Un encuentro en la Interzona: cuando Ian Curtis conoció a William S. Burroughs

El gran edificio, un gigantesco local situado en la rue de Manchester en Bruselas, en el barrio de Molenbeek, se había convertido en el lugar en el que había que estar. Artistas y bohemios, la plana mayor de la vanguardia, punks y seguidores del arte outsider, todos acudían cada fin de semana al Plan K, un edificio laberíntico de más de cuatro mil metros cuadrados que se había levantado alrededor de 1850.

Aspecto actual del edificio en que estaba el legendario Plan K

Aspecto actual del edificio en que estaba el legendario Plan K

Pero en aquella ocasión,  el 16 de octubre de 1979, el cartel era como un resumen de alguna de las mejores cosas que estaban pasando en esos momentos. Había música (oscura y afilada) con Joy Divison y Cabaret Voltaire, ambas formaciones de pop espectral y valiente, pero también había espacio para la palabra. William Burroughs y Brion Gysin leerían algunos fragmentos de The third mind. También se proyectó la polémica Performance, interpretada por Mick Jagger y prohibida durante años en Inglaterra. En una de las últimas escenas de la película, su protagonista, que es el asesino, deja una nota donde dice «Marcho a Persia» y, seguidamente, pasamos de las casas victorianas a un desolador paisaje montañoso. Es Alamut, la vieja guarida de Hassan i Sabbah, el legendario líder de la secta de Los Asesinos, y alter ego de Burroughs y Gysin, que tantas veces soñaron con ese poder.

         Cartel del festival en el Plan K

         Cartel del festival en el Plan K

Abrió la noche el grupo de teatro del Plan K, dirigido por el coreógrafo Frédéric Flamand, que interpretó la obra de Burroughs, 23 Skidoo. No importó que finalmente Gysin se cayese del cartel, al menos no cuando surgió el hombre invisible, el predicador.

Programación del festival en el Plan K

Programación del festival en el Plan K

La lectura de Burroughs fue fascinante. Durante cerca de una hora, el auditorio permaneció inmóvil y mudo, mientras aquella voz inhumana sobrevolaba los tres pisos del Plan K y declaraba el estado de guerra. Sentado bien recto en una pequeña silla de madera y apoyado en una mesa también de madera, leía los cargos y pronuncia la sentencia definitiva. El público era el pabellón de los condenados.

Ian Curtis en en Plan K

Ian Curtis en en Plan K

Curtis, absorto entre bambalinas, enmudeció ante la visión de uno de sus mayores héroes. «Recuerdo claramente como Ian cayó en los brazos de William Burroughs al finalizar el show».

«Acerca de lo que ambos hablaron, no tengo ni idea», afirmó Michel Duval, organizador del concierto y encargado del mismo Plan K, que podía costear por su trabajo como economista y periodista junto a su compañera, Annik Honoré, también codirectora del lugar. Richard Kirk, de Cabaret Voltaire, lo recuerda sentado junto a Burroughs horas antes del concierto. «Ian le preguntó que pensaba de Suicide [la banda], pero William pensó que le estaba preguntando sobre el acto del suicidio. William le respondió desaprobándolo», confesó, justo cuando varias botellas de champán sonaron ruidosas y se sobresaltó. «[William] pensó que se trataba de ¡disparos!».

El escritor llevaba varios años convertido en el padrino del rock o del punk. Meses antes del festival en Plan K, existían rumores de un musical en torno a El almuerzo desnudo. Había sido visto con Frank Zappa, a quien ya conocía de los tiempos de la Convención Nova y quizás el único capaz de llevar adelante el proyecto. Precisamente la Convención Nova supuso un reconocimiento al liderazgo y autoridad literaria, e incluso moral, de Burroughs. La Convención comenzó a organizarse cuando en algunos círculos de poetas y músicos se habló de rendir un homenaje al escritor. John Giorno fue el primero que se entrevistó con James Grauerholz, a quien le comentó la idea. Inmediatamente, un contingente de admiradores y voluntarios empezó a trabajar en el proyecto; el periódico underground High Times hizo una donación de dinero y numerosos fans, liderados por el periodista y especialista en Burroughs Victor Brockis, se hicieron cargo de los preparativos. El evento se convirtió en un fenómeno social e incluso Keith Richards, de los Rolling Stones y admirador de Burroughs, aseguró que participaría, algo que luego no sucedió.

 

Para Curtis, Burroughs se lo había entregado todo, absolutamente todo, y el cantante tomó todo aquello como el último manual de supervivencia. Su nombre brillaba junto a Ballard, su otra gran inspiración. Se deleitaba imaginando la interzona, la vida como un cut up interminable. Había revelado todos sus secretos. «¿Cuál es tu secreto?», le interroga a la muerte uno de los protagonistas de El séptimo sello, a lo que esta responde: «Yo no tengo secretos». No había nada que ocultar. Todo estaba ahí, siempre había estado en aquel lugar, en sus libros y poemas, en sus entrevistas e historias. Curtis era un Burroughs vistiendo sus ropajes. Acabaría con su vida siete meses después del encuentro, el 15 de mayo de 1980.

Mientras Joy Divison actuaba, Burroughs permaneció al margen de aquel sonido, seguramente en su habitación, descansando o charlando con alguno de sus colegas. Kirk, por otra parte, aunque no puede asegurarlo, confesó haber visto a Burroughs merodeando por el escenario. Distintas obras (biografías, libros de entrevistas o artículos en prensa) han afirmado que al acabar el show Ian fue a buscar a Burroughs, quien le confesó que no había podido ver su concierto. Ian se marchó quizás decepcionado y aún reflexionando sobre lo que había dicho sobre el suicidio en medio de un malentendido casi profético. El destino de Ian estaba sellado.