La «magnífica animalidad de una mulata del Misisipi»: Josephine Baker en España


La llamaban «Josefina» Baker y su paso por nuestro país en 1930 fue toda una conmoción. En Pamplona se organizaron manifestaciones exigiendo prohibir su espectáculo que calificaban de «indecente» y en Zaragoza intentaron enseñarle a bailar la jota

 

En París, Man Ray y los surrealistas cayeron rendidos ante ella. La calificaron de «diosa», la «Sirena de los Trópicos» o «La Venus de Ébano», un ser salvaje y misterioso que provocaba toda clase de reacciones allí por donde iba y, sobre todo, donde actuaba. Las fotografías y postales no muestran realmente lo que sucedía en su espectáculo de danza y baile. Son más recatadas y se prestan a equívocos. Bailaba casi sin ropa con un decorado que simulaba la selva: lianas, tambores y árboles.

El 8 de febrero de 1930, Baker llegó a la estación del Norte de Madrid, donde actuaría del 10 al 16 de febrero de en teatro Gran Metropolitano. Lo hizo ante una muchedumbre que la esperaba a los pies del vagón. En la capital se vivía un gélido invierno y las calles estaban nevadas. Fue recibida como lo que era, una enorme estrella, con ramo de flores y comitiva especial. Allí mismo, concedió una entrevista en la que se declaraba seguidora del escritor Edgar Wallace y del pintor Romero de Torres, que había firmado retratos de estrellas también adoradas por la vanguardia como Irma Vep (Musidora). También estuvo en San Sebastián, Pamplona, Valladolid (Teatro Lope de Vega), Barcelona (con actuación en el Palace, donde también se alojaba), Valencia (Apolo), Huesca (Odeón) y Zaragoza. En La voz (25 de febrero de 1930) confesó que sus deseos en su visita a nuestro país eran «ver una corrida, comer paella valencia, aprender el tango de Cádiz y cantar hondo; que me pinte Romero de Torres y conocer Sevilla y Barcelona». En Barcelona incluso acudió a una fiesta de disfraces en el teatro Goya.

Llegada de Baker a Madrid. Fotografía:  ABC

Llegada de Baker a Madrid. Fotografía: ABC

No fue una visita sencilla. En Pamplona contó con la oposición y protesta de los católicos. La prensa derechista y tradicionalista, así como la Iglesia, criticaron la actuación de Baker, que tuvo lugar el 8 de abril en el Coliseo Olimpia. Hubo incluso una manifestación de rechazo y una misa de desagravio. Sobre Baker se dijo que «ejecuta danzas lúbricas de salvajismo primitivo que excita los groseros instintos de la parte animal» y que, además, «hacía ostentación de impudor cínico y desvergonzante que asombra al público con sus desnudeces, cuadros vivos de la más descarada y excitante impudibumdez» [sic].

Baker fotografiada en San Sebastián por Ricardo Martín

Baker fotografiada en San Sebastián por Ricardo Martín

 

LA DANZA SALVAJE

«El número consiste en una danza salvaje. Josefina Baker no baila al son del tam-tam como los salvajes, porque esto sería anodino y carecería de interés; baila como nosotros nos imaginamos que deben de bailar los salvajes»

Su estreno fue un éxito. Cobraba 5000 pesetas diarias. Un corresponsal del ABC escribió: «Las piernas largas, estrechas; delgados los brazos, la boca grande, el cabello barnizado y pegado al cráneo; sobre la cintura un adorno de colgantes plátanos. Los ojos grandes, de color no tan acentuado como pudiera suponerse. Algo extraño, pero fuertemente original. […] El número consiste en una danza salvaje. Josefina Baker no baila al son del tam-tam como los salvajes, porque esto sería anodino y carecería de interés; baila como nosotros nos imaginamos que deben de bailar los salvajes: con saltos enérgicos, contorsiones violentas y una mímica en absoluto distinta a todo lo visto y aún a todo lo imaginado. Pronto el público advierte que lo que se le ofrece es lo estrambótico, pero vestido con elegancia, con “élan”, con arte, en suma. Josefina, Baker termina su danza. Ha sorprendido fuertemente». Su paso por esa ciudad, donde actuó en la Parisiana, terminó con toda clase de honores, como la lectura pública de un «Homenaje de Zaragoza a Josefina Baker», que al parecer contó con demostración de jota incluida. No fue la última vez que visitó nuestro país. Regresó en febrero de 1973 y actuó en la sala Cancela de Zaragoza a instancia del empresario Miguel Las Santas. Prodigiosamente seguía poderosa y ágil. Tenía 66 años.

Crónica, en su edición del 9 de febrero de 1930, la entrevistó y describió como una «animalidad magnífica de mulata del Misisipi». Tituló el artículo «Josefina Baker, la mulata friolenta que viene a beber un poco de sol a España».

 

Baker en España (1930)

Baker en España (1930)

«De la calle de Jovellanos —dieciochesca— a la Avenida del Metropolitano, entre los rascacielos neoyorquizantes de Cuatro Caminos. Ayer, Ana Paulova, quintaesencia imperial de una cultura europea que tal vez periclita; la punta de sus pies, en la danza clásica, es como el ápice de una civilización blanca. Hoy, Josefina Baker, su antípoda, brote pujante y vencedor de un arte negro que se adueña —a cuatro pies— del mundo. ¡Venturoso azar de empresarios que en una misma semana somete la sensibilidad madrileña a la prueba de dos concepciones antagónicas del ritmo humano frente al sentido jerárquico de la cúpula, el sentido democrático de la llanura; contra la gravedad del arte puro, del arte por el arte, la corrosiva burla del arte por el capricho, instintivo, epatante... Josefina Baker, demoledora sin saberlo de cuanto es contrario a su animalidad magnífica de mulata del Misisipi, ha dicho a propósito de la coreografía aria:

—¡Una idiotez! Las bailarinas que se alzan sobre las puntas de los pies y dan saltitos dentro de sus vestidos de azúcar molida me parecen pájaros bobos... No puedo resistir a la Paulova.

A ella, a la reina republicana de las“«plantaciones” y los cabarets —escándalo de las cortes caducas—, hay que aceptarla tal como es o rechazarla a gritos, sin juzgarla, en uno de sus mutis procaces. Porque la Baker no es el arte que se somete a medida; rechaza el control la espontaneidad arbitraria de su juego libérrimo. Josefina Baker es... el humorismo, cifra del nuevo caos; cocktail que resiste al análisis de los confusos deseos actuales del mundo; ¿retorno a lo antiguo, vuelta a lo primitivo, al plátano paradisíaco y el canguro, ansia bolchevique, que de una supercivilización subversiva de todos los valores aceptados?

—Yo no sé más que bailar —contesta la Baker a los exégetas que pretenden conocer por ella el sentido oscuro de sus danzas—. Tan no sé más, que ni siquiera sé cómo bailo. ¡Eso... solo lo saben ustedes, los periodistas.

Josefina Baker, la misérrima chiquilla de San Luis, hija de negrita yanqui y de emigrante español, que a menudo dice, para justificar por qué es bailarina:

«Posiblemente le encantará la patria, de su padre. Un tango gaditano, el humor plebeyo de los antiguos murguistas; unos «caracoles» sugerentes y absurdos; un trozo de bandera española»

—De niña era tan pobre, que no tenía ni medias, y como pasaba mucho frío, me dediqué a bailar para entrar en calor...

Josefina Baker, la trasnochadora arbitraria, que concibe la humanidad presente como un charlestón colosal, en torno al Arca de Noé, y se ríe de los príncipes de la Tierra —¡y de ella rarísima, señora salvaje de la era de la postguerra!—, camina siempre con un séquito verdaderamente extraño a su espalda: girls de varios colores, secretarios, cocineros y... otros animalitos del Señor, gatos, perros, loros —ahora ha tenido que dejarlos todos en una casa de salud de París—, monos, cabras... Hasta su serpiente y su cochinillo —Alberto— viajan con ella en su tren extraordinario de embajadora de lo Absurdo. Y, claro, sus muñecas.

—Si algo copio en mis bailes —reconoce la Baker— es los movimientos de los animales y los desmayos de las muñecas de trapo...

Ya está en España esta mujer que siéndolo todo no quiere ser nada, ni siquiera bailarina, ni siquiera negra, sino «Josefina Baker» solamente. ¿Qué impresión le causará nuestra tierra a esta seminieta de España? Posiblemente, si no la llevan a los cabarets cuatro o cinco «cicerones» de smoking, y le muestran lo que de profundamente español tiene España —su pobreza, su fiereza, su color violento y su arte hondo, sus gracias y perfiles populares—, posiblemente le encantará la patria de su padre. Un tango gaditano, el humor plebeyo de los antiguos murguistas; unos “caracoles” sugerentes y absurdos; un trozo de bandera española —el amarillo de yema de huevo y el rojo de sangre de toro, los colores preferidos por esta Danae casi negra que pide al Júpiter de sus caprichos imposibles una lluvia de purpurina para vestir «su cómica desnudez del bronce»— deben de ser cosas gratas a nuestra desconcertante —e irrazonadamente admirable— viajera.

—¡Eh, tú, feilla cuarterona; bien vengas! Estás en tu casa. Anda, echa un trago de sol para calentarte...

Sería un crimen de imperdonable pedantería saludar la llegada de Josefina Baker de otro modo más engolado y solemne.