Condenados


«Algo se nos quedó por el camino: vivimos con la condena como amenaza y como sombra. Nos observa y vigila. Nos levanta muros. Nos pesa y nos cuesta. Nos dice que somos tan… poquita cosa. ¿Qué clase de condena es? Una condena al olvido»

«Lo único que puedo hacer es condenarlos», me dijo con gesto serio al tiempo que una de sus manos se perdía entre los pliegues de mi bolso de tela. El pequeño taller estaba atestado de retales, ropas que parecían olvidadas y olor a tabaco. «¿Condenarlo?», le pregunté extrañado. «Sí, exacto. Cortaría y cosería por aquí para arreglarlo pero, al condenarlo, no tendría salida», contestó. ¿Condenarlo? Eso mismo. Esta y otra son las lecciones cotidianas que siempre me regala el costurero de mi barrio, mi Doctor Who. En su local esconde la famosa cabina de teléfonos capaz de viajar en el tiempo, pero no llega muy lejos: lo hace junto a las calles atestadas del centro, entre turistas y coches, entre los estragos de la gentrificación y el aburrimiento de las ciudades que se dicen modernas.

Salí pensando en lo que me había dicho, si acaso no estábamos todos ya condenados, si las condenas pueden conmutarse, si son preferibles los insufribles trabajos forzosos. Sabía que tenía razón. Algo se nos quedó por el camino: vivimos con la condena como amenaza y como  sombra. Nos observa y vigila. Nos levanta muros. Nos pesa y nos cuesta. Nos dice que somos tan… poquita cosa. ¿Qué clase de condena es? Una condena al olvido.

 

LA VIOLENCIA DEL OLVIDO

«¿Cómo olvidar? ¿Por qué empeñarnos en eso del olvido? ¿A quién sirve o a qué obedece el ejercicio de olvidar? Como si lo que fuimos, todo lo que aún es, ese recuerdo imborrable de lo atroz y la injusticia aún vivos, fuesen como el olvido de un amor roto»

En nuestro «pacto del olvido», que tan brillantemente se muestra en el imprescindible documental El silencio de otros (Almudena Carracedo y Robert Bahar, 2018), Arzallus, un nacionalista de buen vivir y comer, como son casi todos, y que siempre se creyó un buen samaritano, habla emocionado y lo hace en nombre de todos, de los de su tiempo (durante la llamada «transición», que más bien fue una salida en falso) pero también para los que vendrán. Nos condena al resto. Dice que debemos olvidar, que su olvido es «el olvido de todos y para todos». Al hacerlo, escribe el futuro: olvidaremos.

¿Cómo olvidar? ¿Por qué empeñarnos en eso del olvido? ¿A quién sirve o a qué obedece el ejercicio de olvidar? Como si lo que fuimos, todo lo que aún es, ese recuerdo imborrable de lo atroz y la injusticia aún vivos, fuesen como el olvido de un amor roto. Se olvida para que el espacio que deja el recuerdo sea sustituido por otro, para resetearnos . Nos dicen que olvidemos para grabarnos a fuego una letra que nosotros jamás escribimos. Cuando España olvida hace trampas, porque se olvida lo que interesa olvidar, lo que ni tan siquiera es de uno o acaso le incumbe, y entonces las puertas se atrancan y se inunda la casa. El olvido no puede imponerse. Somos un aviso constante de si queremos o no «sobreescribir el archivo».

Las condenas y el olvido. Ya lo hemos hecho.

Salí del costurero con mi bolsa de tela intacta. Por alguna razón no quería que la condenasen. Pensé en el paisaje urbano. En mi caso me ayuda a resistir al olvido, a otra clase de olvido que para mí están conectados. Y entonces observé. A unos pocos metros, un enorme mural sobre el lateral de un edificio: «Fui sobre agua edificada. Mis muros de fuego son». Justo aquí, siglos atrás, se alzaba Puerta Cerrada, uno de los accesos a la ciudad amurallada. Angosta, oscura, sucia. Señal de peligros. Pocos se aventuraban a atravesarla al caer la noche por miedo a los bandidos. Era allí adónde iba a parar, y todavía lo sigue haciendo, la empinada calle de Segovia. Los visitantes y comerciantes, buscavidas y hampones, terminaban comiendo en sus tabernas hoy reformadas (Posada del León de Oro o la del Dragón). Nada de esto ven los turistas, casi siempre con exceso de vista y de vistas, pero también madrileños que padecen ceguera crónica porque aprendieron a olvidar y siguieron a pies juntillas lo que dijo el bueno de Arzallus y tantos adalides de la modernidad. Comenzaron con el vergonzante Pacto del Olvido y siguieron con tantas otras cosas, porque el olvido es como la destructora Nada de La Historia Interminable. Progresaba a medida que la enfermedad de la Emperatriz avanzaba. Nuestra obsesión con olvidar es lo mismo. Es una enfermedad que empeora por momentos. Cuando nos demos cuenta habremos perdido un mundo.

Placa que muestra el lugar en que estaba Puerta Cerrada

Placa que muestra el lugar en que estaba Puerta Cerrada

En toda esta zona, justo donde cuento esto y me resisto al olvido, son innumerables las huellas del pasado árabe. Ahora que se habla con tono amenazador del Al-Ándalus, se crean vergonzantes montajes contra presuntos yihadistas (en ocasiones células inexistentes o, mejor aún, esa expresión muy fantasiosa y de nuestro tiempo que es la de «lobos solitarios», mientras la misma policía crea sus células, esta vez sí, superexistentes, como la Policía Patriótica) o se habla a la ligera del islam y del mundo árabe como de una «plaga», no quiero olvidar lo que una vez fue esta ciudad, esta parte del territorio de lo que más tarde fue España. Porque yo no quiero olvidar. Me siento incapaz. Porque olvidar es claudicar. Quizás, si todos lo hiciéramos, negarnos a olvidar como un acto de resistencia, aprenderíamos algo. De una manera natural recorreríamos la ciudad sintiendo el pasado y presente dándose la mano, ese para nosotros tan desconocido mundo árabe y su conexión con el universo, la magia y la ciencia. Nos rendiríamos ante lo que aún permanece, lo que fue, lo que somos. Otra lección que nos da la historia y no el costurero de mi barrio es esta: el cristianismo siempre fue una vasta empresa de demolición, puro vandalismo sagrado dedicado a no dejar piedra sobre piedra de los vencidos frente a un islam que, en nuestro caso, se mostró infinitamente mucho más tolerante para la época.

Pero no todo está perdido. A pesar de estar condenados a olvidar, del incesante avance de la Nada, aún podemos reinventarnos como memorialistas.

 

MEMORIALISTAS TOMANDO LAS ARMAS

«Imagino un futuro próximo de disidentes digitales, rebeldes y guerrilleros que evitan a toda costa ser localizados o estar localizables. Gente sin perfiles ni avatares. Ociosos. La ciudad es un arma contra el olvido»

Hace ya casi un siglo que desapareció el último memorialista. Durante siglos, los memorialistas, también conocidos como «amanuenses», eran escribientes que se colocaban en una esquina de una plaza y ofrecían sus servicios. Escribían cartas para el iletrado, redactaban informes de protesta, trazaban discursos y canciones, árboles genealógicos. En Madrid solían apostarse en los alrededores de la Plaza Mayor; en Barcelona, sin embargo, podías verlos en la Rambla, junto al palacio de la Virreina. Lo hacían en el interior de pequeñas casetas de madera muy austeras, en las que solamente había una silla, un escritorio estrecho, una máquina de escribir y papeles y tinta. Muchos de ellos eran antiguos combatientes de las guerras carlistas que habían adquirido cultura, poniéndose al servicio de los analfabetos, y malviviendo de ello.

Casetas de memorialistas (Cuesta del Moyano, Madrid)

Casetas de memorialistas (Cuesta del Moyano, Madrid)

En 1930, un periódico madrileño entrevistó al último memorialista. Sin embargo, aunque en Madrid parece que desaparecieron alrededor de los años treinta (Pío Baroja escribió sobre ellos y certificó su desaparición), en Barcelona resistieron el paso del tiempo. Hay algunos datos que demuestran su longevidad. El 18 de marzo de 1954 hubo un extraño incendio que destruyó parcialmente las casetas de la Rambla destinadas a los memorialistas. Luego, al derribarlas, se trasladaron a los jardines del Doctor Fleming, su último destino. Fue el principio del fin del memorialista. A finales de los sesenta se les vio de nuevo, movidos por la necesidad para muchos de redactar informes y escritos con motivo de la promulgación de la Ley de Arrendamientos de 1967. Se dice que el último memorialista fue una mujer. En Barcelona, en 1985 solo quedaba en funcionamiento una única cabina perteneciente a una mujer llamada Ana Ruiz, que aguantó en el oficio hasta mediados de diciembre del año 1991. Ese mismo año cerró definitivamente el negocio.

Y ahora que he hablado de ese pasado que para mí es presente, de la persistente y sospechosa cantinela a olvidar que proclama la cohorte de mediocres y altaneros portavoces, esos raros ejemplares de vida humana en clara decadencia y declive biológico, voy a terminar hablando del futuro.

Así imagino yo el futuro:

Imagino un futuro próximo de insumisos al olvido. Habitantes de una ciudad viva que se lanzan al paseo sin una dirección clara. Simplemente caminan, se paran, miran hacia lo alto o bajan la mirada, se detienen a escuchar los sonidos o se sientan en un parque. Contemplan la ciudad, persiguen (¡Oh! ¡Cielos!) extraviarse y perderse. Perder el tiempo. Mejor aún: abandonar a los políticos. Dejar a un lado la red para crear sus propias redes (un antiguo bar, una esquina encantadora, una calle misteriosa). Quemar todos los puentes. «No es que no lo sepa, sino que lo olvidé».

¿Qué más imagino?

Imagino un futuro próximo de disidentes digitales, rebeldes y guerrilleros que evitan a toda costa ser localizados o estar localizables. Gente sin perfiles ni avatares. Ociosos. La pereza contra el olvido. Una ciudad viva como un arma contra el olvido. La moda de Thoreau o Walt Whitman, los textos sobre derivas y las rutas urbanas, entre otras razones, responden a esa misma fuerza. Toda esa gente, esa gente tan extraña y ociosa y extraviada, constituyen una sociedad secreta. No son mejores que tú o que yo. También ellos se saben condenados, pero la diferencia es que viven su condena como una gran aventura.

¿Y sabéis qué? Ya está pasando.