleil, miembro de la primera formación de Love y colaborador del cineasta Kenneth Anger, además de cómplice del asesinato de Gary Hinman junto a Susan Atkins. O Linda Kasabian, cuyo apellido significaba “carnicero” en armenio y sirvió para bautizar a finales de los noventa a una banda de indie británica. Y Leslie Van Houten, amiga personal de John Waters y origen del segundo apellido del personaje de Millhouse en Los Simpson.

En 1992, Trent Reznor, líder de Nine Inch Nails, alquiló la casa de Cielo Drive e instaló el estudio de grabación al que bautizó como "Pig”, en alusión a las pintadas que Atkins había escrito con la sangre de Sharon Tate en la puerta principal de la casa. Allí se registraron la mayoría de pistas del que sería el mayor éxito de ventas de la banda hasta la fecha, The Downward Spiral (1994). Reznor se mudaría en diciembre de 1993, alegando que «aquella casa tenía demasiada historia como para poder manejarla».

«Yo hago música. El problema es lo que otros hacen con ella»

Coincidiendo con el juicio, en 1970 salió a la calle Lie: The Love And Terror Cult, el primero de los más de quince discos que Manson ha publicado hasta la fecha. El álbum vio la luz originalmente gracias a Phil Kaufman, al que Charlie había conocido años atrás cumpliendo condena en Terminal Island, con motivo de recaudar fondos para su defensa. El disco disfrutaría de una segunda vida comercial en 2006 gracias a ESP-Disk, un sello neoyorquino especializado en free jazz que publica a Ornette Coleman, Sun Ra o Pharaoh Sanders entre otros. Y aunque en su momento se fantaseó con la posibilidad de que fueran las “cintas perdidas” de Manson con The Beach Boys, se trata de una grabación de lo más austera, presumiblemente costeada con el dinero de Dennis Wilson. Además del polémico corte “Cease To Exit”, el elepé incluía algunas de sus canciones más conocidas, como “Look At Your Game Girl”, versionada décadas más tarde por Guns’n’Roses como pista oculta de The Spaghetti Incident?

Artistas de lo más variopinto, como GG Allin, Guns N’ Roses, Redd Kross, The Flaming Lips, The Lemonheads, Rob Zombie o Marilyn Manson se han apropiado de alguna de sus canciones; pasando por Devendra Banhart o The Brian Jonestown Massacre, su legado (musical) sigue vivo gracias a las nuevas generaciones. Bocazas profesionales de la talla de Johnny Ramone o Chris Holmes (guitarrista de W.A.S.P.) han declarado su admiración hacia Manson en repetidas ocasiones. Incluso Davy Jones propagó el bulo de que se había presentado a una prueba para entrar en The Monkees. Por su parte, Leonard Cohen pensó en él al escribir “The Future”, su contribución a la banda sonora de Asesinos Natos (Oliver Stone, 1994) y bandas como Suicidal Tendencies o System Of A Down lo han reciclado para la imaginería metalera.

Pero le guste o no a su principal artífice, Lie pasará a los anales como una discreta nota a pie de página. La clase de rareza que comparte vitrina junto a otras morbosas piezas de coleccionismo bizarro, como los cuadros de payasos que pintaba en prisión John Wayne Gacy o la edición facsimil del diario secreto de Andrei Chikatilo, el Carnicero de Rostov. O como Manson Family Sings the Songs of Charles Manson, una inquietante recopilación de cánticos en la que miembros de la Familia interpretaban las composiciones del líder como si fueran salmos.

Una vez condenado a cadena perpetua, Manson comenzó a componer material nuevo en su retiro forzoso del penal de Corcoran con la ayuda de una grabadora casera. Primero en solitario y, durante un breve lapso de tiempo en compañía de otro miembro de la Familia, Steve “Clem” Grogan (en libertad desde 1985), Charlie inició la que sería una prolífica carrera discográfica. Aunque el grueso de su producción se limite a bocetos de canciones, soliloquios y tomas del sonido ambiente de su celda, continúa publicando títulos como Live at San Quintin (Grey Matter, 1993), Way Of The Wolf (Pale Horse, 1998) o Summer of Hate (Arte Lupo, 2007), generalmente en tiradas limitadas para mayor disfrute de sus acólitos. De hecho, es conocida la anécdota de cómo Henry Rollins, ex cantante de Black Flag, se vio obligado a cancelar la subasta de una de estas grabaciones en eBay bajo amenaza de muerte.

Manson falleció en 2017, a causa de un paro cardiorrespiratorio y cáncer de colon, en un hospital de Bakersfield (California), tras pasar 46 años en prisión. Llegó a cumplir los 83 y pese a describirse a sí mismo como una víctima del sistema, su pena de muerte fue conmutada a cadena perpetua en 1972, y le permitió pasar el resto de vida en una celda, presentándose ante el mundo como un mártir… pero también como un ejecutor. «Nadie, no soy nadie. Soy un vagabundo, un mendigo, un vagabundo; un vagón de mercancías y una jarra de vino. Y una navaja de afeitar... si te acercas demasiado».

Pero mientras su abogado, Giovanni DiStefano (conocido por las causas de Sadam Husein y Slobodan Milosevic) elevaba instancias al Tribunal Supremo y al mismísimo presidente Obama para intentar reabrir su caso, Charlie no perdía la esperanza de trabajar con otro huésped ilustre de una penitenciaría cercana, al que consideraba –no sin razón- como «el mejor productor de todos los tiempos». Su nombre era Phil Spector, fue colaborador de The Beatles además una de las máximas influencias de The Beach Boys y cumplía una condena de diecinueve años por el homicidio en segundo grado de la actriz Lana Clarkson. Falleció cuatro años más tarde, a los 81, por complicaciones relacionadas con el Covid-19. Quién sabe si finalmente habrán llegado a conocerse.

BRUTALISMOS. ENCICLOPEDIA DE MÚSICAS SECRETAS Y VANDALISMO POP. VOL 1.

VV.AA.

¡La cara B de la historia oficial del rock and roll!

Las insólitas conexiones entre cantantes y artistas pop con fanáticos, vándalos, autoproclamados mesías, criminales, extrañas subculturas, cultos punk con Germs o Bad Brains de protagonistas, Willie Colón y el gangsta, Louis Armstrong tocando a los pies de una pirámide, Miles Davis rindiendo culto a una secta luciferina, pandillas sobre ruedas, jevis firmando manifiestos, estrellas trans del soul, redes clandestinas de discos, Franco Battiato y la «fantascienza», mundos de cuero negro y sado, b-boys y breakers en el Telón de Acero, peligrosas «tribus del trueno» y motoristas japoneses, batallas campales entre fans, cadenas,botellazos y navajazos con la banda sonora de Elvis, The Who, Sigue Sigue Sputnik o Raphael.