La disciplina


«Ese “o dejas de grabar o te mato, maricón” lo conocemos bien. Lo llevamos escuchando vidas enteras. Es la coletilla de la inmunidad patriarcal de grupo, como el “zorra”, el “puta” o el “guarra”. Es la palabra que suena al click que abre la puerta al abuso»

El aire y el agua se han vuelto tan turbios, tan insalubres, que apenas queda la posibilidad de la bocanada. Ni respirar ni beber podemos. La condición de víctima compite por dejar de verse a sí misma como tal, como si la vergüenza fuese peor que los golpes o que la muerte. Esa, que es la dialéctica del padre, se nos ha hecho médula y batallamos como furias para no vernos a nosotras mismas como lo que somos, cuerpos y dignidades machacadas.

Admitir que nos hacen daño, que la vida nos duele, que tenemos miedo y que necesitamos ayuda desesperadamente no nos convierte en seres derrotados, ni en criaturas gregarias a merced del monstruo que nos hostiga. Vivimos a la contra desde que nacemos y, de momento, hasta que nos vamos de este mundo. Pataleamos en el barro, en un río medio muerto en busca de la salvación sin entender que no podemos hacer más que lo que hacemos, que es el resto del mundo el que debe de cambiar. Asumir la dialéctica de la lucha, desde la condición de víctima de violencia estructural apenas sirve más que para abrir la puerta a la frustración, a la culpa y al fracaso. Las mujeres y las personas LGTBIQ soportamos, avanzamos, nos apoyamos y plantamos cara, qué otra cosa podemos hacer. Tomamos las riendas de nuestras existencias en tanto que una superestructura nos lo permite y desde ahí, con todo lo que tenemos, con lo que nos han hecho, mantenemos nuestras vidas tan preciosas y tan precarias.

Amigos de Samuel en la concentración del pasado 5 de julio. Fotografía: óscar Górriz (El Salto)

Amigos de Samuel en la concentración del pasado 5 de julio. Fotografía: óscar Górriz (El Salto)

«Las palabras importan. Las que se eligen para contar algo conforman un relato que, repetidas las suficientes veces y con la debida difusión, se transforma en memoria, que al cabo es lo que somos»

Luchar, pelear, batallar son verbos que pasan necesariamente por que sea cosa de dos hacerse cargo de esta situación de violencia y acabar con ella. También extraen de alguna manera la responsabilidad a los criminales y hasta, en un sentido épico, describen la situación como una balada en la que debe existir un mal legítimo para que el héroe forje su camino del honor y la virtud.

Esto es basura. Dialéctica y política. Así como toda apelación al carácter fortuito de la violencia machista. Las excusas, sean la salud mental —siempre a mano para estigmatizar a conveniencia—, la naturaleza agresiva de algunas personas o la provocación de quien recibe los palos, son la verbalización de una agenda política, su sostén y el tamiz que hace pasar a una estructura criminal como algo inevitable que no es responsabilidad de nadie. Las palabras importan. Las que se eligen para contar algo conforman un relato que, repetidas las suficientes veces y con la debida difusión, se transforma en memoria, que al cabo es lo que somos. Parece seguro que la agresión que acabó con la vida de Samuel, su asesinato, empezó por un malentendido con su teléfono móvil, el asesino creyó que Samuel les estaba grabando a él y a su novia cuando en realidad estaba en una videollamada con una amiga. Dejar esto aquí, como un hecho desafortunado en el que la violencia se va de las manos, nos tranquiliza como sociedad, despeja las aceras de curiosos y nos manda a casa con la seguridad de que a veces la vida se tuerce y debemos dar gracias de que no nos haya tocado. Políticamente es tan infalible como hipnótico. El sometimiento que el patriarcado ejerce sobre cuerpos de mujeres, y resto de sujetos no patriarcales, sigue su curso con la inevitabilidad de la bruma.

Concentración en Madrid por el asesinato de Samuel. Fotografía: Edu León

Concentración en Madrid por el asesinato de Samuel. Fotografía: Edu León

«La paliza, el asesinato, son el disciplinamiento a una masculinidad fallida. Y no hay nada más político que esto. Es un acto de guerra. Pura colonización de cuerpos»

Un sistema de dominación y disciplinamiento físico y económico que sostiene el mundo, semejante molicie, necesita muy poco para vencer en el relato. Su doctrina se repite inmisericorde como campanadas de las que solo percibimos la vibración. Las cosas son así. La vida es así. Parece inercia.

Pero, la vida no es así, la vida nos la hacen así. La vida nos la han cortado a medida para someternos. Lo cierto es que mientras golpeaban a Samuel le gritaban insultos homófobos y eso no puede quedarse fuera del relato porque es la clave. El móvil es la chispa, la homofobia —la corrección— es el móvil. A Samuel probablemente le leyeron como un cuerpo no patriarcal en los primeros gestos, quizá su forma de moverse, quizá su estética, quizá su pluma. La paliza, el asesinato, son el disciplinamiento a una masculinidad fallida. Y no hay nada más político que esto. Es un acto de guerra. Pura colonización de cuerpos.

Escribo esto sola, lejos de casa, en una situación de fragilidad. Nada grave en lo personal, nada que no sea necesario. Estas últimas noches, alejada de mi entorno habitual, tengo tiempo para pensar, sobre todo para recordar. En el año 99 me agredió una cuadrilla de nazis liderada por un tipo al que llamaban «el Marrano». Serían ocho o diez. Me asaltaron en un tramo de los bajos de Argüelles —una zona de bares de Madrid junto a la estación de Moncloa—. Lo primero que me llamaron fue maricón. En aquella época estaba en bastante buena forma y aun así no tuve la mínima oportunidad de huir. Me pegaron tanto y tan fuerte que dejó de dolerme enseguida. Solo escuchaba un zumbido y palabras sueltas. Maricón todo el tiempo. Puta. Maricón. Puta.

Fue durante una de aquellas pocas noches en las que me permitía salir sola con una estética completamente feminizada. Las organizaba con mucho cuidado, el armario aún era pesadísimo entonces y la doble vida era una auténtica disociación.

Les ahuyentaron un grupo de taxistas. Me llevaron al hospital y allí pasé la noche. Como era mayor de edad e insistí, no avisaron a nadie. El equipo médico cursó una denuncia sin mi consentimiento. La policía me tomó declaración como si estuvieran preguntando por una discusión vecinal y poco más. Con el tiempo hubo consecuencias legales, pero esa es otra historia.

Concentración el la Puerta del Sol de Madrid por el asesinato de Samuel. Fotografía: Álvaro Minguito (El Salto)

Concentración el la Puerta del Sol de Madrid por el asesinato de Samuel. Fotografía: Álvaro Minguito (El Salto)

«Las mujeres y las personas LGTBIQ sabemos que esta historia es solo una más dentro de las experiencias de nuestros cuerpos en régimen de sometimiento y que tales cuentos macabros no son precisamente rarezas»

Solo quería desaparecer. A cada persona de mi entorno le dije que estaba en un sitio diferente. Durante días. A la familia, a mis amigas y a mi pareja. Como dice Carmen María Machado: el miedo nos convierte en mentirosos. Tanto miedo y tanta vergüenza hicieron de mí una fenomenal mentirosa durante décadas.
Pagué más de una semana de hostal para no tener que volver a casa tan marcada
. Cuando lo hice aún tenía bien visibles las consecuencias de la agresión. Dije que me habían intentado robar unos rumanos. El racismo era más fácil que la verdad. Me comporté como una persona repugnante para no cargar con el señalamiento que hubieran supuesto mi falda, mis tacones y mi maquillaje. Eso ya lo había aprendido tiempo atrás.

Estaba asqueada por mentir, siempre mentir, avergonzada por convertir mi miedo en un acto de supremacismo blanco, humillada hasta la arcada y completamente sola.

Las mujeres y las personas LGTBIQ sabemos que esta historia es solo una más dentro de las experiencias de nuestros cuerpos en régimen de sometimiento y que tales cuentos macabros no son precisamente rarezas. Las vías de escape para alejarnos de la culpa pueden llegar a ser realmente retorcidas. Es lo que hacemos con lo que nos hacen.

El relato de la provocación está inoculado en los cuerpos sometidos por el patriarcado desde el nacimiento. Debemos aprender una complicadísima rutina de comportamientos desde que somos pequeñas para no despertar al dragón. Y si finalmente sucede —siempre acaba sucediendo— entender que es nuestra torpeza o nuestro mal hacer lo que nos ha delatado y debemos aceptar su disciplina.

No se puede vivir así. No se debe.

Ese «o dejas de grabar o te mato, maricón» lo conocemos bien. Lo llevamos escuchando vidas enteras. Es la coletilla de la inmunidad patriarcal de grupo, como el «zorra», el «puta» o el «guarra». Es la palabra que suena al click que abre la puerta al abuso. La normalización de la vejación desde que aprendemos a hablar y sobre todo a escuchar. Descargar estas palabras de sentido, se haga con conciencia de lo que se hace o no, apuntala un sistema de violencia contra nuestros cuerpos y de reeducación a nuestras naturalezas, intimidades, instintos y elecciones. Todo titular en prensa arrebatando el significado político a un hecho tan claro como apalear hasta la muerte a alguien a quien, además, se le están escupiendo encima motivaciones patriarcales junto a los golpes, es cómplice necesario de la propaganda machista y la fortalece. Toda omisión de denuncia y apoyo público por parte de quienes tienen el privilegio de una tribuna, es colaboracionismo de la peor clase. La elección de violencias sobre las que ponerse de perfil en función del capital social que nos aporten deja al descubierto quiénes somos. La política de unas pocas sobre cuerpos en régimen de sometimiento, subalternos*, aún calientes, es un comportamiento enfermizo y la peor elección política. Es mancharse las manos de sangre. De la de todas. La que enturbia nuestras aguas y emponzoña nuestro aire.

Cargas y detenciones en la concentración de Madrid. Fotografía: Sergio Beleña

Cargas y detenciones en la concentración de Madrid. Fotografía: Sergio Beleña

«La violencia vicaria que sufrirá de por vida Beatriz Zimmerman, la que acaba con la vida de mujeres cada día, la que se ha llevado por delante la vida de Samuel, son la misma, la que aplica el patriarcado para sostener a los hombres como unidad de todas las cosas y usufructuarios de todo lo que tienen a su alcance. Sea cual sea su clase»

Mi cuerpo ha sido atravesado por la coacción física y sexual patriarcal. Algunos hombres han hecho de mí su campo de juegos, algunos que decían quererme mientras lo hacían y que, años después, seguirán creyendo que decían la verdad. He sido disciplinada en tanto que existencia marica de la peor forma. He escuchado los relatos de otras mujeres, de otros cuerpos en régimen de sometimiento patriarcal y no he encontrado diferencias entre nuestras violencias y nuestros marcos de opresión. Solo matices que pertenecen al campo de lo morboso. La violencia vicaria que sufrirá de por vida Beatriz Zimmerman, la que acaba con la vida de mujeres cada día, la que se ha llevado por delante la vida de Samuel, son la misma, la que aplica el patriarcado para sostener a los hombres como unidad de todas las cosas y usufructuarios de todo lo que tienen a su alcance. Sea cual sea su clase.

Y si no fuese así, si hubiera que diseccionar la violencia machista en subtramas, la política de alianza entre subalternas siempre será más constructiva, más cálida, más tierna que el empeño en conservar parcelas de poder en el vertedero de la historia.

Las estructuras, los marcos que sostienen las violencias, especialmente la machista, las conformamos personas y todo acto de demolición de lo injusto, cuenta. Desde las palabras que dejamos de usar, los ejemplos que damos, ante quien decimos basta y con quién establecemos alianzas. La inercia es atroz, pero hay espacios de elección que pueden acabar siendo grietas en el corazón de la bestia. La política de las acciones, por pequeñas que sean, puede decidirlo todo. Sería interesante reflexionar cuáles debilitan al gran Moloch y cuáles lo fortalecen.

Somos nuestra memoria, el relato de nuestras acciones y sus consecuencias. Nada positivo hay en el martirio de las nuestras, de las que caen cada semana a manos de sus parejas o de los que derraman su sangre por traicionar el mandato de la masculinidad. Sí en su memoria, que no le pertenece a nadie que quiera enterrarla en el silencio. Las mujeres, las maricas, las inválidas, las disciplinadas no vamos a olvidarnos nunca de las que ya son genealogía. Ni vemos con vergüenza nuestra condición de víctimas. A nadie debemos lucha, dignidad ni toda esa dialéctica de mariscales. Empedraremos nuestro camino a la libertad con toda esta violencia. Lo recordaremos todo y lo contaremos como fue. Pasaremos la palabra y juntas, sin nombre, sin pedestales, seremos inmortales.

Descansa en paz, criatura. Lo siento muchísimo.

 * En teoría feminista y poscolonial es un concepto acuñado por Gayatri Spivak, crítica teórica y feminista poscolonial india a la que os recomiendo encarecidamente que os aproximéis.

Fotografía de la portada: Sergio Beleña

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