¡Todas las chicas unidas!


Seventeen fue la primera revista dedicada por entero a las chicas. Nacía así la «KleenTeen culture», antecedente del girl power, mientras el franquismo respondía con una revista de adoctrinamiento

No había nada igual. Ni tan siquiera existía antes una palabra como «teenager». Los jóvenes (adolescentes y menores de edad) carecían de una cultura más o menos propia, aunque fuese por el hecho de que contaban en la sociedad adulta porque podían comprar, consumir fetiches, tener su propio ocio, vestir su propia ropa. Menos aún las chicas. Así que Calling all girls, con sus portadas a todo color en las que aparecían chicas guapas y seguras de sí mismas, fue todo un acontecimiento. Sin embargo, todo estaba en construcción y distaba mucho de tener futuro. Corría el año 1941 y había una guerra mundial. Sus eslóganes lo decían todo: «The favorite magazine of girls and sub-debs», proclamaba en 1945. La tirada ya alcanzaba el medio millón de ejemplares. Sin embargo, la revista era una réplica a una publicación masculina hermana, Calling all boys. Seventeen, nacida en septiembre de 1944 y con una tirada inicial que alcanzaba los cuatrocientos mil ejemplares, era algo muy distinto. Se trataba de una publicación creada por y para las chicas dirigida entonces por Helen Valentine. En el caso de Calling all girls habían sido los editores de la menos «alegre» Parents quienes estaban detrás. Nacía así la «KleenTeen culture», la cultura de las adolescentes en su tránsito a la edad adulta. No era ya una edad huérfana de su propia voz, sino todo lo contrario. Tenía su propio discurso. Los jóvenes se sentían unidos y hablaban un mismo lenguaje.

Seventeen estaba centrada en la moda y en los relatos breves, por supuesto moralizantes. Los patrones sexuales y los roles eran tradicionales. A pesar de ello incluía numerosas cartas de lectoras, que en algunos números eran mayoría frente a las colaboraciones pagadas, por lo que de pronto visibilizó un mundo hasta entonces casi desconocido. Además, estaba hecha por chicas. Tras sus páginas parecía no haber trampa. Era creíble. Sus secciones mostraban una sociedad vibrante, un consumo desmedido, una posibilidad ilimitada de ser una fan justo en los albores de la llegada del primer ídolo musical teenager, Frank Sinatra, que sucedió tras el delirio (con su oleada de suicidios) provocado por el controvertido funeral de el actor Rodolfo Valentino

«Casi cada semana se abrían nuevas asociaciones y clubs, como en Indianapolis, uno de los lugares en que se fundaron algunos con acrónimos impactantes para la época como WITCH (We In This Club are Hell-Cats»

El primer número voló literalmente de los quioscos. Vendía un estilo de vida propio, cuando hasta entonces las chicas debían comprar Esquire o True Detective para enterarse de la actualidad de la moda, la música o el baile. Las chicas se organizaban para crear grupos que se asemejaban a las sociedades secretas. Al mismo tiempo que comenzaron a publicarse numerosas obras que alertaban de la juventud y su tendencia al «salvajismo» y la delincuencia, surgieron iniciativas que gozaron del respaldo de las autoridades. No podrían controlar el empuje de la «KleenTeen culture» pero al menos la harían más «civilizada». Se crearon los llamadas Teen Towns, lugares de ocio destinados a los jóvenes, donde una muchedumbre se reunía, pepsi cola en mano, junto a la jukebox a bailar. Se abrieron clubs como The Jive Hive and The Boogie Barn, inmortalizado en 1943 en la película Jive Junction, donde Dickie Moore lideraba a una banda de swing formada enteramente por chicas que actuaba cada noche en un bar. Era la cultura «sub-deb» de adolescentes al borde la mayoría de edad. Casi cada semana se abrían nuevas asociaciones y clubs, como en Indianapolis, uno de los lugares donde se fundaron más clubs, algunos con acrónimos impactantes para la época como WITCH (We In This Club are Hell-Cats) o SWAMI (Subtle Women Are More Intelligent).

 Rituales de iniciación para un club de chicas publicado en  LIFE  durante los años cuarenta

Rituales de iniciación para un club de chicas publicado en LIFE durante los años cuarenta

 Una chica, pretendiente a entrar en un club de chicas, canta en una esquina durante una prueba de iniciación.  LIFE

Una chica, pretendiente a entrar en un club de chicas, canta en una esquina durante una prueba de iniciación. LIFE

LA OLEADA «BIKINI»

Cuarenta años más tarde, a comienzos de los noventa una nueva ola feminista revisitó este tipo de publicaciones. Los mensajes moralistas de las publicaciones de posguerra fueron desviados, pero se valoró las publicaciones hechas por y para las chicas. Al menos en eso estaban de acuerdo. El punk y los fanzines facilitó la proliferación de publicaciones, la mayoría precarias, hechas por chicas. Se exigía y reivindicaba no solo espacio para las chicas y su cultura sino revistas y fanzines hechos por ellas. Muchas de aquellas feministas tenían como referencia publicaciones realizadas una década antes, como el fanzine Bikini Girl, surgido a finales de los setenta, una hermosa publicación realizada por la incansable Lisa Baumgardner Falour quien, a comienzos de la década, se había instalado en Nueva York y publicado un influyente fanzine llamado Modern GirlzBikini Girl, del que se producían 1000 ejemplares, se inspiraba en las pin ups, el feminismo y la cultura pop, llegando a ejercer una gran influencia en las feministas americanas de los primeros ochenta, sobre todo vinculadas al pop, el punk o el arte de vanguardia. Y en Seventeen, aunque a su manera. Desprovista de lenguajes conservadores y de roles de dominación, celebraba el alarde de chicas y más chicas, de cultura por y para ellas, que tenían aquellas publicaciones pioneras en la cultura teenager. Bikini Girl era rematadamente inspirador. Unía moda con arte, ideas políticas que visibilizaban a esta otra Nueva York: chicas organizándose, artistas radicales y glamour donde antes solo había tierra quemada. 

 

«Chicas: la revista de los 17 años fue una lejana imitación en clave franquista de Seventeen» 

ESPAÑA, MIENTRAS TANTO...

Cuando esto sucedía en Estados Unidos y Europa, en España se vivía bajo la dictadura. Sin posibilidad para el hedonismo más o menos libre, el fanatismo hacia cantantes o la libertad para publicar sin censura cartas a la directora, lo que existió fue... un desierto. O casi, salvo Mis chicas (1941-55), la primera revista enteramente femenina y que cambió de título en 1950 con Chicas: la revista de los 17 años, una lejana y devaluadísima imitación en clave franquista de Seventeen. Tan solo era similar el título. A partir de ahí, nada. Mis chicas fue una revista de historietas publicada desde San Sebastián por Consuelo Gil y que contó con 407 números, inicialmente como suplemento de la revista Chicos, pero posteriormente tendrá su propia cabecera. Sobrevolaba siempre una ficticia «Tía Catalina» encargada de dirigirse, siempre de forma moralizante y como una protectora y consejera adulta, a las chicas españolas. Los trucos de belleza, recomendaciones en el vestir o el «conquistar» a los chicos estaban impregnados de nacionalcatolicismo. Anteriormente, lo que existía era la revista Medina, la publicación de la Sección Femenina que se publicaba para instruir y adoctrinar a las chicas bajo el franquismo. Creada en 1941, se dirigía sobre todo a las mujeres de la organización. Su distribución era mensual, llegando a las jefas locales y provinciales, encargadas de promocionar y hacer cumplir el ideal de la «chica Medina», esposa y madre perfecta. Todo en perfecto orden.