Los bellos incendiarios

Fue la mecha definitiva, la gota que colmó el vaso. Entre el 11 y el 17 de agosto de 1965, el barrio de Watts en Los Ángeles, California, casi ardió por completo en medio de descomunales disturbios y enfrentamientos entre la población negra y las fuerzas del orden, que decretaron el estado de sitio. Como sucedería en casi todos los grandes levantamientos y disturbios de aquellos «largos y cálidos veranos», el detonante fue un incidente en cierta medida menor, en este caso la detención de un joven negro por una infracción de tráfico. La policía de Los Ángeles, ya en aquellos años, gozaba de una lamentable mala fama como cuerpo policial sumamente violento y racista, patrullando los barrios negros como si lo hiciera en una zona de guerra. Marquette Frye, el motorista detenido, no se resistió, pero primero sus familiares y luego los vecinos vieron una vez más las malas formas de la policía. Sin que nadie pudiera preverlo, este hecho marcó el inicio de una gigantesca revuelta que alcanzó un eco internacional: numerosos grupos y organizaciones izquierdistas, tras presenciar las imágenes del levantamiento racial, señalaron a la clase trabajadora negra como el nuevo sujeto revolucionario.

Aspecto aéreo del centro de Watts durante los disturbios

Aspecto aéreo del centro de Watts durante los disturbios

Los disturbios duraron casi una semana, durante la cual se saquearon cientos de comercios y ardieron numerosos edificios. Solamente cuando hizo aparición la Guardia Nacional, las autoridades tuvieron alguna posibilidad de hacer frente a los rebeldes, mientras toda la ciudad estaba dominada por el aullar de las sirenas de los coches de policía y camiones de bomberos. Al terminar, más de una treintena de personas habían fallecido por disparos y un millar resultaron heridas. La destrucción alcanzó la cifra de entre cincuenta y cien millones de dólares en pérdidas. Un ejemplo del grado de violencia fue el estado en que quedó una de las calles, la 103rd, donde todas las tiendas y negocios fueron saqueados y reducidos a escombros. Quedó en un estado tan penoso que se conoció a esta calle como «Charcoal Alley» («callejón de carbón»).

Portada del número de LIFE dedicado a Watts (julio, 1966)

Portada del número de LIFE dedicado a Watts (julio, 1966)

Reportaje de LIFE

Reportaje de LIFE

Un año después, la revista LIFE, de la mano del gran fotógrafo Bill Ray, acudió a Watts para escribir y retratar el estado de la comunidad tras un año de los incidentes. Se trataba de un extenso reportaje de 26 páginas titulado There’s Still Hell To Pay in Watts y que comenzaba con una cita de Jerry Cohen y William S. Murphy’s de su obra Burn Baby, Burn.

 

Lo que capturó el hábil Ray, en una famosa sesión de fotos, fue un barrio aún en armas, con bandas negras organizadas y dispuestas a construir su propio futuro al precio que fuese. Sin embargo, lo más potente fue el aspecto de la banda que fotografió, que llamó la atención por su cuidada imagen, en gran medida la propia del gueto en los sesenta, a medio camino entre el activista del jazz, el rude boy o el pandillero del Harlem. Sus integrantes, como rebeldes urbanos, pasean por los escombros de casas aún devastadas o en descampados donde se entrenan en la preparación y el lanzamiento de cócteles molotov. Llevan un transistor. Casi puedes imaginarte lo que suena: James Brown, Thelonious Monk, Charles Mingus, Nina Simone. Y, en primer plano, la imagen que inspiró a toda esa generación, justamente en la época de fundación del Black Panthers Party: la omnipresente imagen del líder afroamericano Malcolm X.