La última cena de Jim Jones
/El 18 de noviembre de 1978 el reverendo Jim Jones se dirigió por última vez a sus fieles de la Iglesia del Pueblo. Consumido por las drogas, psicótico y desesperado, hizo un último llamamiento al sacrificio desde su trono de bambú, dispuesto a modo de púlpito. «Esto no es un suicidio —repetía— es un acto revolucionario».
De ese modo, como el Kurtz de Joseph Conrad, arrastró a los suyos hacia el corazón mismo de las tinieblas en la jungla de Guyana, invitándoles a brindar con él por la libertad de sus almas. Si no había esperanza para ellos en este mundo, tal vez la encontrarían en el Más Allá. A tal fin, se dispusieron varios barreños de un cóctel letal de cianuro, tranquilizantes y zumo de uva que, una vez superadas las reticencias iniciales, fue diligentemente consumido por la parroquia al completo, en un acto de fe ciega y amor incondicional a la figura de su Líder.
Fue a principios de los años ochenta cuando el transgresor artista catalán Jordi Valls escuchó por primera vez las grabaciones que documentan el escalofriante suicidio colectivo de Guyana, de la mano de su amigo Genesis P. Orritge. Desde su exilio londinense, el barcelonés se había convertido en cronista oficial del movimiento punk para la prensa underground española, llegando a participar activamente de la escena electrónica industrial encabezada por Throbbing Gristle y Whitehouse. Al preguntarle al cabecilla de Psychic TV por el origen de aquel testamento necrófilo, éste le comentó que había llegado a sus manos por mediación de Monte Carazza, pionero de la contracultura experimental californiana, quien accedió a las fuentes originales en virtud de la Ley de Libertad de Información que permite acceder a expedientes confidenciales del gobierno norteamericano.
Aquella cinta de casete le serviría a Valls para llevar a cabo un ejercicio de exhumación discográfica sin precedentes: The Reverend Jim Jones In Person / The Last Supper (WSNS, 1984), un álbum concebido como un memento mori para denunciar los horrores del totalitarismo y las consecuencias del control mental ejercido por las religiones. El resultado fue un picture-disc que recogía las últimas palabras de Jones y la posterior agonía de sus feligreses a lo largo de tres cuarto de hora difícilmente soportables. Valls publicó el vinilo a través de su propio sello, WSNS (World Satanic/Surrealist Network System), el mismo que daría cabida a sus primeros trabajos bajo el epígrafe de Vagina Dentata Organ. Y lo hizo en una rigurosa edición numerada a mano y limitada a 912 copias: a razón de una por cada víctima, de las cuales, aproximadamente 200, eran niños.
El disco venía acompañado de una transcripción del sermón y un par de fotografías en blanco y negro de la tragedia y fue definido por el propio Valls como «el disco más grande de toda la historia del rock’n’roll». Un exabrupto que no deja de ser bastante coherente con la puesta en escena que adoptaba el propio Jones a la hora de adoctrinar a sus seguidores, a medio camino entre Elvis Presley y Roy Orbison. Sólo había que verlo posando a cámara con aires de seductor; luciendo un abundante flequillo y ocultando sus verdaderas intenciones tras unas llamativas gafas de sol. Lucía casi como un rebelde peligroso; la clase de estrella de cine cuyo carisma vende entradas. Pero era en plena homilía donde Jones daba rienda suelta a su sentido del espectáculo. En vivo y en directo, La Voz del Pueblo amenizaba sus alegatos evangélicos con himnos de gospel y viejas canciones de country.
Jones quería ser recordado como un mártir y malinterpretó el «suicidio revolucionario» de los Panteras Negras
En 1973, cinco años antes de la debacle, el Coro del Templo del Pueblo publicó un disco cuyo fin era recaudar fondos para la iglesia y en el que el propio Jones tuvo ocasión de lucirse como solista. Fuera de circulación desde 1977, coincidiendo con el éxodo de la congregación a Sudamérica, He’s Able sería reeditado en 1993 desde el más absoluto anonimato utilizando el pseudónimo de Grey Matter. Se ha especulado mucho sobre la identidad del responsable de este efímero proyecto discográfico, vinculado también a la carrera artística de Charlie Manson, lo que le confiere un valor añadido como pieza de coleccionista. Al escucharlo, resulta imposible abstraerse de las connotaciones macabras de estas grabaciones, que alternan lo espiritual (Walking With Your Father, Down For His Glory) con lo terrenal (Something Got A Hold Of Me, Hold On, Brother) sin el menor atisbo de pretensión artística. Su afán era otro, mucho más elevado; aunque la razón por la que consiguen conmovernos sea bien diferente. En sus gargantas Sing a Simple Song of Freedom de Bobby Darin y Walk A Mile In My Shoes de Joe South suenan más crepusculares que nunca.
«Soy un hombre que nació en el momento equivocado». Como Johnny Cash o el propio Elvis, James Warren Jones nació en pleno “cinturón de la Biblia”, una región ultraconservadora del Sur de los Estados Unidos donde el cristianismo evangélico cuenta con un profundo arraigo social y guía los designios de sus habitantes con un fervor casi fundamentalista, extendiendo su rango de influencia hasta el ámbito de la política y la educación. La cuna del creacionismo y de los antiabortistas norteamericanos, de los beatos conversos a la Ley del Talión y la represión racista, al amparo de un único Dios al servicio de la bandera de las barras y estrellas.
Su padre, James Thurman Jones, era todo un ejemplo de intolerancia. Sirvió a la patria en la I Guerra Mundial y regresó a su Indiana natal con los pulmones abrasados por los nocivos efectos del gas mostaza. Solía despertarse gritando en mitad de la noche, con la mirada todavía perdida al otro lado de la trinchera. Tenía fama de pendenciero y la gente del pueblo se cambiaba de acera cuando se lo cruzaban borracho por la calle, lo que solía ocurrir a diario. Tampoco Jim guardaba un buen recuerdo de él: «era un racista y un viejo despreciable» que había pertenecido al Ku Klux Klan y al que nadie, ni siquiera su familia, echaría de menos. A la menor oportunidad, Jones sacaba a relucir una supuesta herencia cherokee con la que pretendía repudiar la memoria del viejo y ganar adeptos entre la comunidad negra, en torno a la que levantaría los cimientos de su Iglesia.
A principios de los años treinta la figura del predicador experimentó un auge inusitado cómo bálsamo para los rigores de la Gran Depresión. El joven Jones sacó provecho de las enseñanzas de aquel puñado de charlatanes, que llegaban a su pueblo para llenarse los bolsillos en el nombre del Señor. La suya fue una vocación temprana: con 12 años se le atribuían varias sanaciones milagrosas de periquitos y oficiaba funerales para las mascotas del vecindario. Pero en cuanto alguien echaba de menos a su gato, inmediatamente desconfiaba de aquel mocoso que se autoproclamaba como Pastor de los Desamparados. Tenía madera, pero aún tardaría años en perfeccionar la farsa.
«¡Increíble! ¡Milagroso! ¡Sorprendente! ¡El Servicio Profético de Curaciones por la Fe más asombroso que usted haya presenciado jamás! ¡Contemplad el Verbo encarnado entre nosotros! Masas tumorales son eliminadas en cada servicio… ¡Ante vuestros ojos los lisiados caminan, los ciegos ven!», rezaba la publicidad de su Templo. Y el Reverendo, como buen entertainer, nunca defraudaba; aunque para ello tuviese que recurrir al soborno de algún escéptico y simular la extracción del Mal sacándose de la manga un cuarto de kilo de higadillos de pollo. Al final, se obraba el milagro y eran los propios asistentes quienes se encargaban de ver aquello que querían creer.
«¡Increíble! ¡Milagroso! ¡Sorprendente! ¡El Servicio Profético de Curaciones por la Fe más asombroso que usted haya presenciado jamás! ¡Ante vuestros ojos los lisiados caminan, los ciegos ven!»
Para alguien con su carisma y dotes naturales de mando, el floreciente negocio de la Fe abría nuevos horizontes de mercado más allá de los polvorientos bancales del Condado de Randolph. Y a decir verdad, no le fue nada mal en su ambiciosa empresa. Empezó recaudando fondos para la diócesis vendiendo crías de mono de puerta a puerta y terminó fundando su propia congregación, la Iglesia del Pueblo, con la que recorrería la Costa Oeste en misión proselitista. En 1978 su organización superaba ampliamente el millar de miembros y su fortuna personal rondaba los cinco millones de dólares.
Como apunta Servando Rocha en Jim Jones: prodigios y milagros de un predicador apocalíptico, cuando Orbison cantaba aquello de «tenemos mucho trabajo que hacer / hoy estarás trabajando para el hombre», parecía estar refiriéndose a «nuestro hombre». Interpretando a su conveniencia los fundamentos comunistas, Jones animaba a sus seguidores a desprenderse de todas aquellas posesiones materiales que obstaculizarían su camino hacia la Salvación y donarlas para contribuir al mantenimiento del Templo.
Otra fuente de financiación habitual eran los ancianos que percibían prestaciones de la Seguridad Social, cuyo dinero era desviado por los beneficiarios a varias cuentas bancarias de Suiza, Rumanía y Panamá. «Al principio solía rodearse de señoronas viejas y feas; sin familia ni amigos —recuerda su ex discípulo, Elmer Mertle— Se pavoneaba ante ellas, mimándolas y besándolas como si de verdad las quisiera. Podías ver en la expresión de sus caras lo que él significaba para ellas». Luego, claro, estaban los niños; preferiblemente adoptados bajo la tutela del estado de California, por aquello de desgravar a Hacienda. El mismo Jones predicaría con el ejemplo al fundar su propia “Familia Arcoiris”, asumiendo los cuidados de pequeños de diferentes razas como gesto simbólico en favor de la integración.
«He visto el futuro. Yo soy Jesús, soy Alá y soy Buda». La madre de Jones, Lynetta, distaba mucho de ser una mujer convencional. Adelantada a su tiempo y algo chiflada, disfrutaba escandalizando a los aldeanos que la veían pasearse en pantalones y fumando como un hombre. También fue la primera persona del pueblo en suscribirse al National Geographic y cada noche, antes de acostarse, instruía a su hijo sobre los cazadores de cabezas del Amazonas; de la antropofagia, los ritos paganos y la transmigración de las almas. Ella misma aseguraba haber viajado por todo el mundo en una vida pasada y le inculcó a su hijo el valor de los sueños premonitorios.
No sería hasta 1961 que Jones tendría su primera visión profética en relación a un holocausto de índole nuclear que arrasaría Indiana. Una voz (quién sabe si el mismísimo Dios en persona) le facilitó la fecha concreta del desastre: el 15 de julio de 1965. Siguiendo los consejos de su madre, el Reverendo se apresuró en movilizar su rebaño hacia pastos más seguros. Ya instalados en la soleada California, el Armagedón pasó de largo. Indiana seguía en el mapa pero, en su foro interno Jones ya sabía que era demasiado tarde para salvarse.
Un inciso: en 2009 otro Jim Jones, esta vez garagero y británico, publicó Here To Save Your Soul, un recopilatorio de singles verdaderamente incendiarios junto a su banda, muy oportunamente bautizada como Jim Jones Revue. Le acompaña en el escenario Rupert Orton (hermano de Beth), junto al que ha firmado un buen puñado de lúbricas odas al rock’n’roll encabronado. Al estilo del Reverendo, su ego extiende cheques a crédito de Jerry Lee Lewis y Little Richard.
Volviendo a los días posteriores a aquella revelación, el pastor Jones había estado informándose sobre posibles vías de escape. La respuesta se encontraba en un reportaje sobre refugios paradisíacos publicado por la revista Esquire en 1962, donde se glosaban las maravillas de Belo Horizonte, un remanso de paz situado en pleno corazón de Brasil. Jones programó un viaje apostólico en compañía de su familia y aprovechó la estancia para estudiar las posibilidades de un futuro emplazamiento para su Templo. Acabaría decantándose por una zona agreste y selvática de Guyana, cerca de la frontera con Venezuela.
«Esto no es un suicidio, es un acto revolucionario»
«El que no está conmigo, está contra mi» (Mateo 12,30). En 1975 un grupo de ovejas descarriadas comenzó a organizarse para denunciar los chanchullos del Reverendo, acusándole de evasión de impuestos, extorsión, malversación y chantaje. A los cargos presentados se sumaban además el maltrato psicológico y los abusos sexuales y físicos. A pesar de su amistad con el alcalde y de sus contactos en las altas esferas, Jones vio peligrar su reputación y puso en marcha su plan de urgencia. Asistido por sus abogados llegó a la conclusión de que de nada le serviría contar con la simpatía de Angela Davis o Jane Fonda, ni el crédito de su labor caritativa al frente de varios albergues y comedores sociales. Tampoco le beneficiarían sus méritos en la Comisión Municipal Contra el Racismo o el premio Martin Luther King que le habían concedido en 1961. Había llegado el momento. Era la guerra.
Siempre a rebufo de los cambios sociales de la época, Jones había abrazado el comunismo en su juventud y simpatizado con toda clase de movimientos revolucionarios. Decepcionado por el revisionismo al que se sometió desde el Partido a la figura de Stalin (al que abiertamente idolatraba) se volcó en una rama más beligerante de socialismo. En consecuencia, la comuna de Jonestown se convirtió rápidamente en un monumento a la psicosis del Reverendo y, lo que en un principio se había anunciado como “el paraíso en la Tierra”, se reveló como un auténtico infierno. Aislados en el corazón de la selva, los feligreses vivían sometidos a un régimen disciplinario más propio de un gulag que de una pacífica comunidad agrícola. Vivían en un continuo simulacro, con sus voluntades doblegadas mediante al miedo, el odio y el hambre.
El geniecillo de la neopsicodelia Anton Newcombe bautizó a su grupo como The Brian Jonestown Massacre a principios de los años noventa, en honor a Brian Jones (el malogrado guitarrista de The Rolling Stone) y en recuerdo del suicidio colectivo de Guyana. Con The Ballad of Jim Jones —extraída de Thank God for Mental Illness (Bomp! Records, 1996), su quinto exorcismo discográfico— salda sus cuentas pendientes con el Reverendo y rinde un sentido homenaje al Bob Dylan más ácido. La canción debe interpretarse como el periplo existencial de un creyente de la Iglesia del Pueblo, que llega a desprenderse de todas sus posesiones y hasta de su propia fe para seguir los pasos de su profeta: «puedes quedarte mi dinero / pero no me vuelvas loco / porque no hay nadie más mezquino (que yo) / le recé a Buda, a Alá y a Jim / me convertí a Jesús y junto a Él me quedé aquí».
«Dejad vuestra vida con dignidad. Ésta no es manera de morir para un socialista». Las autoridades californianas decidieron tomar cartas en el asunto al detectar el constante flujo de pasaportes norteamericanos con rumbo a Sudamérica. En ninguno de los registros constaba el visado de vuelta. Sospechando lo peor, el congresista demócrata Leo Ryan asumió la responsabilidad de dirigir una expedición a Guyana para juzgar sobre el terreno. Le acompañaba un séquito formado por periodistas y familiares de feligreses. «Ninguno de ustedes es bienvenido», les recibió el Reverendo.
Ensimismado en su delirio conspiranoico, Jones veía a los forasteros como una avanzadilla de la invasión capitalista que pondría fin a su sueño. Siempre supo que tarde o temprano ese momento llegaría y se había prometido a sí mismo que estaría preparado para enfrentarlo. La tarde anterior el séquito del congresista había visitado las instalaciones de Jonestown y escuchado los testimonios de sus habitantes, que describían aquella experiencia como «lo mejor que nos ha pasado en la vida». Fueron pocos los que aceptaron la invitación de Ryan para regresar a sus hogares y estaban visiblemente asustados. Aquella fue la última ofensa que el Reverendo estaba dispuesto a consentir y se la cobró en sangre. Ryan y los suyos fueron perseguidos y tiroteados en la pista de aterrizaje. Tras la muerte del político, era tan solo cuestión de tiempo de que la CIA y el ejército llamasen a su puerta.
Jones quería ser recordado como un mártir. Si Jesucristo dijo «ningún hombre me arrebatará la vida; yo la doy voluntariamente», entonces hágase su voluntad. En el camino Jones malinterpretó el «suicidio revolucionario» de los Panteras Negras, e hizo suyas las palabras de Mao: «la muerte nos llega a todos por igual, pero varía en sus significados. Morir por causas revolucionarias es más ligero que una pluma, pero morir por la revolución es más pesado que a la montaña del Tai».
Los primeros en beber fueron los ancianos y los niños. A la mayoría hubo que obligarlos. «No lloran porque les duela; lloran porque está amargo». Algunos de los feligreses se mostraron reacios a la “solución final” del Reverendo y hubo que reducirlos e inyectarlos, pero la inmensa mayoría comulgó sin rechistar con aquel gesto contestatario. En cambio, Jones reservó para sí mismo un final mucho más rápido: su cadáver mostraba los orificios de entrada y salida de una bala del calibre 44. Es casi seguro que fue otra persona (presumiblemente su abnegada esposa, Madeleine) quien apretó el gatillo por él. Sin honor, ni gloria.
JIM JONES, PRODIGIOS Y MILAGROS DE UN PREDICADOR APOCALÍPTICO
JIM JONES
Reedición ampliada y revisada de uno de nuestros libros más sobrecogedores: la aterradora historia del culto del «suicidio revolucionario», el reverendo Jim Jones y su Templo del Pueblo. 918 de sus seguidores cometieron un suicidio colectivo en una recóndita comuna llamada Jonestown, en la Guyana, en uno de los episodios más escalofriantes del siglo XX.
