Leopoldo María Panero y el Nobel de literatura: Mi encuentro con Panero

Servando Rocha tuvo la oportunidad de pasar una tarde con el poeta Leopoldo María Panero. Allí, entre toneladas de pitillos y coca colas, se desarmó ante aquel «loco» muy cuerdo

Os lo juro, a lo lejos daba un aire un tanto fantasmal: una decena de pañuelos flotaban a su alrededor como movidos por un hilo invisible. Era él, no cabía duda. Habíamos llegado minutos antes de las cuatro de la tarde a la calle Triana, justo en el centro comercial de Las Palmas, y no pude evitar confesarle a mi acompañante que primero tenía que tomarme un café. Necesitaba un poco de aplomo y también cierto temple, al menos antes de encontrarme, nada más y nada menos, que con el poeta Leopoldo Panero, aquel que en alguna ocasión a todos nos ha conmovido y helado los huesos de una u otra forma, ya sea con la descarnada y brutal honestidad que reflejó en el monumental trabajo de Jaime Chávarri El Desencanto como en su numerosísima obra publicada e inédita (su cabeza es como una enorme biblioteca viva).

Así que allí estábamos, a punto de establecer contacto, pero ¿qué tipo de encuentro íbamos a tener? «Hay que llamarlo un día antes, porque con él de nada sirve hacer planes con antelación. Debéis llamar a primera hora del viernes y fijar la reunión para el día siguiente», nos había confesado nuestro contacto en Las Palmas, ciudad donde desde hace nueve años malvive recluido en un hospital mental, una «cárcel donde permanezco secuestrado y torturado –tal y como nos aseguraría al preguntarle qué tal se sentía–. Lo de Rasputín fue una noche y a puerta cerrada, pero esto es todavía peor». Sale a diario, desde primera hora de la mañana, y entonces pasea por el centro de la ciudad hasta que llegan las ocho de la tarde, momento en que debe regresar. Son numerosas las anécdotas que se cuentan acerca de aterrorizados camareros que huyen espantados por el descarado hooliganismo del que hace gala nuestro hombre, encuentros fortuitos con fans o aquel amigo al que se le acercó un señor (que resultó ser el propio Panero) y le dijo que le recitaría un poema a cambio de un pitillo.

Las instrucciones eran claras: cuatro de la tarde, calle Triana, justo frente al McDonalds (mensaje de móvil que recibí esa misma mañana: «¿Crees que Panero será de cheeseburger o de big mac). Y allí estaba... sentado en un banco, haciendo lo que parecían trucos de magia con una decena de pañuelos de papel.

Es cierto. Con Panero puede sucederte cualquier cosa y, cuando digo «cualquier cosa», me refiero a eso mismo: una apabullante lengua que es capaz de dejarte petrificado en la silla, un arrebato de ira, escupitajos, tocamientos, poemas declamados en mitad de la calle, esquinas que sirven para lo que un día fueron (orinar, palabras al oído, desaparecer de pronto) y, por supuesto, estar preparado para entrar en el ring de la literatura de combate. Hay que perder el miedo, porque en caso contrario se renuncia a jugar. Y con Panero hay que jugar, mucho y a cara descubierta, especialmente cuando conoces perfectamente que todo, absolutamente todo, lo que ha hecho y hace este hombre no es más que un gigantesco juego, una enorme bufonada contra el poder en todas sus formas.

«Ve a comprarme pañuelos, anda», es lo primero que me dice. Marcho obediente, pero aún es temprano y los comercios están cerrados. Nos levantamos y lentamente (le cuesta un poco caminar y permanece siempre con la cabeza un tanto agachada) nos dirigimos a una pequeña tienda donde, sospecho, ya lo conocen. «Deme un paquete de pañuelos, por favor», le digo a la dependienta. Lo tengo justo a mi espalda: «No, mejor que te dé dos... no, tres... bueno, cinco». Comienza una experiencia intensa, justo cuando no ves otra opción que desarmarte y armarte de atención, porque, como todos saben, Panero arrastra las palabras uniendo frases con nombres junto a toneladas de ideas o citas en francés. «Una vez leí que William Burroughs escribía mejor sin la adicción, justo a partir de la etapa en que comenzó a desengancharse. ¿Crees que un poeta escribe mejor sin que medien las drogas?», le pregunto de golpe mientras caminamos en dirección a un bar cercano. «Durante un tiempo yo amé la heroína, incluso escribí un poema dedicado a ella», me contesta, y comienza a recitarlo de memoria y a la velocidad de un rayo.

«Existe en todo momento una coherencia en aquello que dice y en el hilo de la conversación. Quiero decir que no hay nada fuera de su sitio»

Lo olvidaba. Para quien no lo sepa o nunca antes haya escuchado hablar a Panero, es conveniente saber que cuando se le pregunta acerca de cualquier asunto a veces contesta con una sinceridad brutal y descarnada; en otras ocasiones, te mira (unos ojos que te observan como de soslayo y, abajo, agarrado por los labios, el eterno pitillo consumido velozmente entre los escasos dientes que todavía conserva) pero no contesta, al menos de momento, porque luego, al par de minutos, termina por hacerlo. Sin embargo, existe en todo momento una coherencia en aquello que dice y en el hilo de la conversación. Quiero decir que no hay nada fuera de su sitio. Ni siquiera su hermosa y contagiosa risa, que de cuando en cuando estalla como un bello rugido y que torpemente parece justificarse con chistes francamente malos pero que, al salir de sus labios, te arrastra sin poder evitarlo. Y habla muchísimo. Pero hay que estar atento para cazar al vuelo las ideas. Si te despistas, estás fuera.

Nos sentamos en una terraza donde previamente ya lo hacían dos amigos suyos, Evelyn, que le comprende y asesora en su «enfermedad» y que, además, le ayuda a organizar su trabajo, y Luis, un esquizofrénico que en un momento dado me confiesa que para él yo soy «solamente una voz» (asegura oír voces desde pequeño, voces extrañas que consigue ahogar con la heroína como único alivio). Evelyn es una figura importantísima en la vida diaria de Panero, y se nota. Su amistad, desprendida y alegre, unida a la paciencia que hay que tener con él, hace que éste le recite de viva voz bellas poesías que brotan casi solas, imparables, y que nos brinda intermitentemente. Ella organiza titánicamente todo ese caos, pasando a limpio los poemas y preparando sus próximos libros.

«Pero su historia esconde un horror cotidiano, de carne y hueso, y que en un momento dado nos desvela: los electroshocks, las continuas prohibiciones para alguien que nunca aceptó ninguna, el ominoso secuestro de sus libros»
 

Se siente exiliado, espadachín de la palabra en una sociedad mentirosa. Cabreado, confiesa que el correo no le llega; sueña con retornar algún día a Mondragón, lugar en el que estaba antes de llegar a Canarias, o incluso poder alcanzar Italia, donde, asegura, tendría mucha más libertad. Le pregunto por su vida en el hospital psiquiátrico y, entre bocanadas compulsivas (dice fumarse la friolera de ocho paquetes diarios, aunque realmente lo que hace es consumir rápidamente la mitad del pitillo para luego tirarlo al suelo e inmediatamente encender otro), nos dice que comparte habitación con un «poeticucho que canta sobre la patria y demás boberías».

De vez en cuando viaja a la península, como en la última Feria del Libro de Madrid, a la que acudió invitado por la organización. Allí, entre poetas, putas o malditos se siente cómodo. Otras veces también la lía, tal y como una vez me dijo un amigo madrileño que me confesó que el paso del poeta por su casa le dejó el suelo cubierto de salivazos. Pero su historia esconde un horror cotidiano, de carne y hueso, y que en un momento dado nos desvela: los electroshocks, las continuas prohibiciones para alguien que nunca aceptó ninguna, el ominoso secuestro de sus libros.

Mallarmé, Blake, Yeats, Cioran o Bataille. En él se encuentra y también vive lo mejor de la literatura contemporánea; un amasijo de memorables citas que recita perfectas, aunque confiesa que no le interesan los poetas beat. Y, claro, hay que preguntarle por la actualidad. «Apoyo el 15-M, aunque hay que repensar el concepto de revolución», lo que nos sirve para hablar sobre Marcuse e incluso preguntarle por los situacionistas. Tratado del saber vivir para uso de las jóvenes generaciones de Raoul Vaneigem y La sociedad del espectáculo de Guy Debord, menciona, y sonríe, rememorando los estertores de los ‘60.

«En una sociedad que niega la aventura, la única aventura posible es negar esa sociedad», sentencia. Otro pitillo, otra Coca-Cola (olvidé mencionar que bebe coca colas light una tras otra), y el camarero que, entre el temor y la fascinación, coloca precavido junto a su lado una papelera que no tarda en desbordarse. «Para usted, señor marqués», dice con sorna. La mesa, entre desperdicios y alguna bebida volcada, es ya un campo de batalla y yo, que no fumo pero que me encuentro a su lado, tengo mis piernas cubiertas de pequeñas colillas como si fueran balas perdidas.

«Yo creo que Enrique [Bunbury] tiene un problema con el ano. Lo que sucede es que es maricón y no le gusta reconocerlo y por eso debería ir por la calle escondido tras un enorme abrigo y bufanda. A mí los que siempre me gustaron fueron Radio Futura».

Panero habla, pero también escucha, y cuando alguien está hablando, aunque sea en voz baja, uno tiene la certeza absoluta de que lo está oyendo y prepara su arsenal. Mi amigo le pregunta por Bunbury y su más o menos reciente colaboración: «No sé lo que le pasa conmigo. Creo que estos días anda por aquí –comienza a decir despacio– pero no viene a verme ni tampoco me dice nada. Yo creo que Enrique tiene un problema con el ano. Lo que sucede es que es maricón y no le gusta reconocerlo y por eso debería ir por la calle escondido tras un enorme abrigo y bufanda. A mí los que siempre me gustaron fueron Radio Futura».

Sus obsesiones son la escatología anal, ETA («Una vez intentaron asesinarme. No les gustaba que fuera tan heterodoxo», asegura), los derechos de autor («Alguien se está quedando con mi dinero», dice una y otra vez) o el anticristo («Cuando era joven estuve enamorado de Enrique Vila-Matas y una vez lo perseguí por la calle con un cartel que decía 666. Salió pitando», confiesa mientras ríe).

Lo sabes, sabes que todo lo que dice este hombre pertenece a un tipo de verdad brutal, algo tangible y en ocasiones terrible, un interminable retablo de la resistencia antifranquista, de tertulias e historias de dolor y olvidos compartidos, de chustas, gargajos y enfermedad, de tajos de memoria seccionados y arrancados para no tener que pensar en ellos. Es historia viva, pero ¿para qué está la historia sino para vivirla y amarla? Michi Panero, su hermano fallecido hace ahora siete años (tenía 51 años y padecía cirrosis), es uno de estos episodios oscuros.

Sonriendo le menciono que en Madrid, muy cerca de mi casa, apareció hace tiempo una pintada que decía «¡Viva Michi Panero!». Y su hermano, el vivo, me mira y al hacerlo me asegura que Michi realmente fue asesinado «por una puta botella de ginebra envenenada».

Han sido tres maravillosas horas de una tarde de verano en compañía del poeta Leopoldo Panero y Luis, el amigo esquizofrénico, regresa sonriendo tras pillar la papela que pronto estará consumiendo en la pensión donde vive, más o menos en el mismo instante en que nuestro poeta estará cruzando el umbral de esa otra cárcel.

Ahora el cielo comienza a encapotarse. Nos levantamos para despedirnos, pero antes le preguntó que para cuándo el Nobel de Literatura. «A ver si me lo dan este año, porque no sé qué tendrá Miguel Delibes que no tenga yo», me contesta mientras apura, hasta casi quemarse los dedos, un nuevo pitillo.