Mi encuentro con Colin Wilson


El escritor Javier Sierra nos cuenta su encuentro con un grande del misterio y lo oculto: Colin Wilson

En Febrero de 1997, durante un viaje a Londres para examinar algunas de las piezas de la colección egipcia del Museo Británico, tropecé en una librería del centro con uno de los primeros ejemplares de la obra From Atlantis to the Sphinx de Colin Wilson. Al ver su reluciente portada granate con grandes letras doradas en relieve, sentí ese peculiar escalofrío que surge cada vez que damos con un texto importante. «¿Era ese el último trabajo del autor de Lo Oculto, me pregunté. Echando un vistazo a su índice, salí de dudas. Sí era suyo. De hecho, enseguida comprobé que Wilson se había lanzado a otra de sus titánicas tareas editoriales. En este caso, la de sintetizar en apenas 300 páginas las controversias surgidas en torno a la cultura egipcia que desde 1994 flotaban en los ambientes arqueológicos y heterodoxos del momento. La culpa de ese debate la tenía, en el fondo, un ingeniero angloegipcio llamado Robert Bauval al que conocí también en esos días de febrero. Su libro El misterio de Orión había demostrado más allá de toda duda razonable que las tres grandes pirámides de Giza fueron levantadas para reproducir en tierra el cinturón de estrellas de la constelación de Orión. Y no solo eso. También parecían reproducir la situación de esa zona del firmamento en un tiempo tan remoto como el 10 500 a. C.

 Colin Wilson en 1956 (Getty Images)

Colin Wilson en 1956 (Getty Images)

  From Atlantis to the Sphinx  de Colin Wilson

From Atlantis to the Sphinx de Colin Wilson

Ni que decir tiene que adquirí sin pensarlo aquel oportuno hallazgo y me sumergí esa misma noche en su lectura.

Wilson, una vez más, no me defraudó. Sus páginas planteaban con claridad meridiana —la que da un intelecto agudo y brillante— muchas de las incógnitas para las que científicos y arqueólogos no habían podido encontrar hasta entonces ninguna explicación satisfactoria. La antigüedad de la Esfinge, la orientación de las pirámides a Orión para reproducir en tierra el «Amenti» o puerta al más allá de los faraones, la fascinación de los pueblos africanos por la estrella Sirio o el enigma genético de primera magnitud de la aparición del primer ser humano sobre la faz de la Tierra aparecían en su obra.

Solo dos meses después —por otra de esas sincronicidades a las que Wilson nunca fue ajeno— supe que la editorial Martínez Roca pensaba traducir aquel texto al castellano, así que acepté encantado su invitación para revisar la traducción. Lo titularon El mensaje oculto de la Esfinge. Yo entonces era subdirector de la revista Más Allá y me ofrecí también a apoyar su lanzamiento.

 Colin Wilson en una extraña instantánea en su casa. Fotografía: Rex

Colin Wilson en una extraña instantánea en su casa. Fotografía: Rex

Wilson visitó Madrid en diciembre de 1997, y ahí pude conocerlo en persona. Recuerdo que para entrevistarlo le propuse que nos diéramos un paseo por el Museo Nacional de Arqueología y allí, en una tarde de otoño de cielos blancos, nos adentramos en su interés por los orígenes de la civilización.

—Mire usted —me dijo, quitándose sus gafas, desnudando unos ojos claros, vivaces, que me sorprendieron—, sabemos que los hombres de Cromañón tuvieron muy pronto chamanes para sus rituales y con seguridad podemos deducir que gozaron también de líderes consolidados. Y cuando se tienen ya líderes, se empieza a tejer una sociedad más y más grande a su alrededor. Eso explicaría por qué un hueso de antílope de hace 30 000 años encontrado en Centroeuropa muestra ya fases de la Luna que son, claramente, fruto de observaciones organizadas del cielo.

 Colin Wilson,  The Occult. A History  (Ramdon House, 1971)

Colin Wilson, The Occult. A History (Ramdon House, 1971)

Me quedé observando al sabio con la grabadora quemando cinta, tratando de procesar cada una de aquellas palabras.

«Nos pasamos, pues, un buen rato hablando de mapas antiguos, de glaciaciones y cambios climáticos, de culturas como la Tiahuanaco en Bolivia o de cómo la "facultad X" podría haber llevado a los antiguos a levitar grandes masas de piedra con "solo" el poder del pensamiento»

—Sí, pero saltar de ahí a la construcción de la Esfinge, las pirámides y los templos cercanos con bloques de 200 toneladas, tan grandes como una casa, es suponer que hubo una evolución muy rápida, ¿no? —le pregunté.

—Lo fue. En efecto. Aunque creo que si el hombre era hace 30.000 años lo suficientemente inteligente para tallar ese hueso, es natural que su civilización comenzara a expandirse rápidamente. En diez mil años pudo haberse desarrollado mucho, lo suficiente como para cartografiar la Antártida sin hielos…

 Un instante del encuentro. Javier Sierra junto a Colin Wilson

Un instante del encuentro. Javier Sierra junto a Colin Wilson

Nos pasamos, pues, un buen rato hablando de mapas antiguos, de glaciaciones y cambios climáticos, de culturas como la Tiahuanaco en Bolivia o de cómo la «facultad X» podría haber llevado a los antiguos a levitar grandes masas de piedra con «solo» el poder del pensamiento. Discutimos sobre todo ello sin fijarnos en los visitantes del museo que nos miraban con cara de no entender qué hacíamos allí, junto a la Dama de Elche, sin prestar atención a sus abalorios, barruntando teorías increíbles sobre la Atlántida o Lemuria, citando a Uri Geller o a Von Däniken. Y entonces, el sabio Wilson se detuvo para soltarme algo más:

—¿Sabe? Creo que civilizaciones de otros mundos han estado visitando la Tierra durante miles de años y creo que los dioses de los que hablan los dogones, en Mali, venían de Sirio. Otra cuestión es saber qué papel exactamente han jugado esos «dioses» en nuestra civilización.

—Han jugado… o juegan, ¿no? —lo tanteé.

—Bueno, como podrá imaginarse —carraspeó—, desde entonces me he interesado progresivamente en los ovnis. De hecho, acabo de terminar de escribir un libro que se titulará Alien Dawn, en el que analizo la posibilidad de que exista vida inteligente en el universo, que esta nos visite y que las abducciones obedezcan a una especie de manipulación genética a gran escala que podría tener que ver con nuestro próximo salto evolutivo.

Miré a Wilson atónito.

—¿De veras cree eso?

—Estoy convencido.

Colin Wilson tenía 67 años, yo 26, cuando me dijo aquello. Él ya había dejado atrás la cúspide de su carrera —alcanzada con The Outsider y Lo Oculto—, pero gozaba de un aplomo y una certeza interior en cada una de sus respuestas que me impactó. Por eso cada vez que contemplo la foto que nos tomamos como recuerdo frente a una de las esfinges del Museo Arqueológico Nacional revivo sus palabras, su atrevimiento intelectual y su severidad al hablar y escribir de lo que verdaderamente importa.

Qué lástima que nos dejara para siempre otro otoño, el de 2013, dejando sin acabar muchos de sus proyectos.