Louis y Temple Abernathy: los niños que recorrieron Estados Unidos a caballo para curtirse

A principios del siglo XX, cuando algunas zonas de Estados Unidos todavía vivían en la época del viejo Oeste, un par de niños huérfanos de madre recorrieron el país de punta a punta montados a caballo.

En 1909, Louis Abernathy y su hermano Temple decidieron viajar desde Frederick, un pueblo del estado de Oklahoma, hasta Santa Fe, en Nuevo México, para, posteriormente, regresar a Frederick. Un trayecto de más de mil cuatrocientos kilómetros que los hermanos Abernathy recorrieron a caballo durante varias jornadas. La hazaña no hubiera sido reseñable si no fuera porque Louis y Temple tenían nueve y cinco años, respectivamente.

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La razón para ese primer viaje fue que su padre, el US. Marshall Jack Abernathy, que acostumbraba a atrapar lobos vivos con sus propias manos, consideraba que sus retoños, que habían perdido a su madre hacía poco, eran demasiado blandos. A pesar de esa razón inicial, después de esa primera experiencia, en 1910 los muchachos decidieron emprender un nuevo viaje a caballo. En esta ocasión el objetivo era conocer a Theodore Roosevelt, un viejo amigo de cacerías de su padre.

Por esas fechas, el ya expresidente de los Estados Unidos estaba realizando una gira por África organizada por la Smithsonian Institution, por lo que la idea de los muchachos era coincidir con él cuando regresase al país una vez concluida esa expedición. Para ello debían recorrer antes de junio de 1910 nada menos que dos mil trescientos kilómetros, distancia que, de nuevo, cubrirían a lomos de sendos caballos y sin supervisión de ningún adulto, aunque con la cobertura constante de los medios de comunicación, que fueron narrando todas las etapas del viaje.

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Una vez en Nueva York, los dos niños fueron recibidos por una multitud que los consideraba héroes y que estaba deseosa de abrazarlos. De hecho, The New York Times, ajeno a la proeza de los niños, escribió un artículo destacando únicamente aspectos anecdóticos como que a Louis y Temple les incomodaban los besos de las fans o que estaban hartos de ver su imagen publicada en todos los periódicos.

Más allá de estas anécdotas, los hermanos Abernathy no solo consiguieron ser recibidos por Roosevelt, sino que lo acompañaron en el desfile de bienvenida que le habían organizado las autoridades de Nueva York, siguiendo, montados a caballo, el automóvil del expresidente. No obstante, cuando llegó el momento de regresar a Oklahoma y recorrer de nuevo esos más de dos mil kilómetros, los hermanos Abernathy prefirieron facturar los animales en un tren y comprarse un automóvil. Aunque iban escoltados por otro coche en el que viajaba su padre, que había ido a recibirlos a Nueva York, Louis y Temple regresaron a casa conduciendo ellos mismos el vehículo, lo que aumentó aún más su leyenda.

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Después de esta segunda hazaña, los Abernathy llamaron la atención de empresas, marcas y productos que se dieron cuenta de que los muchachos podían ser una máquina de hacer dinero. Se escribieron libros sobre ellos y, en 1910, protagonizaron un corto de cine titulado Abernathy Kids to the Rescue, en el que ayudaban a rescatar a una joven secuestrada por un par de bandidos mexicanos. Un año más tarde, aceptaron participar en una nueva aventura organizada por dos empresarios relacionados con el mundo de las variedades y de la feria de Coney Island.

Aprovechando la próxima celebración de unas elecciones presidenciales que enfrentaría a demócratas, representados por un asno, y republicanos, identificados con un elefante, se organizó una carrera en la que uno de los niños iría montado en un burro y el otro en un elefante. Si bien la carrera se celebró, tuvo que anularse a su paso por Filadelfia después de que el elefante quedase exhausto del esfuerzo acumulado.

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Aunque ese proyecto no hubiera salido como estaba pensado, los hermanos Abernathy seguían siendo una máquina de hacer dinero, así que esos promotores de espectáculos les propusieron una nueva aventura que, de haber salido bien, les hubiera reportado diez mil dólares de beneficio. El reto consistía en viajar desde Nueva York a San Francisco, de punta a punta del país, en un máximo de sesenta días sin poder comer ni dormir bajo techo en ningún momento. A pesar de la dificultad, los niños emprendieron en el viaje a lo largo del cual sufrieron infinidad de percances. Perdieron a sus caballos en mitad del desierto, estuvieron a punto de morir de insolación y, si bien en algunos lugares la población les recibía con mesas llenas de comidas colocadas en la calle para que pudieran cumplir con el contrato, en otros sitios donde no sabían quiénes eran, fueron expulsados de malos modos por considerar que eran dos vagabundos. 

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A pesar de esos inconvenientes, Louis y Temple recorrieron los más de cuatro mil quinientos kilómetros en dos días más de lo estipulado, lo que hizo que perdieran la apuesta aunque establecieron un récord pues nadie antes había realizado esa distancia a caballo en tan solo sesenta y dos días.

Cuatro años después de su primera hazaña, los Abernathy llevaron a cabo su última aventura por el país. Junto a su hermanastro Anton viajaron en una motocicleta Indian, marca que patrocinaba el periplo desde Oklahoma a Nueva York, a cambio de que visitasen los concesionarios de la compañía y protagonizaran otros actos publicitarios. Finalizado el trayecto, los hermanos decidieron dejar de dar tumbos por Estados Unidos porque, si bien las condiciones de los viajes habían mejorado en relación a cuando iban a caballo y dormían al raso, se dieron cuenta de que se habían convertido en un producto comercial. De este modo, Louis y Temple, abandonaron los largos viajes a caballo, retomaron sus estudios y, con el tiempo, el primero se convirtió en un abogado de prestigio y el segundo en un empresario del sector del petróleo.

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