Joseph Crépin: al servicio de los ángeles y la paz mundial

¿Hasta qué punto puede un pintor ser realmente visionario? El francés Joseph Crépin aseguraba ser un mero instrumento de los espíritus del más allá. Eran sus voces las que le hablaban, sostenían por él sus pinceles y guiaban sus manos para producir un cuerpo de trabajo asombroso y prolífico, destinado a salvar a la humanidad y traer la paz al mundo.


En 1946, tres artistas del norte de Francia exhibieron su obra en una exposición colectiva en una galería de París. A Augustin Lesage, Victor Simon y Fleury-Joseph Crépin les unía una vocación irrefrenable que les empujó a abandonar sus empleos para consagrar el resto de sus vidas al arte. A medio camino entre las epifanías espiritualistas de Georgina Houghton y las vibraciones divinas de Emma Kunz, los tres actuaron al dictado de las voces que escucharon en sus cabezas y que les decían que la pintura era un vehículo sagrado y milagroso capaz de salvar el mundo.

«Algún día serás un gran pintor», le susurraron a Lesage mientras trabajaba en una mina a las afueras de Lille. Fueron las voces quienes guiaron sus manos a la hora de pintar, limitándose Lesage a seguir al pie de la letra cada una de sus instrucciones. «Es como trabajar sin trabajar», solía decir al terminar un cuadro, encogiéndose de hombros. Aquel misterioso proceder se asemejaba bastante a la escritura automática de los médiums y rayaba en la esquizofrenia. En el caso de Simon, aquejado de visiones desde niño y con estrechos vínculos con el espiritismo, las voces se expresaron de manera más precisa, sugiriéndole las dimensiones que debería tener cada lienzo e incluso el plazo de entrega.

¿Fue una simple coincidencia? ¿Habría continuado la guerra sin su mediación artística, o habría terminado antes de haber podido pintar más rápido?

Detrás de los cientos de bocetos geométricos con los que Crepin emborronó sus cuadernos escolares se adivina el mismo patrón. Cada tarde, al volver a casa después de trabajar como fontanero en Calais, pasaba aquellos dibujos a pliegos de papel más grandes, primero con lápices de colores y luego con óleos, numerándolos meticulosamente. La suya fue una conversión tardía, cumplidos ya los sesenta años, con un propósito concreto: «Una vez hayas pintado trescientos cuadros, la guerra terminará ese día —le revelaron las voces— Después de la guerra, producirás cuarenta y cinco pinturas maravillosas y el mundo estará en paz para siempre».

Crépin se puso inmediatamente manos a la obra. Su primer óleo sobre lienzo está firmado, numerado y fechado el 25 de marzo de 1939. Su producción pictórica discurrió de manera compulsiva, casi febril, durante toda la Segunda Guerra Mundial, firmando el último el 7 de mayo de 1945, el día anterior al Armisticio. ¿Fue una simple coincidencia? ¿Habría continuado la guerra sin su mediación artística, o habría terminado antes de haber podido pintar más rápido? Animado por su papel en la victoria de los aliados, Crépin envió sus pinturas a Montgomery, Stalin, Eisenhower, De Gaulle y Zhukov, incorporando banderas con mariposas, árboles y cruces como motivos centrales del periodo de postguerra. En noviembre de 1947, afrontó el reto de culminar su serie de cuarenta y cinco pinturas, las Tableux Merveilleux destinadas a garantizar la pax aeterna. Desgraciadamente para el posterior devenir de la humanidad, la muerte le sorprendió un año más tarde, el 10 de noviembre de 1948, dejando dos cuadros sin terminar.  De haberlo conseguido… Bueno, ya nunca lo sabremos.