Dolor y Gloria: Almodóvar y las malas hijas


Alana Portero desarma la última película de Almodóvar para rendir un bello homenaje a la diferencia, la singularidad y la libertad: «Esto, evidentemente, no es una crítica cinematográfica, acaso una carta de amor o de agradecimiento por una película que nos sirve a las malas hijas, a las raras, a las cansadas y a las mutiladas emocionales, para ponernos en paz con nosotras mismas y reconocer los trazos de belleza que también hay en nuestras vidas»

                              POR ALANA PORTERO (*)

Por razones que se me escapan, me dicen a menudo que no me pega nada que me guste el cine de Almodóvar. Suelo responder que soy una con mis contradicciones y que mi carnet de baile está lleno de compañías problemáticas. Nací en 1978 y mi elasticidad es la que es, como decía Oscar Wilde «ya no soy lo suficientemente joven como para saberlo todo», aspiro a la hiperconsciencia millennial y posmillennial, a la coherente firmeza entre pensamiento y acción de una generación a la que admiro, entre otras cosas, por mantener el tipo en el incesante vendaval de desprecio que recibe por cada particularidad que se le atribuye. Pero yo no soy así, nunca lo he sido y ya casi me he rendido ante la evidencia de que nunca lo seré.

«No puedo valorar si Almodóvar era parte de la revolución consentida o si su figura respondía a intereses políticos para vender una transición que no acabó de ser y una idea de libertad que podía verse claramente pero que no podía tocarse desde donde yo estaba»

SatanaS.A./Voy a ser mamá  (Almodóvar y McNamara, 1983)

SatanaS.A./Voy a ser mamá (Almodóvar y McNamara, 1983)

LOS GÉNEROS TORCIDOS

Me gusta Almodóvar, durante los años del armario trans, casi toda mi vida, sus películas fueron una especie de educación sentimental en penumbra, el reflejo enloquecido de mi masculinidad fallida, una galería de fenómenos de lo maricón, palabra totémica en la década de los ochenta y primera mitad de los noventa para designar las sexualidades y los géneros torcidos. Más allá de la odiosa Movida (madrileña) estaban los barrios y ser maricón, bollera, trans o bisexual en aquellos años era una ruleta rusa en la que había más balas que vacíos en el revólver. En mi entorno no existían las especificidades, pertenecer a una de las siglas LGTB era pertenecer a un todo indefinible, rechazable, humillante e imposible de amar. Pienso en chicos y chicas de mi barrio, David, Tere, Alejandro, Simón, Sera, Benja, la mayoría terminaron en la calle después de que sus respectivas familias les retiraran los documentos de persona que merece ser querida y protegida, fue lo último que supe de la mayoría. Alguno murió de sida y otro acabó rehaciéndose y viviendo una vida más o menos digna. La única utilidad positiva que le encontré en su día a Facebook fue la de poder rescatar del álbum de la desolación a quienes daba por perdidos.

Fotograma de la película de Almodóvar  ¿Qué he hecho yo para mereces esto? , que fue rodada en el barrio de la Concepción de Madrid (1984)

Fotograma de la película de Almodóvar ¿Qué he hecho yo para mereces esto?, que fue rodada en el barrio de la Concepción de Madrid (1984)

«Más allá de la odiosa Movida (madrileña) estaban los barrios y ser maricón, bollera, trans o bisexual en aquellos años era una ruleta rusa en la que había más balas que vacíos en el revólver»

No puedo valorar si Almodóvar era parte de la revolución consentida o si su figura respondía a intereses políticos para vender una transición que no acabó de ser y una idea de libertad que podía verse claramente pero que no podía tocarse desde donde yo estaba. En cualquier caso, a mí, niña aterrorizada por la que se le venía encima, ese circo de mariconeo, lisergia y escatología de descansillo que proponía el cine de Almodóvar, me sacaba de la normalidad obrera y de la grisalla del salón de casa.

Fotografía de la primera manifestación del Orgullo en Madrid (junio de 1978)

Fotografía de la primera manifestación del Orgullo en Madrid (junio de 1978)

UN SALVOCONDUCTO ALMODOVARIANO

«A mí, niña aterrorizada por la que se le venía encima, ese circo de mariconeo, lisergia y escatología de descansillo que proponía el cine de Almodóvar, me sacaba de la normalidad obrera y de la grisalla del salón de casa»

Esta es mi excusa. Mi salvoconducto almodovariano. Lo que me digo cada vez que detecto trazas de misoginia en algunas de sus películas o cada vez que me salta a los ojos cierta banalización de la violencia contra las mujeres, que también la hay. Nunca he sido ajena a los problemas pero sí he decidido pasarlos por alto por mor de un egoísta bien mayor: mi necesidad ansiosa de representación. En mi conciencia queda.

Dolor y Gloria no es territorio para cínicos ni para amantes de la eficiencia narrativa. Dolor y Gloria es otra cosa. Pedro se enjuicia y se eviscera en pantalla a través de Salvador Mallo, el personaje que interpreta con maestría Antonio Banderas —quizá la cumbre interpretativa de su carrera—, pero como decía, en esta exposición, en esta desnudez, no hay rastro de cinismo. Los ecos del otro gran misógino del que me enamoré de niña, Truman Capote, son ensordecedores. Hay mucho de ese Capote crepuscular, alcoholizado y tendido en la cama que concede sus últimas entrevistas antes de morir, el gran cínico desprovisto de su veneno que dirige su severidad hacia el espejo sabiendo que el perdón es una cosa que le queda lejos. En Dolor y Gloria creo todo lo que sucede en pantalla, creo en la sinceridad de la propuesta, creo en la teatralidad apabullante que hace de la película una experiencia narrativa que te agarra la mano con suavidad pero que no te la suelta, creo en la supresión de efectos estéticos y manierismos habituales en Almodóvar que tiene su manifestación más violenta en el ya inolvidable monólogo que protagoniza Asier Etxeandia, cuyo personaje rompe el corazón por tierno, por verdadero y por actor.

Perdo Almodóvar, Julieta Serrano y Antonio Banderas durante el rodaje de  Dolor y Gloria

Perdo Almodóvar, Julieta Serrano y Antonio Banderas durante el rodaje de Dolor y Gloria

Si alguna vez el cine ha manifestado una verdad pequeña y perfecta, se la debemos a Julieta Serrano y a Antonio Banderas conversando como madre e hijo, sin estridencias, con la cantidad justa de drama. Las cosas en la vida no suceden en arrebatos tormentosos con banda sonora; el dolor, la tristeza y el amor suelen manifestarse en toda su pureza e intensidad en cuartos de estar, habitaciones de hospital o calles de barrio. Ese «no era el hijo que tú esperabas» que Salvador Mallo le dice roto y tranquilo a su madre, resuena en mi cabeza de hija decepcionante con la desmesura de las cosas que se dicen en voz baja y conteniendo las lágrimas.

Curioso y bellísimo ejercicio también, observar el cansancio esperanzado de una estupenda Penélope Cruz como madre joven y la decepción calmada de Julieta Serrano. Pedro nos cuenta a su madre a través de sus dos actrices bandera, ambas coherentes con el trabajo de la otra y ambas memorables.

Fotografía tomada durante el rodaje de  ¿Qué he hecho yo para merecer esto?  en la que vemos a Almodóvar hablar con la gran Chus Lampreave (con Carmen Maura al fondo), mientras la madre del director, Francisca Caballero (que debutaba en esta pElícula haciendo una de sus magistrales apariciones), lo mira con ternura

Fotografía tomada durante el rodaje de ¿Qué he hecho yo para merecer esto? en la que vemos a Almodóvar hablar con la gran Chus Lampreave (con Carmen Maura al fondo), mientras la madre del director, Francisca Caballero (que debutaba en esta pElícula haciendo una de sus magistrales apariciones), lo mira con ternura

Esto, evidentemente, no es una crítica cinematográfica, acaso una carta de amor o de agradecimiento por una película que nos sirve a las malas hijas, a las raras, a las cansadas y a las mutiladas emocionales, para ponernos en paz con nosotras mismas y reconocer los trazos de belleza que también hay en nuestras vidas.

Termino el texto imaginando el salón de mi casa a oscuras, en la televisión empieza Dolor y Gloria, en los sillones no cabe nadie más, David, Simón, Tere, Benja y todos aquellos chicos y chicas con los que no llegué a crecer, ya cuarentones, cansados pero vivísimos, comen palomitas, beben cerveza, sorben lágrimas y ríen conmigo hasta la madrugada.

(*) ALANA PORTERO (aka «La Gata de Cheshire»). Medievalista, bruja, antropóloga y hacker de género. Ha pertenecido a más de doce sectas apocalípticas y ha sobrevivido a todas. Se sacó un ojo solo para poder llevar parche. Habla una jerga compuesta por más de diez lenguas muertas y ha olvidado cómo comunicarse en el presente, por eso trabaja sola. Consiguió su actual puesto en Agente Provocador asesinando al Agente Fauno, antiguo miembro de la banda negra. También conocida como la Poison Ivy del barrio de San Blas. Muy peligrosa.


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