Los «discos mágicos» que cambiaron el mundo


Phantoscopios, discos móviles o muertos que cobraban vida. Así fueron los inicios del cine gracias a unos artilugios hoy perseguidos por los coleccionistas

Hoy los vemos más como extraños discos aparentemente sonoros, casi como discos de pizarra coloreados o invenciones antiquísimas que para nada, en principio, tenían que ver con el cine. El nombre original no ayudaba: phenakistiscope, aunque los pioneros del cine pronto se lo aprendieron. En aquellos precarios discos estaba la base de lo que luego sería la animación y los tímidos pasos del cine. Inicialmente, el nombre que tenía estos extraños y hermosísimos objetos, hoy coleccionados a precio de oro, era más apropiado al efecto insólito que lograban: Ilusiones Ópticas o «Magic Panorama Disc». Sus inventores fueron una pareja un tanto extraña, un físico belga y un profesor de geometría austriaco, Joseph Plateau y Simon Stampfer, que fabricaron los primeros modelos en 1832, dando así los primeros pasos de gigante del futuro cine, entonces casi imposible de imaginar.

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El efecto creado era fantasmagórico y absolutamente maravilloso para su época. Los discos cobraban vida como si fuesen GIFs del siglo XIX. Parejas que bailaban, flores que se animaban, hombres que abrían y cerraban la boca. Cualquier cosa servía para dotar de vida lo inanimado y, de paso, influenciar a las mentes que ya pensaban en algo mucho mayor y que uniera todos los secretos, invenciones e ideas un tanto locas de un puñado de personas, a medio camino entre el soñador «loco» y el científico outsider. Tras estos colores y escenas animadas había un duro trabajo de impresión y coloreado. Eran casi siempre litografías que, posteriormente, eran coloreadas una a una a mano, y que solían venderse en cajas que incluían varias animaciones.

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«El público hablaba de algo casi inenarrable, un fetiche divino que conseguía hacer resucitar a los muertos, hablar a los objetos inanimados o confundir a los sentidos en ingeniosos juegos visuales»

Curiosamente, Joseph Plateau nunca registró su invención. Lo que sí hizo fue comercializar su propio set de seis discos para la compañía londinense Ackermann & Co., que al venderlos los presentó con un nombre asociado al mundo mágico: phantasmascope o fantascope. Aún no existía el cinematógrafo, obviamente, por lo que se exhibían y proyectaban usando las técnicas propias de la linterna mágica, el objeto definitivo para la creación de ilusiones. El éxito fue inmediato. El público hablaba de algo casi inenarrable, un fetiche divino que conseguía hacer resucitar a los muertos, hablar a los objetos inanimados o confundir a los sentidos en ingeniosos juegos visuales. El siguiente paso era multiplicar aquellos efectos. El phantoscopio como aparato, que se usó por vez primera en Richmond, Indiana, el 6 de junio de 1894. Sin embargo, aquel aparato que sorprendió al mundo tenía un antecesor en Étienne-Gaspard Robert y sus fantasmagorías, el hombre que consiguió «devolver» a la vida a reyes guillotinados o revolucionarios ajusticiados en los postreros días de la Revolución francesa, provocando gritos de pánico y algún que otro desmayo. Nacía así el antecedente del cine de terror contemporáneo.

Y el «phantamascope» se hizo música

La belleza de aquellos discos mágicos alcanzó también al nacimiento de la industria discográfica, aunque de forma tardía. En 1956, con el boom de los vinilos de rock and roll en auge, la compañía Red Raven Movie Records comercializó varios discos de 78 RPM en los que usó la superficie para crear ilusiones ópticas similares. En uno de estos discos, el resultado es excepcional. Como si fuese una cafetera real, se usó su superficie para reflejar espectralmente la ilustración del disco creando un artefacto único que actualmente es perseguido por coleccionistas de todo el mundo. Esta vez no hubo desmayos. El cine ya comenzaba con sus producciones más ambiciosas, pero en los compradores provocaba un efecto que le hacía retornar al tiempo en que cualquier persona caía rendida ante lo insólito y maravilloso.

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