Grant Hart y la entrada de los 3000 dólares

El músico Dani Llamas conoció al ex Hüsker Dü y nos brinda este hermoso testimonio de atracos, emoción y derroche de talento, que nos envió tres días antes de su muerte. Así era el enorme Hart...
 


Como un gallo agarrado firmemente por el pescuezo, a punto de ser sacrificado, que vomita en el aire un cacareo inútil, que resuena en el vacío. Así lo recuerdo. Un cuchillo enorme, de esos de abrirse paso entre la maleza, aceitunero, hendido en el cuello tenso de aquel hombre. Cuanto más me acercaba, más lo apretaba el malhechor, y esto me hacía retroceder. Mientras, indefenso, el hombre, que se llamaba Grant, y era mi compañero en aquella gira, pedía ayuda a la desesperada, y cada vez gritaba más fuerte «Help!». Aquellos tipos, el que llevaba el cuchillo y su secuaz, usaban gafas oscuras de esas envolventes, de «pastillero». El agresor era muy alto, y se abalanzó directamente sobre Grant. El compañero se quedó apartado a un par de pasos, vigilando la escena. Estaba clarísimo que nos habían seguido durante un buen rato y esperaron el momento perfecto para perpetrar el ataque. 

 Grant Hart en julio de 2017. Fotografía: Emmet Kowler / MPR

Grant Hart en julio de 2017. Fotografía: Emmet Kowler / MPR


La situación, un par de horas antes, era completamente idílica. El Mirador de San Nicolás, en Granada, en uno de esos días calurosos de febrero, es un sitio concurrido. Los herederos de Washington Irvin, viajeros románticos, coexisten con algunos flamencos y hippies que forman corrillos alrededor de puestos donde se venden pulseras y collares de cuero y bolsos. Posiblemente en alguna de las esquinas de la plaza alguien rasgueara una guitarra, y puede que en algún otro rincón alguien estuviera bailando un diábolo. 
Habíamos llegado temprano a Granada, provenientes de Algeciras, donde habíamos tocado la tarde anterior. No sé por qué, pero tuve la genial idea de que camináramos por las estrechas calles del Albaicín para desembocar en aquel sitio, y así poder divisar la Alhambra en su descomunal grandeza. Total, se trata de coleccionar recuerdos que se impregnan con fuerza en la retina, sobre todo cuando estás yendo de una sala a otra, cuando todas las habitaciones de hotel parecen en realidad la misma. 
Entiendo que mi plan había resultado un éxito, porque en aquel ambiente y con aquellas vistas, Grant estaba muy feliz, y así me lo hacía saber. En un momento dado, se me acercó para preguntarme si me parecía buena idea comprar unas latas de cerveza para unos hippies que tocaban la guitarra en un corro. Yo no vi ningún inconveniente en aquella idea, y entonces se dirigió al kiosco y sacó de su bolsillo un buen fajo de billetes, de entre los cuales, torpemente, seleccionó uno de diez euros para pagar las cervezas. Luego se acercó a aquellos chicos, que charlaron con él durante unos segundos, y pude contemplar como Grant volvía a mi posición con cara de absoluta satisfacción. De la misma manera que yo pude observar todo aquello desde una distancia mediana, al menos uno de aquellos dos tipos, malhechores, también lo hizo, de eso estoy completamente seguro. Nos fuimos a comer muy cerca de allí, y luego tomamos un café en una plazoleta adyacente. Habían pasado al menos dos horas desde que abandonamos el mirador, desde que le dimos la espalda a la Alhambra. 

Grant Hart en julio de 2017. Fotografía: Emmet Kowler / MPR

Apuramos los cafés y nos dirigimos a un pequeño ensanche, una cuesta donde sí pasan los coches, y allí nos quedamos parados sobre los adoquines, esperando a un taxi que nos llevara directamente al teatro donde ya nos requerían para hacer las pruebas de sonido. 
Y en ese impasse de espera, con el sol de febrero y la digestión convirtiéndonos en plomo, por sorpresa, de la nada, aparecieron dos tipos muy violentos. 

«Sabía que Grant llevaba un fajo y, cuando quise reaccionar, ya le había colocado aquel machete en el cuello mientras repetía con vehemencia su mantra: “Dame el dinero, ¡vamos!»


El alto con gafas envolventes no vaciló ni un segundo; sabía que Grant llevaba un fajo y, cuando quise reaccionar, ya le había colocado aquel machete en el cuello mientras repetía con vehemencia su mantra: «Dame el dinero, ¡vamos!». Resistirse fue inútil, y en un par de segundos, quizá unos cuantos más, se habían esfumado de allí con el botín de toda la gira de mi compañero, es decir, unos tres mil dólares. Desaparecieron como la bruma por aquellas callejuelas.
El escenario de la tragedia, toda vez que aquellos tipos lo abandonaron, era un contraste entre nuestras caras de asombro, la hiperventilación de Grant, la curiosidad de los pocos testigos que lo contemplaron todo, y unas sirenas lejanas que se iban convirtiendo en pasos de una pareja de policías locales que se apresuraron en llegar, aunque no se recuerde bien quién les llamó. 
Después de decidir no ir a comisaría en ese momento y optar por retomar la agenda del día, que implicaba irnos directos al teatro, observé cómo Grant, ya en el taxi, iba metamorfoseando su asco en venganza, como un gusano dentro de un capullo de seda en movimiento, que pronto iba a convertirse en polilla. 

 

«Creo que tengo pensada una entrada a escenario que bien vale por el dinero que me han robado esta tarde. Es la entrada de los 3000 dólares»


Cuando llegamos a la sala, enseguida me di cuenta de que mi compañero había digerido completamente el mal trago que acababa de vivir hacía una hora. Había en él un gesto de gracia, de perdón, como un cristo redentor que acostumbra a llevar el peso del mundo a sus espaldas. Sus cejas de miedo pasaron a ser cejas de complacencia, y con cada minuto que pasaba se convertían en cejas de gratitud.
Para colmo, en la sala me esperaban dos cajas llenas de mi disco Minor Epic recién llegado de fábrica, con lo que estuve distraído un buen rato abriéndolo, mirándolo, tocándolo, reconociéndolo mientras Grant probaba sonido.
Mis pruebas de sonido suelen ser muy rápidas, básicamente se trata de comprobar que suena la guitarra y que funciona el micro con el que canto. 
En cuanto lo dejé todo preparado me dirigí al camerino de aquel teatro, un buen rato antes de que abrieran puertas. Era un teatro moderno, muy nuevo, de instalaciones amplias y laberínticas, y recuerdo que el personal era muy agradable. Poco después las puertas se abrieron y el público empezó a llegar, saludé a algunos amigos, y entré en el camerino cuando faltaban diez escasos minutos para que comenzara mi concierto. Entonces Grant se me acercó, con algo de comida, y una de sus sonrisas socarronas, irónicas, como si fuera el mismísimo Cheshire Cat. 
 —Dani, creo que lo tengo —Me dijo. 
 —¿Cómo que lo tienes? —Le pregunté. 
 —Creo que tengo pensada una entrada a escenario que bien vale por el dinero que me han robado esta tarde. Es la entrada de los 3000 dólares. Cuando acabes de tocar te lo explico — Y me dejó a solas en aquella habitación. 

Intuyo que se me olvidó toda esa loca parrafada nada más salir a tocar. 
Mi concierto fue bien, recuerdo que fue uno de los mejores de esa gira, estaba tranquilo y condensé perfectamente mis 30 minutos haciendo también alguna canción nueva, y noté que gustaba porque el público aplaudía con mucha fuerza desde la oscuridad de sus butacas. Aquel día, aprovechando la situación de que los asistentes eran rehenes de su propio silencio, acabé con «Tied Hands», desenchufándome y cantándola a pulmón, sin micro, sentado desde el borde del escenario. Un viejo truco que, a veces, me salía bien. 
Una vez echado el telón, me apresuré a recoger mis cosas, y entré rápidamente en el camerino, donde me esperaba Grant con un «That was a great show, Dani». «Thanks, I really appreciate it», le contesté mientras me secaba el sudor y tomaba asiento. «Necesito que me prestes atención un segundo, te voy a explicar lo que he estado pensado esta tarde. Si me sale bien, quedaré en paz con lo del robo». Grant acabó su explicación y salió del camerino. Llamó a un técnico para que le acompañara a la puerta trasera del teatro sin ser visto. 
Entonces me dispuse a hacer lo que me pidió. Y ocurrió algo mágico. Ni siquiera quise mirar otra vez al público, ya un tanto impaciente por ver en persona a una de las dos cabezas creadoras de Hüsker Dü, un mito del underground, uno de aquellos sastres de hilo invisible que nos transportaba desde tugurios mugrientos y conciertos en casas particulares en el frío Minneapolis en los primeros años 80, hasta aquella explosión generacional que la industria, diez años más tarde, etiquetó con el adjetivo de «alternativo».

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Encendí el amplificador de Grant, y me acerqué sigilosamente hasta su guitarra, una Epiphone de caja, de color rosa, que olía a madera quemada, y que, según supe, había sido de lo poco que pudo salvar de un incendio en su propia casa dos semanas antes de la gira. El telón estaba todavía echado, así que podía maniobrar tranquilamente sin ser descubierto. Entonces toqué un la menor con bastante fuerza, y dejé la guitarra apoyada sobre el amplificador, con las pastillas bien cerca del cono, mirándolo de cerca, casi rozándolo, y subí la ganancia y la reverberación unos dos puntos más para conseguir que aquel acorde fuera eterno. Me eché a un lado, y justo entonces el telón de fondo se abrió, y allí estaba él, pasada la enorme puerta metálica donde se descarga la escenografía, en plena calle, con una rodilla flexionada y apoyada en una pared de ladrillo. 
Grant llevaba una camisa de seda negra, con mangas largas y bombachas, abotonadas en puño amplio, metida por dentro de un pantalón vaquero azul al que había hecho un dobladillo simple, sujeto a su esqueleto por un cinturón de chapa grande y plateada, tipo cowboy. Calzaba unas All Star desvencijadas y llevaba puestas unas gafas de sol Ray Ban Clubmaster.
El jefe de escenario dio la orden y se abrió el telón, y todos pudieron verlo, allí, al fondo, pasada la gran puerta metálica, en plena calle, con una rodilla flexionada, apoyada en la pared de ladrillo, bajo una luz tenue, escondido tras sus gafas oscuras. 
Aquel feedback aún reverberaba dentro del teatro mientras Grant venía caminando como en el cine negro, igual que un asesino que avanza hacia tus ojos en una calle sin salida, donde tú estás ya pegado a la pared del fondo y no tienes escapatoria; así, sin apartar la vista, mirando a un punto fijo de entre el patio de butacas, subía por la rampa al escenario, dejando atrás el telón de fondo que se iba cerrando mientras su espalda se curvaba para levantar aquella guitarra que todavía gritaba en voz muy aguda, y avanzó hasta el micro, bajo un haz de luz, como un seductor macabro, como un vampiro. Observé cómo su mano izquierda se arqueaba sobre el mástil para formar un la menor, y la derecha se armaba para rasgar con fuerza las seis cuerdas de aquella guitarra eléctrica. 

«Observé a uno de mis ídolos incendiarse sobre un altar que él mismo había construido de la nada, y sacrificarse ante sus dioses caídos»


La menor, mi menor; esa secuencia repetida una y otra vez, afilada, vertiginosa, sirvió para introducir el primer verso de la estrofa, y pude constatar cómo todo el público reaccionaba en conjunto a aquel embrujo cuando Grant sacó de su estómago esta frase: «There are things that I’d like to say, but I’m never talking to you again…». Con eso bastó para que Grant Hart empatara con su propia suerte. 
Allí, bajo las luces sobrias de aquel teatro, en Granada, dos semanas después de que ardiera su propia casa en Minnesota, horas más tarde de aquel robo a punta de cuchillo, observé a uno de mis ídolos incendiarse sobre un altar que él mismo había construido de la nada, y sacrificarse ante sus dioses caídos. 
Quedarán siempre en mi memoria aquellos días de febrero, en la carretera, cuando, visitando un castillo en Jaén, gritó en un español hiperbólico «¡Putrefactos!» desde las almenas; cuando paseamos por la plaza del Pilar en Zaragoza, ataviado con un gorro de ducha y un collar de perlas sobre su chaqueta de cuero, atravesando miradas de escándalo de algunos turistas católicos y familias, cuando escuchaba de su propia voz miles de historias. Tenía a Grant de copiloto, y era un regalo. Conversamos sobre todas las bandas de SST, sobre los discos de Hüsker Dü y Nova Mob, también sobre la «Operación Carne Picada», o sobre coches clásicos de los años 50.

 Dani Llamas. Fotografía:  La Voz del Sur

Dani Llamas. Fotografía: La Voz del Sur


Al final solo quedaba Barcelona, y allí decidió convertirse en músico callejero en plenas Ramblas, deleitándome a mí y a un pequeño equipo de televisión (que estaba grabando una pieza sobre él), en primicia, con una de las canciones que un par de años más tarde incluiría en su último álbum hasta la fecha, The Argument, un disco conceptual basado en el clásico de la literatura británica Paradise Lost de Milton, del que precisamente William Borroughs hizo una revisión. 
Aquella canción venía a llamarse «Awake, Arise» («Despierta, Levántate»). Eso fue, precisamente, lo que aprendí de Grant Hart. No pierdas el tiempo lamiéndote las heridas, reacciona rápido. Levántate, sacúdete, y continúa el camino cuanto antes.