Fantasmas en la máquina

THOMAS ALVA EDISON, INVENTOR Y CAZAFANTASMAS

Desde la invención del telégrafo, pasando por el teléfono, la radio o la televisión, y hasta llegar a los dispositivos digitales de hoy en día, las innovaciones tecnológicas le han ido ganando terreno a los fenómenos paranormales. Convivimos a diario con ellos y, sin darnos cuenta, nos hemos convertido en fantasmas .


Tal vez estés escuchando música mientras lees esto. Si es así, te propongo un pequeño ejercicio de abstracción: concéntrate en los detalles más superfluos. La cadencia de la respiración en cada estrofa, esa leve vibración suspendida entre dos acordes y las huellas sordas sobre el teclado son los vestigios de una humanidad que palpita —casi imperceptiblemente— bajo la cosmética de toda producción discográfica. Esas pequeñas imperfecciones, que son el equivalente sonoro a los veintiún gramos de ingravidez en los que se estima tu alma, se desechan en el proceso de la compresión digital de tus mp3. Así que la próxima vez que revises tu disco duro, pregúntate cuál es el precio que has de pagar por sentirte más liviano.

En 2015, Ryan McGuire, un estudiante de doctorado en composición musical de la Universidad de Virginia, rescató un antiguo éxito de Suzanne Vega para uno de sus experimentos. No era la primera vez que la canción Tom’s Diner, publicada en 1981, era objeto de un ensayo científico. A principios de los años noventa sirvió de estándar en las pruebas de compresión para la creación del mp3, contribuyendo indirectamente a su consolidación como el formato de audio más popular de las últimas décadas. A grandes rasgos, el proceso de compresión se basa en un “enmascaramiento auditivo” que nos permite sustraer, sin que se note, aquellas frecuencias que pasan desapercibidas al oído humano. En contrapartida a la pérdida en la calidad del sonido, el mp3 nos ha permitido minimizar el tamaño de los archivos y economizar en la transferencia de datos.

«¿Qué es un fantasma, sino algo que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia o por cambio de costumbres?»

McGuire rescató los “sonidos huérfanos” a partir de la fuente original, algo tan sencillo como convertir el archivo .wav sin comprimir en un mp3 a 320kpbs. Una vez aisladas las frecuencias, obtuvo como resultado una pista de ambient fantasmagórico y, no contento con ello, la capturó en video. El retrato no es perfecto, debido a la pérdida de información en el trasvase a mp4, pero consigue esbozar los contornos de una presencia no sabría decir si perturbadora o reconfortante. Al fin y al cabo, ¿qué es un fantasma, en palabras de James Joyce, sino algo que se ha desvanecido hasta ser impalpable, por muerte, por ausencia o por cambio de costumbres?

A pesar de disfrutar de márgenes más amplios en el ancho de banda y de una mayor capacidad de almacenamiento, el oyente medio continúa abocado a las limitaciones de un formato que se revela obsoleto. De un tiempo a esta parte, los desarrolladores de software se hallan inmersos en el desarrollo de algoritmos cada vez más complejos, cuando a lo que en realidad aspiran es a garantizar su propia trascendencia. Si en algunas culturas persiste la superstición de que al tomarte una foto te roban el alma, lo mismo podría decirse al poner un disco. La naturaleza del fenómeno es sensorial y, no por casualidad, espectral; adoptando características casi místicas, separando la voz de/l cuerpo y facilitando una comunicación ultraterrena. Pero para eso debemos remontarnos a finales del siglo XIX y tomar como ejemplo el fonógrafo de Thomas Alva Edison

ILUSTRACIÓN DEL ARTÍCULO SOBRE LA MÁQUINA DEL MÁS ALLÁ DE THOMAS EDISON, PUBLICADO EN LA REVISTA MODERN MECHANIX EN OCTUBRE DE 1933.

La versión oficial atribuye su invención a un intento por perfeccionar el teléfono que unos años antes había patentado su rival Alexander Graham Bell. Su intención inicial era la de popularizar —que no democratizar— su uso entre las clases más humildes, mediante el desarrollo de un “repetidor telegráfico” que registrase las señales del código morse a través de un punzón, que perforaba rayas y puntos sobre una tira de papel. De ese modo se conciliaría la inmediatez del teléfono con el bajo coste del telégrafo. Pero, ¿qué pasaría si aplicásemos el mismo procedimiento a las vibraciones acústicas? Edison y su equipó construyeron su prototipo a partir de esta hipótesis. El rudimentario sistema consistía en una aguja que inscribía una serie de marcas sobre un cilindro envuelto en papel de aluminio que, al reproducirse, emitía una señal audible. Su presentación en sociedad fue la sensación de 1877, aunque tardaría veinte años más implantarse para su uso doméstico debido a las complicaciones técnicas y al elevado coste que acarreaba su producción en serie. Cuando finalmente lo hizo, el fonógrafo transformó nuestra sociedad para siempre.

Si en algunas culturas persiste la superstición de que al tomarte una foto te roban el alma, lo mismo podría decirse al poner un disco.

Porque lo que quizás no sepas es que el movimiento de la aguja sobre los surcos del vinilo en tu moderno tocadiscos se asemeja al de la Ouija. Y es que, a raíz de la muerte de su madre, Edison vivía obsesionado con la posibilidad de construir un dispositivo que nos permitiese escuchar las voces de los muertos. En pleno auge del espiritismo moderno, los médiums recurrían a la síntesis del morse para franquear el umbral de la comunicación paranormal (un golpe es sí; dos golpes, no), mientras “el mago de Menlo Park” soñaba con amplificar el sonido de los fonógrafos para captar las ondas espectrales. Desgraciadamente Edison moriría once años más tarde, viendo frustrado su logro más ambicioso: un  “aparato de fantasmas” con el que comunicarse desde el más allá. Sus bocetos e impresiones fueron relegados al olvido de un cajón, como un secuestro vergonzoso fruto del delirio senil, hasta que tres décadas más tarde Friedrich Jürgenson y Konstantin Raudive corroboraron accidentalmente sus teorías en forma de primitivas psicofonías.

Vista así, la reproducción fonográfica nos permite convivir diariamente con los espíritus del pasado y las grabaciones sonoras de artistas como Enrico Caruso, Elvis Presley, Kurt Cobain o Amy Winehouse comparten inquietantes paralelismos con lo que los parapsicólogos han definido como "presencias residuales". Si Roland Barthes describió la fotografía como «el ectoplasma de lo que ha sido», los discos nos preservan de cara a la eternidad. Como mosquitos atrapados en ámbar.