La «gitanilla pistolera» que se enfrentó a un Consejo de Guerra


«La Junca», una sevillana de tan solo 17 años, fue detenida por su participación en el levantamiento armado de 1934. Un periódico le dedicó un reportaje que recogió su intervención en su juicio: «¿Cómo se llama la procesada?», le preguntó el juez. «¡Como si no lo supiera usté!», le contestó

 

El país estaba en llamas. La República estaba anegada: tras la entrada de tres ministros de la filofascista Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), del católico José María Gil-Robles, al gobierno presidido por el Partido Republicano Radical (PRR) de Alejandro Lerroux, se declaró en todo el país, con mayor o menor seguimiento en ciertas regiones, una gran huelga revolucionaria. Hubo levantamientos, tiroteos y combates callejeros, no solamente en lugares especialmente «duros» como Asturias sino también en Sevilla.

En noviembre de aquel año comenzaron a desfilar los detenidos por haber participado en la rebelión fallida, la mayoría en prisión provisional. Una de ellas fue La Junca, una adolescente gitana que fue detenida en Sevilla mientras llevaba una pistola escondida en el pecho y a quién se relacionó con uno de los líderes de la revuelta. El periódico Ahora, en su edición del 30 de noviembre, dedicó un reportaje (con fotografías incluidas) a la vista oral contra la «gitanilla pistolera», como fue conocida en la prensa. «La gitanilla tendrá gracia pero los hechos, no», comenzaba diciendo.

Reportaje sobre La Junca en  Ahora  (30 de noviembre de 1934)

Reportaje sobre La Junca en Ahora (30 de noviembre de 1934)

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La gitanilla tendrá gracia pero los hechos, no. El caso es que con su salerosísima cara y sus diez y siete años, Catalina Junquera, "La Juncá ", llevaba, durante los pasados días revolucionarios en Sevilla, una pistola escondida en el pecho, dispuesta a dar el "¿quién vive?” y a prestar servicio a Antonio Torres Mesa, por quien perece que Catalina ha pasado más de una noche en vela. El procedimiento tenía la virtud de sacar de dudas a los guardias, cuando después de haber hecho limpia por los contornos, empezaron a sonar tiros en cada esquina. El caso es que a Catalina se le cogió "el cacharro”, y su consecuencia, tras descansar su pajolera gracia en un calabozo de la cárcel sevillana durante dos meses, ha comparecido ante un Consejo de guerra.

No se ha afligido poco ni mucho la procesada por la solemnidad y el aparato del acto. Tras la lectura del apuntamiento a cogió con mucha sorpresa que el presidente le preguntara las generales de la ley:

¿Cómo se llama la procesada?

¡Vaya! ¡Como si no lo supiera usté!...

— ¡Diga la procesada su nombre!

¡Pero, don Jué, si lo ha leío ya ese hombre tres veces y lo ha oido usté!.. A hora, que si es capricho... ¿se creía usté que lo ibá yo a negá ?... Catalina Junquera y Valencia. “ La Juncá"...

Ha sido, desde luego, lo único en que la gitanilla ha estado de acuerdo con su apuntamiento. Por lo demás, ni era suya la pistola — ¡pero señó, una mosita pobre, pero honrá, porque una to é, y si no que lo diga to er barrio, ¿pa qué ib a quré eso ? — ni ella ha visto una vez siquiera al Antonio Torres Mesa — ¿Torres ha dicho usté? Antonio er Modoso se ha llamado siempre... —ni tiene que ver con revoluciones ni tales perejiles. El que le cogió la pistola era un "mal pensao”. porque ella se la encontró en el suelo y no iba a dejarla allí que argo debia de valé, mal vendía, y todo lo demás eran dimes y diretes... A pesar de que la gitanilla se puso en cruz, el Tribunal se fió más de los “civiles” y la condenó a cuatro meses y un día de arresto mayor, aunque abonándole dos meses que lleva en prisión.

— ¿Tiene usted algo que alegar?

Mi usté, don Jué, muchos días m e parece que ha puesto usté en los papeles. Si pudiá rascarle un mesesito, quearia superió...

— Bueno. Si no tiene nada que alegar la procesada, se da por terminado el juicio. — ¡Y pa qué vi a grazná ma, si esto lo tenían ustés preparao!

La madre de Catalina impetró también por su "chiquitilla”, cuando la sacaban de la Sala:

— ¡Señó Jué, que no lo jará ma!

—No puede ser, mujer; no o puede ser.

—Ah , ¿no? Lo que no pué se es resucitá muertos... Ni que tú hayas jecho reí a un niño chico..., barba de cabargata, que te va a arquilá  el Ataneo pa los Reyes Mago!...