¡Londres en guerra! Los falangistas nos descubrieron a los teddy boys

Imperio, un periódico falangista, publicó en 1955 el primer artículo sobre los sorprendentes teddy boys, la reciente subcultura proletaria londinense: «En el fondo, se trata de la reacción de un complejo de inferioridad», afirmaba

El 28 de septiembre de 1955, Imperio, el Diario de Zamora de La Falange Española y de las JONS, en su sección internacional, publicó el que posiblemente sea el primer artículo en España sobre un fenómeno que entonces llevaba existiendo muy poco tiempo. El titular rezaba: «Muchachos que visten a moda eduardina ocupan la actualidad londinense. Se les llama “teddy-boys” y padecen la consecuencia de un complejo de inferioridad social».

 Portada de  Imperio  en 1951

Portada de Imperio en 1951

En Londres, el nacimiento más o menos oficial del teddy llegó por la prensa. En septiembre de 1953 un titular del periódico Daily Express empleó la expresión «teddy», como diminutivo de «edwardian», la moda inspirada en Eduardo VII (1901-1910). Nacía así la primera y gran subcultura londinense y proletaria de la posguerra. En realidad, eran tan solo un puñado, algunos de ellos metidos en la pequeña delincuencia, y ni tan siquiera en aquel año de 1955 eran numerosos. Podías ver algunos grupos en los barrios del este, en lugares como Elephant Castle, y en otros, pero la publicidad que se les dio no se correspondía al número. Posteriomente, se popularizaría rápidamente. En 1955, el periódico falangista escribió sobre los teddy boys cuando estos eran aún una gran novedad en la capital inglesa y únicamente habían pasado dos escasos años desde su aparición.

 Una pareja de teddy boys en Londres (1955). Fotografía: Ken Russell

Una pareja de teddy boys en Londres (1955). Fotografía: Ken Russell

«Guy Bueno escribe sobre lo que ha visto personalmente. Ha visto a grupos de teddys. Bueno se da de bruces con la nueva horda. Y lo narra»

Imperio apareció diariamente desde octubre de 1936 hasta 1963, año en que salió su último número, con una nota a los lectores en la que se explica que, a partir de entonces, se funde con El Correo de Zamora. Este pionero artículo sobre los teddys estaba firmado por el periodista y director de cine Guy Bueno (1913-2012). Escribe sobre lo que ha visto personalmente. Ha visto a grupos de teddys. Bueno se da de bruces con la nueva horda. Y lo narra. Años antes de morir escribió esto: «Yo veo las cosas como un médico, sin tomar parte. He vivido las purgas estalinistas y su censura. Me detuvo la Falange. Soy un tipo raro, a los 14 años escribí algo que solo aceptó el Teatro del Proletariado. Me marché de España a Ginebra siendo alférez provisional. No soy infrarrojo, soy ultravioleta y mi gran aforismo es respetar y admirar a quien busca la verdad, pero desconfiar de quien asegura haberla encontrado». Bueno, a mediados de los años cincuenta, publicó noticias en la prensa del régimen mientras vivía en Inglaterra.

 Chicos y chicas teddys. Fotografía: Getty Images

Chicos y chicas teddys. Fotografía: Getty Images

Muchachos que visten a moda eduardina ocupan la actualidad londinense. Se les llama «teddy-boys» y padecen la consecuencia de un complejo de inferioridad social

Londres (Crónica de nuestro corresponsal)

«Un Teddy-Boy ataca a una vieja estanquera para desvalijarla». «En una riña entre Teddy-Boys, un muchacho quedó herido de una puñalada». Desde hace muchos meses, noticias como estas han aparecido con cada vez mayor frecuencia en los diarios ingleses. ¿Quiénes son estos Teddy-Boys? A decir verdad, injusto sería atribuirles el monopolio del gamberrismo o considerarlos como los prototipos de los delincuentes juveniles de la postguerra. Después de una encuesta que me ha llevado a los barrios populares londinenses, la primera conclusión a la que he podido llegar es que si un joven delincuente resulta ser un Teddy-Boy, esta última calidad —que por cierto influye a menudo en la severidad de los jueces— se añade tan solo a sus demás características, pero no es la razón esencial de su tendencia a la delincuencia. Con otras palabras, el muchacho, además de ser un delincuente, es también un Teddy-Boy.

«He visto a los Teddy-Boys en los “Milk Bars”, los he encontrado en grupos ociosos al caer de la tarde, los he observado paseándose por Battersea. No cabe duda de que su aspecto es curioso»

 Dos teddy boys en Londres (1976). Fotografía: Chris Steele-Perkins

Dos teddy boys en Londres (1976). Fotografía: Chris Steele-Perkins

La gran mayoría de los Teddy-Boys la constituye, en efecto, son solo unos sencillos, honrados y pacíficos hijos de obreros que, un buen día, decidieron vestirse a la moda eduardina. Y de ahí, por cierto, el sobriquete. He visto a los Teddy-Boys en los «Milk Bars», los he encontrado en grupos ociosos al caer de la tarde, los he observado paseándose por Battersea. No cabe duda de que su aspecto es curioso. Visten pantalón estrecho, pegado a las pantorrillas, chaqueta larga con pequeña y alta solapas, llevan la melena abundante y, a menudo, artificialmente y artísticamente ondulada. Tienen, por lo general, estos muchachos entre dieciséis y dieciocho años. Suelen pasar las veladas bebiendo inocentes limonadas o naranjadas, y a su abstención del alcohol cabe añadir también una tendencia a rehuir el trato de las muchachas de. su edad. En el fondo parecen ser unos jóvenes que se aburren, que no saben qué hacer de su existencia, que viven en una especie de vacío tan vacío como el que llevan, por cierto, por dentro. La verdad es, en efecto, que fuera de su caprichosa manía vestimentaria, estos jóvenes no parecen tener otros intereses, inquietudes o curiosidad.

Realmente, la moda eduardina no empezó con ellos. Todavía recuerdo cómo, cuando Isabel II subió al trono, hubo una tendencia entre la aristocracia y la alta burguesía de la isla a volver a la era isabelina primera. Los modistos y costureros londinenses lanzaron entonces la moda isabelina para las ladies, y los sastres lanzaron la eduardina para los «gentleman». Vi, por aquellos tiempos, en el barrio elegante de Mayfair, a más de un joven dandy con el ahora tan criticado pantalón estrecho y la chaqueta larga. Muy pronto, sin embargo, los dandies se enteraron de que los hijos de los obreros imitaban el vestuario. Los burgueses y los aristócratas ingleses abandonaron entonces la curiosa vestimenta. Los hijos de los obreros se apoderaron en exclusiva de ella.

 Teddy boys en Londres (1976). Fotografía: Chris Steele-Perkins

Teddy boys en Londres (1976). Fotografía: Chris Steele-Perkins

«Hoy por hoy, el Teddy-Boy gira en redondo sin saber hacia dónde encaminar sus pasos; bebe su limonada en los "Milk Bars", se deja crecer el pelo, luce sus pantalones estrechos y la larga chaqueta»

 

¿A qué se debe el fenómeno? Quizá encontremos una explicación en el hecho de que esta juventud obrera isleña, madurada en el estado providencial de la postguerra, ha querido romper la barrera que la separaba de la pequeña burguesía inglesa, adoptando un vestuario burgués. Prácticamente, el obrero de la isla gana hoy el mismo sueldo que el empleado, disfruta del mismo nivel de vida, enarbola la misma antena de la televisión y padece las mismas estrecheces o sufre bajo los mismos problemas. La única diferencia real fue, hasta ayer, el traje. Esta diferencia la han barrido los Teddy-Boys. Subconscientemente, quizá, quisieron distanciarse de su clase, y creyeron poder dar el último salto, adoptando el traje del «escalón» más arriba. En el fondo, se trata de la reacción de un complejo de inferioridad. Pero esta reacción no hubiese venido, probablemente, sin el vacío en que se mueven estos muchachos. Carentes de verdadera personalidad, la buscaron en el corte, de sus trajes. Su vacio se debe posiblemente al hecho de que desde que salen de la escuela, a los dieciséis años, hasta que entran, a los dieciocho, en las filas del Ejército, estos muchachos no saben qué hacer de su existencia. Son dos años inútiles de espera, en los que no cabe empezar a aprender un oficio para tener que abandonarlo, casi en seguida, para «servir a la reina». La solución sería, quizá, aplazar la entrada a quintas hasta los veinte o veintiún años de edad, como suele ser la regla en el continente europeo, y darles así el tiempo para hacerse hombres y aprender a asumir las responsabilidades del ser adulto. Hoy por hoy, el Teddy-Boy gira en redondo sin saber hacia dónde encaminar sus pasos; bebe su limonada en los «Milk Bars», se deja crecer el pelo, luce sus pantalones estrechos y la larga chaqueta con solapilla pequeña y cuello de terciopelo. Y se aburre. Pero —eso sí— tiene la impresión de aburrirse, como un señorito.