Residuos, Bilis y Turmix: «los punkis del foro»


En Madrid, el año en que Eskorbuto fueron detenidos y encerrados en la DGS, gobernaba Tierno Galván y cada semana había choques con fachas y pandillas, El País publicó un reportaje sobre «los punkis del foro», entre los que aparecía Kike Turmix, que por entonces cantaba «Soy un loco anarquista, soy un loco antifascista»

«Reciben patadas, coscorrones, verdugazos, descalabros, detenciones, retenciones, burlas, desprecios, afrentas de todos. De aficionados a los toros y de hinchas del Rayo, de acomodadores y de aspirantes a la Academia, de fresadores de Comisiones y de tenderos, de mayistas y de polis, de macas y de chavales jevis, rockeros, falangistas, jipis y modernos. Parecería que el mundo se haya dividido en dos: por un lado, los punkis y, por el otro, los que no lo son». Así comenzaba un reportaje, firmado por Pedro Pardo y con unas estupendas fotografías de María Arribas, que en 1983 El País dedicó a los punks de Madrid, una ciudad entonces dominada por choques entre punks y neonazis, el pionero fanzine Penetración, bandas como La Uvi o Delincuencia Sonora, el sello Spansuls Records (Polanski y el Ardor, Larsen, Zoquillos…) y a dos años de inaugurar su primer centro social autogestionado (Amparo 83). Ese mismo año recibimos la visita de Andy Warhol, que expuso en la Galería Fernando Vijande, Eskorbuto fueron detenidos, enviados a la Dirección General de Seguridad y puestos en libertad por las gestiones de la abogada Cristina Almeida, y en Madrid gobernada desde 1979 Enrique Tierno Galván junto a su número dos —y futuro sucesor, Juan Barranco, que introdujo en la capital la unidad de antidisturbios—, pero en realidad se imponía ya en Malasaña un personaje entrañable y «detestable» a partes iguales, al que medio Madrid «padeció» y también amó: Kike Turmix, que, por supuesto, aparece en este reportaje, junto a grupos de punks fotografiados en la plaza de Tirso de Molina o paseando por el centro. Infinitas gracias al amigo y cómplice Roberto Vanzetti por cedernos de su colección particular este estupendo documento.

LOS «PUNKIS» DEL FORO

Texto: Pedro Pardo

Fotos: María Arribas

Los punkis madrileños apenas se diferencian de los de otras ciudades o países. Para ellos, la calle es el escenario y vivienda cotidiana, en ella ocurre casi todo. No suelen fumar chocolate, pero les encantan las anfetaminas, el pegamento y cualquier cosa que se puedan chutar. Reciben patadas, coscorrones, verdugazos, descalabros, detenciones, retenciones, burlas, desprecios, afrentas de todos. De aficionados a los toros y de hinchas del Rayo, de acomodadores y de aspirantes a la Academia, de fresadores de Comisiones y de tenderos, de mayistas y de polis, de macas y de chavales jevis, rockeros, falangistas, jipis y modernos. Parecería que el mundo se haya dividido en dos: por un lado, los punkis y, por el otro, los que no lo son.

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Residuos tiene una cresta incipiente, con las puntas teñidas de témpera ama­rilla, una arracada de abuela en el lóbulo izquierdo y un padre que fue de los primeros afiliados en la fábrica. Su padre se ha contagiado de inesperanza y ya no le pide a gritos que busque trabajo. Hasta empieza a comprender sus pelos tiesos, apuntando al plancton atmosférico de la Ciu­dad Pegaso. Así que con su gesto terrible y la cara tierna pasa el tiempo sentado en las aceras. Su especialidad consiste en dar pa­tadas en el culo a las papeleras y hacer volar la porquería por los aires.

Bilis no tiene nada que ver con el rockabilly, incluso lo odia. Es que se pone amarillo cada vez que bebe alcohol. Fue un sábado cuando se encontró repentina­mente bien, a pesar de que hacía frío y la chupa apenas le cubría la camiseta. Había esnifado un potingue de carpintero y tragado una birria, así que se encontraba bien. Incluso con ganas de gamberrear. Se sentó con otros sobre el capó más guapo, un Escort co­balto que se descascarillaba con el roce de los pinchos. Restrega­ron sobre la pintura sus borceguíes de tanquista y sus mitones claveteados, con gozo anarquis­ta de pecadores. Resultó que el auto era de la secreta, «de esto­pas, creo», y se lo llevaron. Cuan­do le hicieron firmar la papela to­davía tenía los dedos emplasta­dos de cola seca. Novopren. Ni se enteraron.

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«Ahora prefie­ren que las moderneces no pasen de afeites y los echan a coces en cuanto empiezan a bailar como ellos lo hacen: como martillos neumáticos, al contacto brusco del empellón y el lapo por silbido de pasión»

Mayor tiene un dedo rígido, re­cuerdo de una paliza que le die­ron los fachas en los Aurrerás. También ocho puntos violáceos en la muñeca, trazados con un casco de botella por una apuesta en la que se jugaban un frasco de Reinol. Él no se quería suicidar, fue una apuesta, pero estuvo a punto de quedarse en la UVI. Días atrás le reclamaban 100.000 pesetas por daños. Sin mediar palabra alguna, un tipo comenzó a darle tal paliza que, con el entusiasmo, se le quebró un brazo.

—Juez: Pero ¿quién dio el pri­mer golpe?

—Mayor: Señor juez, este, que me pide cien talegos, dio el pri­mer y el último golpe. Por mi par­te, ni me enteré.

El juez sonrió y los mandó a paseo. «Era majo», pero nunca ha tenido suerte. El batería de su grupo era el único que tocaba su instrumento de pie, una originali­dad entre tanta competencia. Ahora intenta recuperarse de una parálisis a consecuencia de un navajazo entre las vértebras, «porque iba de punki». No sabe si en adelante tendrá que tocar en silla de ruedas.

La mayoría hacen su vida en la calle, porque en la calle puede suceder cualquier cosa. Además, la calle es barata y la verdad es que no les dejan entrar en casi ningún sitio. Casi todos son apestados de locales públicos. Aparte El 87, de la calle de San Bernardo, los taberneros calcu­lan con miedo la deserción de su parroquia si llegaran a instalarse en el lugar. A las discotecas prag­máticas les da pavor porque in­quietan a las niñas del Totus Tuus y a los retoños del sector servi­cios. Las de la otra ola, sopesa­ron su exotismo y, al principio, les dejaron pasar. Ahora prefie­ren que las moderneces no pasen de afeites y los echan a coces en cuanto empiezan a bailar como ellos lo hacen: como martillos neumáticos, al contacto brusco del empellón y el lapo por silbido de pasión.

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«Si una maña­na de domingo no aparecen por la Bobia, seguramente ha sucedi­do que los rockers, o los jipis, o to­dos, les han amenazado o les han pegado»

Rafa lleva en la cabeza un ve­llocino de oro y un par de ante­nas de UHF perforadas en la na­riz. El sábado salió de la discote­ca a las cuatro y cuando llegó a la pensión donde reside eran las seis y media. En el trayecto visitó tres comisarías. «En la de Carta­gena te pone guapo la plas si te vas un poco». Llegó hambriento, y cuando abría una lata de foiegras vio desde la ventana cómo unos tipos intentaban forzar un coche. Sin pensarlo, les lanzó la lata, y los chorizos salieron pi­tando. Se tuvo que conformar con un unte de Tulipán, todavía un poco asustado de que alguien le pasase cuentas por el bollo que dejó en la aleta del coche.

Los otros encuadramientos de la última generación se vanaglo­rian de la violencia que ejercen sobre los demás. Estos transfor­man en risa la que los demás ejercen sobre ellos. «Mira», y te enseñan un paisaje postilloso en la cima del culo, «me lo hizo un tío por sacarle la lengua». Eso es lo que hacen, orean la lengua, es­cupen sin tregua, deseando sea el diluvio universal, mean en la ca­lle y estiran fálicamente el dedo corazón, como quien cita a un toro a sabiendas de su manse­dumbre.

«Madrid está ardiendo, / son los punkis madrileños, / los su­pervivientes del punk, / porque los punkis no han muerto. / So­ciedad de mierda / os vamos a matar...» (Paranoia).

Si se han esfumado de alguna esquina que ellos frecuentan, no hay la menor duda: pasó por allí la poli y se los llevó. Si una maña­na de domingo no aparecen por la Bobia, seguramente ha sucedi­do que los rockers, o los jipis, o to­dos, les han amenazado o les han pegado.

«Quiero molestar. / Voy a chi­llar en la iglesia. / Os asustaré, / mearé en la calle, / sólo viviré para veros devolver» (Delin­cuencia Sonora).

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«Turmix fue trotskista sin en­cuadrar y fervoroso aficionado a las movidas de elite de jerri-bata-suna. Ahora es un libertario que firma las colaboraciones en el fanzine Sorbemocos con el seudó­nimo Anarquía en el Universo»

Espide se compró un cachorro en mal uso en el Rastro. Evocan­do el precio por el pagado le puso su nombre: Robo. Le daba bibe­rón y lo arrullaba entre el cotón de los pechos y la gelidez de la M-30 de sus cremalleras. Murió de frío a los pocos días. «El po­bre, fue un robo». Ni pagando puede ofrecerse ternura. Su sen­sibilidad es algo inexplicable, le lleva a distinguir el negro depre del de la parafernalia punki. Dice: «La bizca va de negro, algo le pasa». Se acerca a ella, se abra­zan, lloran, rodeados de decenas de enlutados, las ropas negras, las uñas, los labios negros.

Missa montó el cirio en una sala el día del concierto de Ulti­mo Resorte. La arrastraron entre varios del escenario a la pista y la despojaron de blusa y abalorios. Aquello acabó en tortas con los del servicio de orden y en expul­sión del local. Después le diría el bajo de Último Resorte: «Os habéis pasado». «Pero vosotros», con­testó Missa, «decís en las cancio­nes que la violencia es libera­ción». «Pero os habéis pasado», repitió el otro.

Como Don Pablos decía de sí mismo: «Somos susto de banque­tes, polilla de los bodegones y sustentémonos así del aire, y an­damos contentos», estas gentes son picaros sin picardía. Quisie­ran beneficiarse de lo que se les ofrece al común de los mortales, pero, vedados los accesos a la normalidad, intentarán pasarlo lo mejor posible, sin retóricas, re­ventando el cuerpo si es preciso, casi exclusivo estímulo. Mover­se, saltar, brincar, hacerse pre­sentes por el movimiento y la desfachatez del gesto.

Electron es un exmilitante de la izquierda revolucionaria. «La ORT sí enrollaba». Trabaja en una zapatería, pero, por su as­pecto de gladiador, más parece del gremio de ferreteros. Desde los hombros hasta las falangetas, un tafilete cuajado de pitones de hierro bajo una cazadora de cue­ro, de la que penden agnusdeis, abrelatas, balas y esquirlas. Cuando acabó el sueño de la re­volución se enganchó de punk, y ahora hace el amor en los des­cansillos del séptimo. Cuando va por la calle es divertido las peri­pecias del eslalom esforzado de los tímidos, de acera a acera. Votó al PSOE en las últimas elecciones.

Turmix fue trotskista sin en­cuadrar y fervoroso aficionado a las movidas de elite de jerri-bata-suna. Ahora es un libertario que firma las colaboraciones en el fanzine Sorbemocos con el seudó­nimo Anarquía en el Universo. También escribe las canciones de su grupo, N-634, letras carbo­neras, despellejadas: «Soy un loco anarquista, soy un loco antifascista, / la política es una basura, son todos unos farsantes», etcétera. Toma anfetas sólo para adelga­zar, cuarenta kilos en unos cuan­tos meses, lo que le convierte en un reconocido gourmet o anti-gourmet de los miligramos. Apar­te de todo esto, vive de bisnes y de vender las botas de Rommel por los puestos del Rastro.

Norman estuvo enrollado con las Juventudes Comunistas, pero ahora sólo le obsesiona la tercera guerra mundial, contagiado por los anglicanos, con los que comercia frecuentemente chupas negras, chapas bárbaras y zapa­tones alucinógenos. «En Inglate­rra sí que se vive. Te agarras al paro, una pensión indefinida, y a hacer lo que quieras».

Si los hoy lustrosos mayistas españoles están hechos de una mezcla boticaria de jipismo, de antiautoritarismo sesentayochista, de militancia antifranquista y de posibilismo democratero, es indudable que los punkis son su última xerocopia generacional. Aunque no lo reconozcan, como si de hijos putativos se tratara. Estos mayistas, maxiprogramadores antes, regeneracionistas sin sobresaltos ahora, echan pes­tes de estos adolescentes sin ideales, tan toscos, tan bruscos, tan meones. Y es que se cuelgan esvásticas nazis, pero sólo por mimetismo de sus colegas ingleses. Si fuesen un poco más conscientes, y por idénticos motivos, se prenderían de las solapas el yugo y las fle­chas, cisnes ajedrezados de la OJE y brazos vengadores de Au­xilio Social. Para horror de pro­gresistas, zaherir sus posibilis­mos, enseñarles el coco. Pero vo­tan al PSOE. «Buenos chicos».

Desde la última serenidad que sienten nuestros sesentayochistas en la contemplación de los lo­gros de su propia generación, el canuto les viene que ni al pelo. A los punkis, sin embargo, no les da por el chocolate. Y es que el jas sólo sirve para estar mejor cuan­do su asunto no es ése, sino estar bien simplemente, llegar al punto de partida de los demás. Y para eso, alcohol, anfetas y pegamen­to. O un chute de cualquier cosa, hasta de vino tinto, para arran­car un trozo de paraíso artificial, alguna felicidad subjetiva de cualquier fórmula de la satisfac­ción sintética.

Los punkis hacen risas de los coloramas y de la paz sioux de los mayistas, que si hace años casi no pudieron ser jipis, ahora pueden serlo más cómodamente, más cultamente. Pero nuestros punkis se disparan por un univer­so poblado de canciones que po­nen los pelos de punta sobre las llagas de una explosión nuclear, los Gobiernos que asesinan ni­ños y rugen por una deserción generalizada de todos los ejérci­tos del mundo. Canciones anti­militares, así de violentas. Así que de la semilla jipi, del germen antiautoritario y de la es­perma antifranquista han surgi­do estos tallos. Hijos de una ge­neración que les niega el pan y la sal, y que hasta se asusta del monstruito engendrado. Como si se tratase del lado feo de sus cro­mosomas.

«Y es que os habéis pasado, tíos»

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