Las chicas de la Tribu del Trueno

Fotografías: Bill Ray para LIFE

Tras el escándalo de Hollister, en 1947, cuando cientos de motoristas aterrorizaron la ciudad tras un evento deportivo que acabó con graves disturbios, Otto Friedli, uno de los fundadores de los Pissed Off Bastards of Bloomington, entonces con la mayoría de edad recién cumplida, decidió dejar el club. El cisma producido por el repudio público de casi toda la comunidad motociclista más o menos oficial, al aliarse con la prensa y las autoridades para intentar limpiar su imagen, condujo al aislamiento de varios cientos de motoristas forajidos. Los de Bloomington desaparecieron, sucumbiendo ante la presión. Su aventura había durado solo un par de años. La escena mutaba hacia otra cosa mucho más agresiva y violenta.

No todo fueron movimientos dirigidos a aislar a los motoristas violentos. Ahora eran famosos. Todo el país hablaba de ellos. Pensábamos que el Mal era algo pasajero, pero desde aquí podemos ver la luz de las hogueras. Muchos motoristas, como Friedli, querían marchar de cabeza a esa guerra. Fue entonces cuando tanto él como algunos más, la mayoría viejos miembros de otros clanes y también nuevos reclutas recién llegados, decidieron ir por libre. Su decisión arrastró a muchos más. Se reunieron el 17 de marzo de 1948 en Fontana, San Bernardino, la mayoría eran hobos, nómadas sin plan de viaje ni hoja de ruta, gente acostumbrada a vagar de un lado a otro con lo puesto y siempre de prestado para luego salir pitando a la primera de cambio. Su estilo de vida era rehuir a la ley. Odiaban a la autoridad y no confiaban en nadie. Un gran número de ellos habían sido veteranos de guerra. De pronto, descubrieron algo que les cambió la vida: no estaban solos.  Se llamaron Ángeles del Infierno.

Friedli y sus nuevos compañeros tomaron el nombre del Escuadrón 303 de la Aerotransportadora que durante la Segunda Guerra Mundial había volado a bordo de B-17s y que, a partir de la cuarta o quinta misión que realizó, fue conocido como los Ángeles del Infierno. Entre mayo y diciembre de 1943 el escuadrón acabó con éxito cuarenta y ocho misiones. Ningún miembro de la compañía estuvo implicado en la fundación del primer capítulo de los Ángeles del Infierno, salvo un veterano piloto llamado Arvid Olsen, que mantenía amistad con varios forajidos. Tampoco tuvo influencia alguna el hecho de que durante los años veinte existiese un club con el mismo nombre, del que poco o nada se sabe, y que incluso fue admitido por la AMA. Probablemente fue Olsen quien sugirió a los forajidos aquel nombre y hasta la elección del color rojo y blanco del emblema («El fondo blanco de las letras rojas pronto empezó a cubrirse de mugre y sangre de las muchas peleas de bar que siguieron», confesó un antiguo Ángel a Hunter S. Thompson). También influyó la célebre película producida por Howard Hugues Ángeles del Infierno (1930). Como nombre comercial y terrorífica carta de presentación, era insuperable. Era un buen comienzo, y también la mejor forma de volver a tener un hogar.

Cuando a finales de los cincuenta Sonny Barger se convirtió en el Presidente del capítulo de Oakland e inmediatamente declaró la guerra a los de San Francisco, se impuso la norma que advertía que las mujeres no podían pertenecer al club. Esta norma y la misma visión hipermasculinizada de los grandes clanes sobre ruedas, se ha mantenido hasta nuestros días, pero al principio, durante los primeros años, no fue realmente así.  

Aquellos primeros pioneros, los pertenecientes a los capítulos de San Bernardino o San Francisco, se permitieron gestos que luego se volvieron imposibles. Uno de estos fue la presencia de mujeres como miembros de pleno derecho del club (existen algunas fotografías, hoy extrañas piezas y antiguallas, donde puede verse a mujeres Ángeles vistiendo los colores). Es cierto que los casos de Leila, esposa de Sadilek, líder de los de San Francisco, elegida secretaria del club, y algunas otras, surgieron por el estatus asumido por sus hombres, pero no había ninguna norma que prohibiese a las mujeres ser parte del clan. Simplemente, nadie había planteado esta cuestión. Leila no fue la única. Keata, esposa de Bobby Zimmerman, presidente del capítulo de San Bernardino, también pertenecía al club y en las salidas rodaba junto a él. Ambos compartieron un mismo destino trágico: primero cayó Bobby y años después, durante un accidente de carretera, le llegó el turno a Keata.

Aparte de estos casos, la presencia de mujeres en el mundo forajido era prácticamente inexistente. Eran «propiedades» de la banda, meros objetos de un elitista club de hombres que se movía a bordo de choppers, máquinas reducidas a la mínima expresión y que, al verlas, te preguntabas cómo diantres podían moverse y alcanzar esa potencia. Todas esas viejas Harleys del 48, 49 y 51, transformadas y destripadas, convertidas en raquíticos objetos de culto, pero espectaculares, con sus horquillas imposibles, respaldos interminables y guardabarros inexistente, eren la expresión del sistema de clases en los clubs.

Uno de los pocos documentos en los que puede verse a mujeres Ángeles del Infierno es una serie de fotografías fechadas en 1965 por Bill Ray para LIFE. Los miembros del capítulo original de los Ángeles del Infierno, el de San Bernardino (Berdoo), fueron acompañados por Ray, que los retrató rodando, repostando o en bares. La banda se había convertido en el clan motorista más temido de Estados Unidos y el mundo entero. Eran locos, inestables, violentos. A su paso sembraban el terror. Ray, con su habitual destreza, capturó aquel ambiente y visibilizó la increíble presencia de las mujeres del club, que no eran miembros sino acompañantes, propiedades exclusivas de sus miembros, pero que formaban una pequeña pandilla dentro de algo más grande con una imagen absolutamente rompedora.

Posiblemente, fueron ellas las pioneras en una imagen mucho más agresiva y enigmática en la primera mitad de los sesenta, adelantando lo que sucedería luego, a comienzos de los setenta.